• Jun. 15, 2009, 5:20 p.m.
Desde hace unas semanas el estruendo mediático y político ha alcanzado ribetes colosales. Silvio Berlusconi, Primer Ministro, magnate de las comunicaciones y hombre todopoderoso de Italia, se encuentra en el embudo succionador del juicio moral y ético, y del de más peso: el legal. Se le acusa de abuso de poder por utilizar los bienes del Estado en su beneficio, y hasta de modificar normativas y leyes para poder viajar en aviones oficiales con sus amigos a Villa Certosa, su paradisíaca mansión de Cerdeña, vigilada las 24 horas y catalogada como zona militarizada y secreto de Estado desde 2006.

Pero el caso ha adquirido matices sórdidos, pues entre los asiduos visitantes a la casa del gobernante se encuentran artistas, bailarinas, velinas (azafatas televisivas) y mujeres jóvenes, muy jóvenes. Todos ellos, parece, volaron en los aviones de ese Estado, mismos que tenían la categoría de viajes oficiales, para llegar a divertirse en fiestas privadas que el premier celebraba casi semanalmente. Así lo atestiguan las fotos que tomó Antonello Zappadu, un reportero sardo de 51 años y quien se apostó desde 2007 en una colina cercana a la mansión para retratar el ambiente que se vivía en el lugar, con el objetivo de publicar una serie de reportajes.

Sin embargo, las imágenes, donde aparecen personas desnudas y semidesnudas, destaparon el escándalo conocido como Noemigate, pues entre las mujeres que frecuentaban la casa se reconoció a esta jovencita napolitana de 18 años aspirante a actriz, Noemi Letizia, con quien se dice Berlusconi tiene una buena amistad y quien pasó las vacaciones de fin de año con 30 jóvenes más junto a amigos del premier en la villa. Acorralado por el cotilleo, las críticas, más una investigación del Parlamento por el supuesto uso indebido del erario, el jefe de gobierno anunció una demanda contra el diario que divulgó las fotos: El País, de España, según dice, por “violación de la intimidad”.

Tras el sismo ético y moral que tambaleó la sociedad italiana producto de las publicaciones, y que devino en político, con su consecuente estela legal, el también presidente actual del G-8 se apresuró a decir que no tenía ningún miedo, pues “se trata de fotos inocentes, no hay ningún escándalo, pero se trata de una violación de la propiedad privada y de una agresión escandalosa". Sin embargo, una pregunta salta al ruedo: ¿hasta dónde la esfera de lo público limita con la esfera de lo privado en, precisamente, un funcionario público? Sobre todo en un primer ministro que habitualmente gusta mezclar ambas esferas, según información recabada por Miguel Mora, corresponsal en Roma del diario español. Se sabe que en la mansión se celebran consejos de ministros informales, y muchos funcionarios de gobierno visitan asiduamente la generosa villa.      

Decía mi maestro de géneros periodísticos --un antiguo alumno de la UNAM-- que los asuntos privados de las personas no constituían interés público ni social, y al contrario, su publicación era una violación a la ética periodística y al derecho a la intimidad. A menos, remataba la lección, que estos asuntos se erigieran en pruebas de un delito. ¿Lo son en este caso las imágenes reveladas por el periódico ibérico? Recordemos que además, Zappadu fotografió en el aeropuerto de Olbia (un lugar de acceso público), en la misma isla, los vuelos oficiales pilotados por el 31º Escuadrón de la Aeronáutica Italiana donde venían los amigos e invitados del gobernante italiano que participaban de las recepciones multitudinarias, donde por lo general, las jóvenes superaban a los hombres en relación de cuatro por uno.

¿Entonces estas fotos constituirían una prueba de que Berlusconi usaba los aviones oficiales del Estado italiano para llevar a Villa Certosa a los artistas, bailarinas y azafatas televisivas que participaban en las fiestas que ofrecía?, y por ende ¿ha hecho un uso impropio de los bienes del Estado? El País lo ha dejado muy claro en su editorial del siete de junio, titulado Abuso de poder: “Berlusconi ha tomado dos decisiones políticamente relevantes, que justifican el escrutinio sobre sus reuniones en su propiedad de Villa Certosa. En primer lugar, ha promovido leyes ad hoc para que los vuelos oficiales pudieran transportar invitados particulares a sus fiestas, entre muchas otras normas de mayor trascendencia y gravedad. En segundo lugar, ha promocionado a puestos de responsabilidad institucional y situado en sus listas electorales a personas cuyo único mérito político reside en la belleza, según sus propias afirmaciones”.

En “Los elementos del periodismo”, Bill Kovach y Tom Rosentiel, dos viejos y afamados periodistas, manifiestan que el periodismo atraviesa por una crisis de conciencia, confianza y objetivos, a la vez que plantean una tesis probada y generalizada: “el medio informativo se implica en una noticia sobre la base de que ha habido un acto de mala fe”. ¿Eso hizo el diario español con las fotografías?

El mismo domingo siete el periódico publicó un extenso y excelente reportaje --titulado Anatomía de Berluscolandia-- con una deliciosa entrada tan descriptiva como surrealista (“Jardines infinitos, lagos artificiales, órganos sexuales al aire, juegos lésbicos, efectos especiales, pizza y helado gratis...”), en el que se provee datos del modus operandi del premier italiano para hacerse con la compañía de las más bellas, como jovencísimas italianas; en él desfilan los mecanismos siniestros con caras humanas: amigos del líder, viejos periodistas… historias increíbles,  de derroche monetario… hasta se alude al ex primer ministro checo Mirek Topolanek, retratado completamente desnudo a la par de una mujer.

La historia me recordó un librito que leí hace muchos años, “De Mrs. Hanna a la Dinorah. Principio y fin de la dictadura somocista”, de Viktor Morales Henríquez, que hace énfasis en ese aspecto, las apetencias sexuales de los tres funestos personajes que gobernaron Nicaragua durante medio siglo. La tendencia pedófila del fundador y la chabacanería del segundo, que lo hizo refocilarse con cualquier mujer. “Pero es con el último --escribe Morales-- con quien se llegó a elevar tanto el culto a los placeres venéreos, se exaltó y legitimó a tal grado lo que la moral y la decencia públicas condenan… que su desintegración (del gobierno) era lógica”. E igual, los tres usaban los bienes del Estado y lo expoliaban para saciar sus instintos más elementales.

El mencionado editorial del diario termina de forma tajante: “Las imágenes de Villa Certosa no revelan un escándalo sexual relacionado con la intimidad del primer ministro italiano, sino que tienen una dimensión diferente y mucho más grave: son una prueba fehaciente de que Berlusconi está perpetrando un continuado abuso de poder, capaz de arruinar el Estado de derecho y el sistema democrático en Italia”.

Cuando el fotógrafo Zappadu quiso vender su trabajo a una revista que forma parte del emporio mediático del líder italiano, le fue incautado de su computadora y las imágenes censuradas en Italia. ¿El periódico español, que se ha ganado con buena pluma y métodos objetivos de verificación de su información una notable reputación mundial, violó la ética periodística al publicarlas? Tiene usted la palabra.
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