• Jul. 21, 2009, 11:28 a.m.
Fui un mimado de la Revolución Popular Sandinista. Nací en septiembre de 1979 pero en la barriga de mamá, yo también estuve ahí, en la plaza, entre miles y miles, entre fusiles, entre algarabía, entre abrazos, besos y llanto de reencuentro. En aquella antesala a la utopía anhelaba, yo estuve ahí. Los primeros años de Revolución fueron de beneficio para las mayorías. Fue un tiempo de amor y de ensueño para muchos: alfabetización, jornadas de vacunación, organizaciones gremiales, sindicales, ayuda internacional, cortes de café, vigilancia revolucionaria, comités de solidaridad, reforma agraria, etc., todo el mundo tenía los ojos sobre la humilde Nicaragua, esa que se había emancipado del dinosaurio hostil.

Los hijos de la Revolución fuimos felices. Los que estuvimos fuera del radio de la guerra, fuimos atendidos con una inmensa energía. Y aunque desafortunadamente hayamos sido educados con una alta dosis de adoctrinamiento ideológico (2 granadas + 2 granadas = 4 granadas), se debería tomar en consideración, que omitiendo esos elementos semánticos, hubo verdadero amor y dedicación para el desarrollo de nuestras capacidades generales.

Así mismo, con la caída de la dictadura somocista, en Nicaragua se desmontó al Estado –como tantas veces– y volvió a erigirse dentro de un proceso que abrió paso a una nueva articulación de asistencia y organización, prometedora de masificación, pluralidad e inclusión. La Revolución fue un ramillete de flores en las soberbias manos de una generación de chavalos de 30 años que tenía el poder.

Pero la Revolución nació sesgada e interiormente güegüence; prometió trabajar con todos y para todos, puesto que incluso, la Vanguardia del FSLN, para el derrocamiento de Somoza, había utilizado a todos los actores sociales, abarcando desde la burguesía antisomocista hasta el lumpen de cuneta de barrio, con todos estaba en deuda pero no a todos les cumplió. A muchos le dio una patada o sencillamente se carcajeó antes de darle la espalda y confiscar sus bienes.

Con “El documento de las 72 horas”, serie de reuniones secretas sostenidas por la Dirección Nacional del FSLN en septiembre de 1979, la Revolución determinó su destino y se transformó en una aliada de la Unión Soviética, cavando indirectamente su tumba al crear un relajo amenazante en los patios traseros de EE UU. Y ese fue el principio de un doloroso recorrido de 10 años, que creo más anhelos, rabia, polarización social y la mayoría de proyectos que la Revolución algún día se plateó, se vieron inconclusos. Los dogmáticos del partido lo echaron todo a perder y pagaron las consecuencias: Nicaragua siguió entre ruinas y cultivó más ruinas.

Hoy no hay por dónde perderse, no hay más Revolución. Tres son los factores que destruyeron al actual Estado nicaragüense y aún lo postergan como un Estado fallido: las políticas neoliberales, La Piñata y el Pacto Ortega&Alemán. El desmontaje ha sido por igual realizado tanto por la derecha como por el sandinismo en reflujo. El resto es corrupción de turno, romanticismo como farsa y alegrón de burro a la agridulce. Nicaragua sucumbió en 1998, el resto es desolación, es nada.

Si hubo algo que celebrar este 19 de julio es el 30 aniversario de la victoria del pueblo nicaragüense contra la dictadura somocista, pero estemos claros que no el invento anacrónico, falso y vacío sacado de la manga del actual gobierno que subestima que su pueblo ni siquiera sabe de arisméticas. A 30 años del hecho, lo que realmente importa es hacer una reflexión de los errores. Reflexionar sobre el intento de 10 años que, con bemoles, duró el proceso revolucionario y destacar con ello, los logros alcanzados por ese intento de letanía.

Hay que viajar de lo romántico a los logros materiales. Hay que tocar a la memoria y crear las condiciones para reflexionar sobre los acontecimientos históricos como procesos políticos. Dar cabida a la memoria de la evacuación del tormento miskisto tras aquella Navidad Roja que aún hoy les lastima.

A 30 años del derrocamiento de la Dictadura y a 20 años del fin de la Revolución, antes que celebrar locuritas, es preciso abordar los verdaderos sentimientos que implicó el nacimiento de la Revolución e incluir en ellos el archivo de voces diferentes, de actores diversos: miembros que integró la Dirección Nacional, miembros del Grupo de los 12, o más atrás, al MPU, al FER, al MCR, la FES, etc., etc., etc. todos deben ser incluidos, todos.

A 20 años del fin de la Revolución, no basta el discurso patriarcal de un mismo hombre que desde una plaza hace una politización espiritual con la figura de Sandino y de Carlos, como un ritual petrificado y estéril, como lo hace Castro con El Che. A 20 años del fin de la Revolución, no hace falta más providencialismo, ni es necesario hacer del cristianismo una parodia; por el contrario, a 20 años, es necesario más discurso de género, más feminismo activo, una continuidad al tema del aborto terapéutico y dejar de usar a la mujer como vitrina, destinada a lo doméstico o a su sola exaltación de rol de madre.

Hay un 38 por ciento de nicaragüenses que alucina con la Revolución, hay un 62 por ciento que anhela la reconstrucción del Estado. La Revolución a 30 años de la derrota del dinosaurio, hoy vuelve como farsa, como el Semper Fidelis de un ejército de fanáticos que creen en este otro dinosaurio porque es el único que les dio trabajo, casa, comida, motocicleta y un par de laminas de zinc, aunque les niegue la historia y sus motivos.

A 30 años de la derrota del dinosaurio, un nuevo dinosaurio desempolva del museo de los conceptos, un mundo extraviado: La Revolución como una utopía deshabitada. Por eso ojo, cuando Milan Kundera insiste que "la lucha contra el poder es la lucha de la memoria contra el olvido", hay que recordar, siempre hay que recordar, siempre será 19 pero no hay más Revolución.

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