• Dic. 20, 2007, 3:01 p.m.
Hace poco conversábamos amenamente varios colegas y yo y surgieron las historias familiares tan “sabrosas” que me gusta escuchar y comentar. Luego me atacó la nostalgia, quizá típica de Navidad, y me sorprendí del recuento de los fetiches que se han perdido en el tiempo, en el desuso, en la memoria de todos.
¿Qué hiciste aquella planchita de hierro? Le pregunté al día siguiente de mi tertulia a mi mamá, muy decidida a pedirla “como herencia”, aunque mi madre está saludable y fuerte. “Ni supe a quién le quedó”, fue su lamentable respuesta que rompió mis esperanzas de tener ese pequeño objeto que tantas veces nos ayudó y que al menos una vez me quemó la mano izquierda.

Esa plancha de hierro era de épocas ancestrales, supongo que fue propiedad de mi abuela y que pasó a manos de mi mamá, que la calentaba ya no un fogón, sino en la cocina de gas. Con constantes apagones, en los aguerridos años 80, era primordial tenerla siempre en uso, porque si no había electricidad, tampoco había plancha eléctrica y las alternativas eran la planchita o irse “ajado” a la calle.

Así que mi uniforme, blusa blanca y falda azul, apaletonada, con el cual asistía a mi amado Instituto “Ramírez Goyena”, fue “machacado” mil veces por esa plancha que deploro no poseer en la actualidad, ya no para usarla, sino para colocarla, a manera de adorno, con la ilusión de que mi hijo se interese en la historia de ese humilde bien familiar.

La vacinilla de loza

En mi inventario de recuerdos también saltó una antigua vacinilla de “loza”, un metal pintado de blanco, que, aclaro, yo nunca usé, pero que era propiedad de mi abuena materna, mi “Mimi”.
Calculo que la dichosa vacinilla fue fabricada allá por los años 30, o quizá antes, porque si mal no recuerdo, ese tipo de artículo aparecía en las películas del cine mudo, con aquel gracioso personaje Harold Lloyd.
Era comprensible su uso para aquella época, en que la inmensa mayoría de la población carecía de cañerías y los sanitarios eran letrinas situadas al fondo de un hermoso patio, época en que los lotes en Managua eran hasta de un cuarto de manzana.
Pues mi Mimi heredó su preciada vacinilla de su suegra, doña Camila, una dama nacida seguramente a comienzos del siglo pasado o talvez a finales del siglo XIX.
La anécdota más curiosa que tengo de tal objeto se remonta al nacimiento de mi hijo, en 1988, cuando mi Mimi llegó a visitarme y muy emocionada me anunció que en el bolso cargaba la vacinilla, que había decidido entregármela, para que no caminara hasta el baño, por las noches, “porque estás recién cesareada”, me recalcó.
Me pareció una grocería rechazar la vacinilla, por lo que me apuré a guardarla bajo mi cama y seguí conversando con mi Mimi, pensando en lo simpático que era su gesto, que se remontaba muchas décadas atrás. Pasados los 40 días, como solía acostumbrarse, devolví la vacinilla, sin dejar evidencia de que no la había usado.
No supe qué final tuvo el “vaso de noche”, tras la muerte de mi Mimi, y aunque no tengo especial cariño hacia este tipo de artículos, creo que lo hubiera colocado en el jardín, con una planta decorativa.
Es posible que al heredar todas mis pertenencias a mi hijo, será poco lo que se conserve en buen estado, debido a la mala calidad de los artículos que se adquieren hoy. Espero, sí, que mi mamá a su vez me deje algo cargado de recuerdos con lo que me regocije cuando lo vea.

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