• Jul. 2, 2009, 12:21 p.m.
Ser usuario del transporte urbano colectivo en la capital conlleva muchas desventajas. La primera es que nos exponemos a ser víctimas de delincuentes que con lujo de violencia o de la forma más sutil nos despojan de nuestras pertenencias, la segunda es el riesgo de sufrir un accidente por la irresponsabilidad de algunos conductores que ven en cada avenida una pista y en cada ruta un competidor, y la tercera, no menos importante, morir asfixiado por la aglomeración exagerada de pasajeros.

A las anteriores hay que sumar un factor que está en boga y que ha sido aceptado sin que nadie diga esta boca es mía. Se trata de los famosos “predicadores de la palabra”, en la mayoría de casos evangélicos, que abordan las unidades con el propósito de salvar a los usuarios de las llamas del infierno.

En artículos anteriores lo he dicho y en este ratifico que soy creyente, sin embargo, no soporto el fanatismo religioso, y peor aún que tipos con cerebros manipulados peguen cuatro gritos vociferando que son salvos y que los demás somos una especie de larva maldita que pulula por las calles haciendo las obras del mal.

Un día de éstos abordé la ruta 114, en el 7 Sur, me senté, recosté mi cabeza en la ventanilla y me relajé, tratando de olvidar la larga noche de insomnio que había tenido, no obstante, mi tranquilidad fue interrumpida por un grito de “Alabado sea el señor hermanos…” y las subsiguientes frases ensayadas y gastadas por las personas que se dedican a este “ministerio”.

El joven, de unos 27 años, dijo que pertenece al Ministerio de Fe de la Iglesia Peniel, ubicada de la Siemens 7 cuadras al lago, una cuadra arriba. Después de presentarse, abrió el zipper que sirve de coraza a su Biblia y empezó a leer unos versículos de la carta a “los Timoteos”, aunque hasta donde yo sé Timoteo era un hombre no un clan o un grupo de hombres llamado “Los Timoteos”, así que ojo señores con lo que dicen, y si soy yo la equivocada disculpen mi atrevimiento.

Cuando terminó la lectura comenzó a despotricar contra la Iglesia Católica y gritaba: “Hermanos, la venida del señor está cerca. Él anunció que naciones se levantarían contra naciones y que los anticristos andarían entre nosotros. Y ya están aquí, porque predican cosas contrarias a la palabra de Dios. Gloria al señor. Te dicen que esos ídolos de yeso de las iglesias interceden por vos, gloria al señor, pero eso no te salva, Gloria al señor. Te dicen que tenés que confesarte con hombres pecadores, te mandan a rezar cien avemarías. Gloria al señor. Hay de aquellos que adoran ídolos y que le rezan a Santa Fátima, a Santa Martha, a Santo Domingo, Gloria al señor, porque esos no van a ver a Dios, esos son falsos profetas…”.

Y por si lo anterior fuese poco, dijo que Michael Jackson era el 666 en la tierra y que por su vida desordenada no podía salvarse, también aseguró que Juan Pablo II no estaba en el cielo, excepto que se haya arrepentido,  y la nota absurda: “La Celia Cruz no está cantando en el cielo, sino en el infierno”.

Llegado a este extremo del discurso le pregunté que si creía que atacando a otras religiones él se iba a salvar. Evidentemente aturdido, el hombre me quedó viendo desconcertado y me respondió: “La sangre de Cristo queme todas las lenguas que se alcen contra su palabra. Por esta palabra vamos a ser vilipendiados y apedreados”. En ese momento sentí que todos los tropeles del Apocalipsis se dirigían hacia mí y escuché las trompetas del día del juicio, pues prácticamente el hombre siguió destilando veneno y me dio a entender que ya estoy fija en la lista de los malditos, todo por haber hecho una simple pregunta.

Ahora, ya con la lengua quemada por hereje, deseo decirle al pastor de esa y de otras denominaciones, que es irresponsable mandar a cualquier persona a predicar, pues a leguas se notaba que este joven apenas recibió un cursito superficial en el que seguramente le enseñaron los versículos necesarios para atacar a los católicos (digo esto porque su Biblia estaba subrayada) y lo que es peor, carecía de retórica. Sólo podía pronunciar tres o cuatro palabras y luego recurría a la frase “Gloria sea al señor”, la cual le sirvió como muletilla durante su escueto discurso.

Además, si bien es cierto la Biblia enseña que Jesús le dijo a sus discípulos “id y predicar el evangelio”, en ninguna parte he leído “id y atacad a otras religiones”, y mucho menos “id y predicar que sois salvo y que quienes no están en tu iglesia están condenados”.

Por otro lado, no sé si este muchacho maneja los libros contables del cielo y del infierno, o si le envían por fax los nombres de las personas que se salvan y los de las que se condenan, pues sólo de esta manera comprendería su atrevimiento de decir que Michael Jackson, Juan Pablo II y Celia Cruz están en el fuego eterno. No digo esto porque yo crea lo contrario, pues si fuese verdad que al momento de morir hay que entregar cuentas de lo que se hizo en vida, en ese caso creo que cada quien responderá por sus actos, sin necesidad de que atrevidos hagan juicio de lo que fue o no fue.

Como no soy ninguna fanática, deje qué el chico siguiera con sus improperios contra santos y curas, pues al fin y al cabo no es el primero ni el último que lo hace. Sin embargo, me causó gracia ver que al finalizar su arenga, obsequió un tratado llamado “Ser salvo es simple”, el cual supuestamente contiene el A,B,C de la salvación. Al parecer el pecador sólo tiene que poner su nombre, dirección y país en el papelito y luego enviarlo a la iglesia para asegurarse su santidad.

Debo admitir que en medio de todo este absurdo, esta experiencia me sirvió para preguntarme hasta qué punto es sano que estos señores aborden los buses con el fin de andar ofendiendo a quienes tienen creencias disímiles a las suyas, qué tal que se encuentren con un católico fanático y se arme el alboroto.

Yo vivo en un estado laico y si subo a un bus es porque necesito transportarme no porque soy pecadora y ando en busca de la conversión. Señores y señoras predicadores, cuando alguien siente hambre espiritual busca a Dios sin necesidad de que se lo anden ofreciendo a gritos, cuando alguien quiere “salvarse” utiliza sus propios medios, pues está más que claro que nadie se “salva” porque otro así lo quiere. Así que busquen cómo trabajar y dejen de andar incomodando a la gente, porque ustedes no saben si alguien de los que van ahí sentados lleva migraña o dolor de oídos y sus gritos acrecientan su malestar.
Además, creo que no hay “pecado” más grande que creerse salvos y dueños de la verdad, y si tanto conocen las escrituras deberían estar conscientes de que no hay que señalar la paja en el ojo ajeno (los católicos) sin antes sacarse la viga del propio (la intolerancia religiosa).

Por favor, revisen su estrategia de marketing religioso, practiquen una auditoría de imagen y determinen si para “salvar” al mundo deben predicar el amor que Jesucristo les mandata o promover la intolerancia hacia las prácticas de otras religiones. Creo que es válida la observación. No pretendan imponerle la salvación o condenación a nadie.
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