• Jun. 23, 2009, 5:14 p.m.
No hay que reinventar el agua helada o graduarse en la universidad para conocer los peligros de un potente veneno que coexiste con todos y que se presenta como la estela humeante del cigarrillo o las emanaciones de las estufas, los vehículos y motores estacionarios.

En Europa y países que sufren de inviernos muy helados es más común ver este tipo de tragedia, pero la última ocurrida en Nicaragua, a causa del monóxido de carbono, que dejó siete fallecidos, debería obligarnos, no sólo a las autoridades, sino a la población en general, a tomar medidas de precaución para que otras familias nicaragüenses no sean víctimas de este tóxico tan común que resulta de la combustión.

Internet describe a este gas como “un asesino silencioso, un depredador de la sangre, un veneno furtivo que se conoce por su aparición con la combustión del carbón, de la leña y de los motores. También aparece cuando se quema el tabaco, penetra en la sangre de los fumadores y queda en el humo del ambiente afectando a los que no fuman”.

Quizá el desconocimiento o la prisa llevó a estos siete hombres a utilizar en el fondo de un profundo pozo lo que sería su arma suicida, la bomba succionadora que funciona con gasolina, la cual saturó el ambiente con sus emanaciones y les provocó la muerte por asfixia. Similares circunstancias provocaron la muerte del hijo del ex presidente Arnoldo Alemán y otros tres hombres, en octubre del 2002, pero al parecer muy pronto olvidamos el inminente peligro que representa el monóxido de carbono.

Sería prudente que las autoridades del Ministerio del Trabajo tomaran cartas en el asunto, y así como se exige a empresas, oficinas y centros laborales en general que se indique dónde están los extinguidores y las salidas de emergencia, se obligue a instruir a los empleados sobre el peligro de trabajar con emisiones de monóxido de carbono.

De igual manera, aunque sean cooperativas que trabajan con métodos artesanales, como fue el caso de este grupo de “güiriseros” o buscadores de oro, se debe tomar muy en cuenta que desarrollan sus labores en condiciones delicadas que exponen sus vidas en todo momento, más aún cuando manipulan una bomba que funciona con combustible.

Y los pobladores en general, debemos asumir con conciencia que se convive con un potencial asesino que no necesariamente puede salir de una bomba, sino de las cocinas de leña o carbón en ambientes cerrados. Que Dios acoja a estas víctimas del monóxido de carbono y que le brinde consuelo a sus adoloridos familiares.
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