• Jun. 19, 2009, 6:10 p.m.
El Presidente Daniel Ortega fue quizás el primer presidente en el mundo que reconoció la cuestionada reelección de Ahmadineyad, cuando todavía la avenida Azadi en Teherán se encontraba llena de frustrados electores que preguntan dónde está su voto.

No sabemos qué gana el mandatario con ese apresurado saludo oficial, pero sí podemos saber cuánto perdemos nosotros los nicaragüenses con tener entre nuestras principales amistades a un individuo que cuando está de “buenas”, arroja carbono, azufre y nitrato de potasio, y cuando amanece de mal humor, ensaya lanzamientos de misiles con un mensaje de advertencia en la punta de la ojiva: el nombre de Israel. Sólo el hecho de querer borrar del mapa a un país sería causal suficiente para que el gobierno de Nicaragua revisara sus relaciones con la actual administración de Mahmoud Ahmadineyad.

En los años 80 del siglo pasado, el Comandante de la Revolución Bayardo Arce acuñó la festejada frase que dominó la década, por razones propias, digamos íntimas, de ese proceso: “La Revolución es fuente de Derecho”. Sin embargo, el Estado de Derecho y más precisamente, el Derecho Internacional en este caso, no puede estar nunca sujeto al calor de conductas facistoides, revestidas de discursos “revolucionarios”. Si el  régimen de Irán accedió al poder mediante una revolución, ésta se limita a sus linderos pérsicos. La soberanía de una nación no se expande a otros territorios sólo porque le dio la gana, y peor si ocupa de mojones fronterizos cohetes balísticos.

La existencia, vigencia y trascendencia de Israel no puede depender de lo que un fanático con poder se le ocurra decir y hacer, porque no han sido uno o dos los “Shahab-3” o los modelos 'Fateh' (conquistador) y 'Zilzal'  (terremoto) disparados como “ensayos”, sino toda una atroz política de Estado destinada a borrar a la nación judía.

Es obvio que muchos nicaragüenses no estamos de acuerdo con las ideas fascistas de Ahmadineyad, por la simple razón de que nadie tiene derecho a quitarle la vida a una persona, y peor, arrebatársela a todo un país. La actitud facistoide del mandatario fundamentalista no es algo casual, sino sistemático. En los foros nacionales o en el exterior, Ahmadineyad se siente el heredero más afín a Hitler, en sus públicas intenciones de ejecutar “la solución final” al “problema judío”.  

Por supuesto, no es la primera vez que reinados y hasta imperios han tratado de hacer eso contra la tierra de los profetas. Israel por miles de años soportó cautiverios, éxodos, dispersión, pero obtuvo su Estado el 14 de mayo de 1948, como dijo Isaías (66:7-9) “ ¿Nacerá una nación de una vez? Pues en cuanto Sion estuvo de parto, dio a luz sus hijos. Yo que hago dar a luz, ¿no haré nacer? dijo Yavhé. Yo que hago engendrar, ¿impediré el nacimiento? dice tu Dios”.

Nada gana Nicaragua con mantener relaciones con el Irán de Ahmadineyad, sobre todo ahora con su criticada reelección. El Señor mismo, desde las primeras páginas de la Biblia advierte, en referencia a la descendencia del patriarca Abraham: “bendeciré a los que te bendijeren y maldeciré a los que te maldijeren”.

Alinearnos con una nación cuyo líder anuncia campantemente como si se tratara de limpiar la bodega de su casa el fin de semana, que va a borrar del mapa al Estado de Israel, nos vuelve cómplices de su admiración a Hitler, a quien de hecho Ahmadineyad liberó de toda culpa, al asegurar sin ningún sonrojo de su parte, que el holocausto nunca ocurrió.

El Presidente Ortega debe reflexionar: grandes imperios sucumbieron junto con sus poderosos reyes, pero Israel permanece. Y para los que ridículamente creen que el Estado judío existe porque Estados Unidos es su “gran aliado”, lean la historia: La Unión Americana apenas se independizó en 1776, y para entonces, sólo la presencia terrenal de Jesús en Tierra Santa ajustaba precisamente esa larguísima cantidad de años.  

La Biblia en uno de sus salmos dice: “Orad por la paz de Jerusalén y sean prosperados los que le aman”. ¿No será obstaculizada nuestra oración de paz por el Príncipe de Persia --- el que lea entiende---, mientras el Presidente Ortega mantiene relaciones con Ahmadineyad, el hombre que desea totalmente lo contrario: la destrucción de Israel?
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