• Jul. 17, 2009, 5:57 p.m.
El hombre, sentado afuera, en la acera alta de su casa, escuchaba música en su reproductor portátil (Ipod). Pensaba en cualquier cosa mientras oía los sonidos de las canciones, menos en que sería lo último que haría en esta vida. En la esquina, 30 metros abajo, dos tipos sobre una moto lo vieron como una presa. El escenario era adecuado para atracarlo: jueves a las siete de la noche, con una oscuridad apenas interrumpida por los relámpagos intermitentes y vagos que se veían por el sur. El cielo estaba triste y lloroso. ¿Una premonición?

“Yo sólo miré cuando le pegaron el balazo, le quitaron el aparato y se fueron en la moto”, contó rápido y tropezándose con las palabras un vecino y testigo del hecho. El escepticismo, normal en situaciones similares, parecía haberle agrandado y enrojecido los ojos. Todas las versiones coinciden en esto: los maleantes se devolvieron hasta donde estaba sentado Óscar Martínez, de 32 años. Lo intimidaron y lo conminaron a entregar el artefacto. Se negó. Le dispararon. El tiro que le penetró en el abdomen le arrancó de cuajo la vida y anegó de sangre la noche. Los ladrones huyeron, pero casi de inmediato fueron apresados. Sus edades: 18 y 20 años. Casi unos adolescentes envueltos en este marasmo social que los vuelve delincuentes de medio tiempo, el suficiente para causar dolor y muerte, porque el resto del día, en teoría, son “chavalos que no se meten con nadie”, pero que han escogido esta vida nada fácil y dañina.      

Con este hecho cerró junio en Managua, con una violentísima semana que cosechó brutales asesinatos y manchó de rojo muchas calles. Semana que parece repetirse en los calendarios de la violencia criminal que no entiende de palabras, sino de balazos, sangre y puñaladas. En verdad ya no somos el país menos inseguro, pues jamás hemos sido el más seguro, hace rato ya que esta escalada delictiva alcanzó niveles épicos y hasta apocalípticos. La delincuencia pasó de ser incipiente a un nivel de organización tremenda, que nada tiene que envidiarle a países desarrollados o no, pero que igual salda con muchas muertes.  En cada esquina ya podemos levantar una cruz, y a veces muchas en una sola, y Managua tiene tantas esquinas, que el símbolo adquiría un matiz tradicional e identitario.     

Ahora los pasajeros del transporte colectivo viajan con una interrogante, ¿a qué hora se levanta un tipo, pistola en mano, y grita que es un asalto. El terror se apodera de todos los usuarios, quienes a diario se levantan con Dios en la boca para pedirle que les permita vivir el día y llegar, al menos, entero de regreso al hogar por la tarde. Tampoco se prevé qué criminal te está esperando en la parada de buses, aprovechando tu ingenua rutina, que la ha vigilado, para arrebatarte, más que tus pertenencias, tu existencia, mientras vos salís de tu casa con un nuevo amanecer dispuesto a trabajar y ganarte la vida.  

Es esa duda que te asalta cada mañana, ¿voy a ser la próxima víctima?, la que ha creado una sicosis colectiva, que nos tiene amedrentados y temerosos de por vida, ya no es el simple miedo que desaparece tan pronto la situación que lo provocó se desvanece; es esa tensión imparable y perenne, ese estado de ansiedad perpetua provocados por una ola de delitos que parece no cesar en la búsqueda de picos más altos que escalar. ¿Qué se puede hacer si no esperar el turno y permanecer en estado alterado? Ya no se te puede acercar nadie a preguntarte algo porque la desconfianza te recorre la piel y lo ves como un posible atacante. Si vas caminando y viene alguien detrás tuyo, acelerás el paso o con disimulo lo dejás adelantar. Qué execrable.

Peor si ves a dos hombres en moto, es como si un personaje de cuentos de terror ha aparecido y lleva como acompañante a la muerte. Ya se sabe que este velocípedo es el instrumento que los maleantes prefieren para huir después de su acción. Es la sicosis, amigo. La sicosis por la violencia delincuencial. Todos andamos en ese estado de alerta temprana, escabullidos en nuestros propios pensamientos, que cualquier traspié nos hace encender la alarma del pánico. Me comentaba una amiga sicóloga que Managua se está convirtiendo en una ciudad de autómatas estresados y sin valores humanos producto de este creciente índice delictivo que está acabando con los dígitos con que se puede contar. 

591 robos por cada cien mil habitantes
Las estadísticas son frías, eso sí, pero no mienten. Cuando a mediados de marzo de 2009 se presentó el informe de la XVIII Reunión Nacional de Mandos de la Policía Nacional, la jefa de esta institución, con una preocupación evidente, reveló un dato espeluznante: “el tipo de delito que marca la diferencia en este 2008… es el robo en general, pero nos preocupan fundamentalmente los robos con intimidación… se disparan y crecen en un 47% durante 2008, y de nuevo, el crecimiento mayor se da en Managua; en Managua los robos con intimidación crecieron en un 56%…”. Pavoroso. Aterrador. También se desprende que se producen 591 robos por cada 100 mil habitantes. Somos unos 6 millones (5.1 millones, según el censo de 2005). Entonces esto equivale a más de 35 mil por año.

Esta cifra no incluye los robos no reportados, el subregistro, que nos asustaría más. En mi caso he sido víctima de robo seis veces, tres el año pasado. La penúltima vez, en Monseñor Lezcano, uno de los tres tipos que me golpearon y que me asaltaron sacó de sus ropas un cuchillo más grande que él. Se llevaron mi celular y mi cartera. Y la última vez me golpearon tanto, que prefiero recordarlo como un mal sueño. El mes pasado me sacaron de mi bolso, en la 114, mi cámara digital. Ninguno de los incidentes reporté. Igual que yo, miles tampoco lo hacen, por desidia, por no perder tiempo, o por cualquier justificación que encuentre.     

Seamos más escudriñadores con esos datos brindados por Granera y usemos una pluma y una calculadora. Esos 35 mil robos apenas representan el 20 por ciento de todos los delitos reportados en 2008  en el país (158 mil). Esto se traduce en 18 delitos cada hora. Uno cada tres minutos, el tiempo medio de duración de una canción. Quizás una que escuchaba el inocente hombre que ese jueves se encontraba escuchando música, en la acera alta de su casa, en su dispositivo electrónico. Tal vez sí sabía que los delincuentes han hecho blanco estos aparatos ultramodernos y multifuncionales, además de caros y cada vez más livianos y pequeños, pero no pensó que sería una víctima de ellos en la puerta su casa. Se apagó su sonrisa en ese hogar. Ya no hubo buenas noches.     

El hecho acaeció a dos cuadras de mi centro de labores (END), frente a la venta donde todos los días, con la religión del hambre, llego a comprar a la misma hora de los sucesos, siete de la noche. Ese jueves no salí, me detuve en la puerta de entrada al periódico, miré hacia la calle y me regresé. La oscuridad apenas era interrumpida por los relámpagos intermitentes y vagos que se veían por el sur. El cielo estaba triste y lloroso. ¿Una premonición? Creo que estoy siendo víctima de la sicosis por la violencia delincuencial.

leslinicaragua@yahoo.com
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