• Jul. 17, 2009, 11:49 a.m.
Para algunos, Carlos Mejía Godoy no debe cantar en la misma tarima del Presidente Ortega. Esgrimirán sus razones. Dirán lo que ya se ha dicho, en cuanto a ideales, principios, revolución, mística, etc.

Sin embargo, Carlos cantó a la Revolución, antes y con ésta, en los 80. Pero si se trata de hablar de ideales, principios y mística, muchos de los Comandantes de la Revolución ya lo han confesado: hubo arrogancia, se alejaron del pueblo, el tema de la guerra…, que se creyeron --algunos-- la última Coca Cola del desierto y la famosa mística ya entonces quedaba entre carteles, slogan y en el imborrable recuerdo de Carlos Fonseca Amador.

Que si aparece Carlos y los de Palacagüina en la plaza el 19, ¿esto representaría la claudicación del hombre que le puso música a la Revolución? Responder afirmativamente me parecería patético.
   
El creador de Somoto ha cantado a un público diverso, podemos decir, 30 años después, a todos los sectores de la nación. Cantarle a la parte de nicaragüenses que se congregarán en la Plaza de la Fe no haría ni más grande ni más mínimo al compositor, sino algo mejor: ser enteramente nacional. Como él dijo en la última entrevista en EL NUEVO DIARIO, quiere ser un abanderado de la unidad. Es lo que urge nuestro país, porque no podemos dividir en blanco y negro nuestra historia, mucho menos la que falta por vivir y escribir.

Carlos ya tiene su lugar, precisamente en la historia, y en el corazón de los nicaragüenses. Como esos grandes compatriotas de los otros siglos, su lugar ya es incuestionable. Carlos es forjador de un espíritu de nación, partiendo de lo más básico: la identidad nacional.

Las canciones de Carlos y Luis Enrique Mejía Godoy no sólo conmovieron a los jóvenes y rebeldes de los años 70, sino que movieron voluntades, empujaron la historia, marcaron un nuevo rumbo, es decir, hicieron patria. Y la hacen: cantos, guitarras y almas.

Después de que alguien pudo crear en este mundo una monumental estructura musical y poética como la del “Himno al Comandante Carlos” o “Nicaragua, Nicaraguita”, ya es difícil que podamos dudar de las intenciones de su corazón. En el Siglo XXI, a los que se proclaman sandinistas, no les luce decir lo mismo que Clodomiro en el Siglo XX: “Es que se me olvidó la letra y sólo me acuerdo de la musiquita”.

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