• Jul. 2, 2009, 12:47 p.m.
La bala que me hiera
será bala con alma.

(…)
Y si me hiere el pecho
me dirá: ¡Yo quería
decirte que te quiero!
Salomón de la Selva

La bala que partió el corazón de Alexis Argüello la madrugada de ayer, también lo hizo con el corazón de todos los nicaragüenses. Más allá de tiendas, banderas y banderillas de la nefasta política, la muerte de Alexis nos toca a todos. Es uno de nuestros héroes deportivos más grande de todos los tiempos y como tal se ganó el amor, el respeto y la admiración por parte de un pueblo como el nuestro, casi siempre ayuno de esperanzas ciertas y victorias concretas.

Alexis se va con su corazón partido, saltando la cuerda como tantas veces lo hizo para lograr un óptimo estado físico y dar las lecciones de boxeo que siempre dio: las contundencias mortíferas de sus golpes salidos de la fibra de su cuerpo. Un cuerpo sabio en esquivar al adversario, en eludir los puños de piedra, ágil en sus fintas, dejando un fantasma en la retina equívoca del contrario. Humo y solo humo para Mano de Durán. Fuga para Marcel. Nada para Olivares… Pero hoy Alexis, la parte humana de este semidiós del boxeo mundial no pudo esquivar la muerte, esa campeona invencible de cualquier pelea.

La tragedia de Alexis en su concepto clásico de fuerzas cuyo desenlace siempre es la muerte se da a partir de la política. El deporte tenaz, pugnaz y agonal rara veces desemboca en muerte. Y a Alexis el deporte lo llevó al pedestal más alto de la gloria. Pero la política no. A Alexis lo mató la política. Su corazón partido por la bala es un símbolo de su historia política partida. Cuando fue campeón tres veces, políticamente era proclive al somocismo, su pueblo lo admirada como excelso boxeador pero le recriminada esta opción por una dictadura dinástica genocida y nefasta. Ahora que era alcalde se amaba como paradigma deportivo nacional pero se cuestionaba su cargo a partir del fraude y se recriminaba su opción por un poder que desea (como todo poder en Nicaragua) perpetuarse y convertirse en dictadura y dinastía.

Su cabeza, su figura y él como símbolo icónico de un país estaba trizado por las circunstancias. Porque con la pavorosa crisis económica y moral que nos toca vivir en Nicaragua, no se puede tener un mejor ambiente para la tragedia. ¿Quién puede poner en duda que este ser humano extraordinario y sensible como fue Alexis Argüello no se encontraba en problemas, estresado, presionado, cuestionado, criticado, acicateado y probablemente enmarañado y sin poder liberarse de las adicciones por él padecidas en este contexto cada día más crítico y desesperanzador?

Coronemos de laureles victoriosos a nuestro campeón de boxeo, nimbemos su frente con la gloria inmarcesible de la inmortalidad. Guardemos sus pasos en el Hades de las viborillas de nuestras críticas contra el Alexis metido a político. Todo político es criticable, pero Alexis nunca fue político, no poseyó nunca un hígado que resistiera los ganchos amargos, duros y pavorosos que lanzan en sus justas los políticos. El hígado del político es una víscera que no posee ni el mismísimo Prometeo. ¡Muchacho loco para qué te metiste a la política!

La corona y el cinturón de campeón en Alexis Argüello brillan más que el cetro del poder de Alexis el político. Además, como político Alexis nunca le hizo daño a nadie, cualquier responsabilidad le cabe a su partido, pero él por la historia está eximido. Por eso el corazón campeón de Alexis por su hidalguía, nobleza y valor, siempre latirá en el corazón de todos los nicaragüenses. ¡Salve Alexis! ¡Gloria eterna para el Tricampeón! ¡Paz a sus restos!
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