• Jun. 6, 2007, 4:20 p.m.
Que me expliquen lo de Sfar, por favor. Me explico: uno tiene la idea, quizás el prejuicio, de que cantidad y calidad a duras penas van unidas. Vamos que si uno dibuja páginas como quien hace churros, lo que salen son churros, lógicamente. Oigan, que bien buenos que están con su chocolatito y demás, pero no es correcto mezclar las experiencias gustativas con las más elevadas y espirituales que proporciona el arte. Que cada cosa tiene su momento. Pero no, va y resulta que el señor Sfar hace páginas como churros y, generalmente, le salen muy bien. Pero es que, además, de vez en cuando le salen de maravilla, como la quinta entrega de El gato del rabino. En Jerusalem de África, Sfar se permite el lujo de hacer uno de los alegatos más entusiastas y razonables que servidor recuerde por la tolerancia y el respeto, llevando al rabino y su gato parlanchín a la búsqueda de la tierra prometida, encarnada esta vez en una antigua leyenda que habla de un pueblo perdido de judíos en el interior de Etiopia. Acompañados de un jeque, un antiguo soldado zarista y un pintor, forman una curiosa y extraña trouppe que recorre África, encontrando diferentes etnias y religiones que le permiten al autor mostrar el absurdo de los racismos y la locura de los integrismos religiosos. Fácil era caer en el panfleto habitual al que estamos acostumbrados en estos casos, con manidos discursos reduccionistas, pero Sfar plantea al lector brillantes ejercicios de reflexión, en la que sus ejemplos actúan casi como auténticas parábolas a favor de la comprensión y de algo tan simple como el sentido común, magníficamente simbolizado por ese gato sin nombre que resulta más humano que la mayoría de sus amos. No queda ahí la cosa, porque Sfar no desaprovecha ningún momento para lanzar dardos envenenados contra la estupidez humana en todas sus formas. No se salva ni Hergé, que recibe un sardónico homenaje en forma de explorador de flequillo respingón y pequeño fox terrier blanco. Los brillantes diálogos de Jerusalem de África deberían ser lectura obligatoria para las escuelas, como ejemplo a seguir y demostración palpable y escrita de que el problema no está en las religiones, sino en los hombres que las interpretan. Un tebeo maravilloso y subyugante.
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