• Jul. 17, 2009, 5:33 p.m.
A Camilo, a Alexis, a Michael, a los otros…

Las últimas semanas han sido de redescubrimientos para mí. La muerte y la violencia implícitas en algunos acontecimientos me han empujado a ello. Y no me he opuesto a pesar de lo funesto de los sucesos, al contrario, embargado por las tristezas y congojas colectivas de los hechos en los últimos tiempos, he corrido a buscar el esplendor de lo ido para redescubrir que en la vida hay tesoros olvidados que uno sabe que están ahí, que siempre han estado, olvidados en el trajín de la cotidianeidad y resignados a esperar la tragedia para revivir.

Una noche de farra de hace muchas lunas, en aquellas interminables mesas de tragos que vencían fácilmente la barrera de la medianoche hasta prodigarse en divinas estupideces y tonterías inolvidables que nos madrugaban la existencia, Arquímedes González me dijo una frase que no sé si era de él o prestada a alguien: “Las leyendas mueren jóvenes”. No recuerdo la causa de la discusión, pero si sé que hablábamos de las grandes figuras que le dijeron adiós al mundo en la plenitud de la vida: Marilyn Monroe, Kurt Cubain, John Lennon, el Che Guevara, Jimi Hendrix, Sandino, y por supuesto su ídolo, Jim Morrison (a quien Arquímedes hasta llegó a visitar su tumba en Paris para rendirle tributo).

Entonces la vida pasaba frente a nuestros ojos en esas mesas y delante de las botellas, y nunca tuvimos la menor idea de que alguna vez, más adelante, cuando ya no estaríamos en la soltería y sí en la responsabilidad familiar, esos encuentros se convertirían en divinos tesoros del recuerdo, de la juventud que a como dice Rubén "se va para no volver". Del mismo modo, y es una reflexión muy propia, pasamos la vida viendo desfilar ante nuestra existencia hechos que celebramos, aplaudimos o condenamos, y luego, en la rutina del día a día, lo desechamos poco a poco y lo vamos olvidando a como solemos olvidar los libros que vez leímos y adoramos y luego, ingratamente, condenamos por ahí a llenarse de polvo y tiempo.

Siempre ocurre algo trágico
Y como casi siempre ocurre, tiene que suceder algo trágico, una desgracia o un encuentro infeliz e inesperado, para recordarnos que el tesoro de la literatura sigue ahí, esperando por nosotros con toda la grandeza o más grande aún (a veces la vida te hace valorar mejor las cosas con el paso del tiempo).

Quise poner el ejemplo del libro porque es el más sencillo para mí, pero igual hay quienes olvidan otros tesoros no menos valiosos: una foto, una tarjeta de cumpleaños o felicitaciones, una carta ya amarilla y cuarteada de tanto abrir y cerrarse o algún objeto producto de un regalo que un día nos dieron con amor o cariño, o cuidado con odio, que eso no le quita valor (no nos engañemos, si persiste ahí es por algo). Pero con tanto asunto material en este mundo tan cambiante y alucinante, el abandonar objetos de los buenos recuerdos es una falta menor ante el mayor de los abandonos: el olvido a las glorias vivas.

Si, me refiero a aquellos que una vez nos hicieron vibrar de emoción, a soñar, a cantar y gritar, a sentirnos orgullosos de ser nicaragüenses o al menos a pasar un buen rato.

Primero me dieron la noticia de la muerte de Camilo Zapata. Lo había entrevistado ya muy en el ocaso de su vida (en el 2007) y me impactó el grado de inocencia que persistía en él, quizás era la enfermedad que lo regresaba a la infancia, o era el aire de indefensión el que me inspiró ternura. No tengo palabras para describir cuando cantó una estrofa de esa belleza que se llama “Cara al Sol”, con una guitarra a la que cada noche le quitaba las cuerdas para luego, al día siguiente, reclamar airado como niño y preguntar quién le quitaba las cuerdas a su instrumento. Luego supe que se murió y no imaginé muerto a un anciano, sino a un niño.

Gloria convertida en recuerdo
No acababa de pasar su luto, cuando un balazo retumbó en el olvido colectivo del país: Alexis Argüello se había suicidado. Una leyenda más que, a como dijo el poeta González, murió joven. Su muerte impactó tanto, que su entierro fue comparado en la cantidad de gente que lo acompañó, con el sepelio lejano y contextualmente distinto del periodista Pedro Joaquín Chamorro.

¿Qué pasó con Alexis que el pueblo lo lloró tanto? Lo amaban, es cierto, no olvidaban sus épicas batallas en el ring, su origen humilde y su caballerosidad generosa ante los derrotados por sus puños. Pero ya con la gloria convertida en un recuerdo, su perfil manoseado por políticos y empresarios oscuros, y azotado por sus propios demonios, su imagen se clavó en la rutina y se olvidó, se llenó de polvo como un libro encima del ropero.

El balazo desempolvó a Alexis y todos, despertados abruptamente de la pesadilla del olvido, se dieron cuenta que lo habían olvidado y que su grandeza, aun oculta en la desafortunada vida política, era tan fulgurante como siempre. Por eso sospecho que muchos de los que lo lloraron ese día no lo hacían solo por el dolor de perderlo de forma tan trágica, sino por el resentimiento y sentimiento de culpa por haber olvidado a un amigo, a un enemigo, a un conocido, a un humano.

Ayudar al mundo cantando
¿Quién no ha llorado alguna vez la pérdida de algo, de alguien, que hasta que se va, se valora en toda su magnitud? Ocurre a diario, y no nos percatamos de ello. Estados Unidos y el mundo vivió lo mismo con Michael Jackson. Alguien dijo: “No es pobre el tesoro que no se valora, pobres somos los que ignoramos su riqueza”. En este caso el tesoro estaba ahí, pero con tanto polvo encima por el abandono, ya se no veía su esplendor. Yo mismo, que en mi infancia quise inútilmente aprender a bailar para atrás como Michael, y que en la adolescencia quise ayudar al mundo cantando, redescubrí su grandeza en un disco pirata de DVD y luego de oírlo cantar “Heal the World”, (tema que me traslada a revivir capítulos valiosos de mis tesoros del pasado que ya había olvidado), no pude menos que reflexionar: ¿Quién será el próximo a quien lloraremos y que ahorita está olvidado por ahí?

No quiero moralizar. La moral es un asunto de cada quien y no haré de Paulo Coelho, vender ilusiones o consejos. Solo quiero reflexionar en qué jodido pasamos haciendo por los otros, mientras la vida pasa ante nosotros sin que nos percatemos.

¿Acaso somos un error? No lo creo. Creo que cometemos errores que luego se convierte en nuestros castigos. Nos llevamos buena parte de la vida peleando, luchando, compitiendo, cayendo y saltando, tratando de llegar a esa meta propuesta donde consideramos que está la felicidad, que es el tesoro que todos buscamos en la vida.

Y al llegar allí, vemos más allá, hacia otra meta, y allá vamos de nuevo, y así pasamos hasta cuando ya no hay más metas o cuando no tenemos fuerzas para seguir la aventura. Entonces paramos, volvemos a ver a nuestro alrededor y preguntamos: ¿Dónde está el tesoro?  

Volteamos a ver el camino. Vemos nuestras huellas, las ruinas de la lucha y es entonces cuando descubrimos que los tesoros que íbamos siguiendo, muchas veces, son los que hemos dejado atrás y entonces nos marca como un amargo epitafio el verso de Rubén: “Y el pesar de no ser lo que yo hubiera sido y la pérdida del reino que estaba para mí”.
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