• Jul. 21, 2009, 4:33 p.m.
Entendió el mensaje, descifró lo que correspondía a su tiempo y dio el paso, gracias al empuje que le vino de lo alto. De hecho, cayó del caballo de la soberbia en el camino a Damasco. Y el cristianismo se extendió a galope tendido por todo el mundo conocido entonces, hasta hoy. Sólo basta leer algún capítulo de las cartas del apóstol Pablo, para darse cuenta de que nos encontramos con un héroe que trasciende. Un héroe de carne y hueso, con limitaciones, enojo, excesiva sinceridad y sin los efectos especiales de Hollywood. Es decir, un hombre y una causa: el evangelio de Jesús.

Se salió de su época, de su propia tribu benjamita, incluso, del principal partido religioso de Israel, miembro del Sanedrín, y enrumbó sus pasos contrariando la moda que imponía la aristocracia del conocimiento. De hecho, aprovechó a uno de los máximos exponentes de la sabiduría de entonces, Gamaliel, para aventurarse en un camino donde ya no le valían sus títulos y honores, como miembro prominente del culto que él mismo, con su acometida impetuosa, lo volvía caduco, desfasado y sin respuesta para la humanidad entera.

Por eso, su prédica sobrepasó los límites de su tiempo y espacio. Rompió con la vieja forma de pensar y actuar y expandió, hasta donde nadie antes lo había hecho, las Buenas Nuevas. Educado, además en la cultura helénica, fue hasta los griegos y nada le detuvo: habló en la propia plaza de Atenas; discutió con los filósofos, es decir con los amantes de la sabiduría y buscadores de lo nuevo, y les enseñó algo tan sencillo que les resultaba difícil de aceptar intelectualmente, como ahora, porque nos gusta lo sofisticado y nos apasiona el docto discurso: de nada valía el pedigrí de la nobleza y de sus reyes, el intelecto de sus sabios y las batallas de sus heroicos capitanes de conquista, porque sólo la sangre de un hombre judío, de Nazareth, nos limpia de todo pecado y nos salva.

La arrogancia nos hace difícil entender esto: que Dios mismo, creador de los Cielos y la Tierra y de toda su plenitud, habitó entre nosotros, a los suyos vino y no le recibieron. Que derramó su sangre y murió por nosotros, aún sin merecerlo, siendo malos, en la Cruz del Calvario. Ciertamente, habrá alguno que pueda dar la vida por un justo, dice Pablo, pero he aquí, Jesús dio la vida también hasta por el más perverso. Su sangre cubre a todos, sin excepción.

En las epístolas de Pablo se ve con claridad que trasmite un mensaje de fuego y avivamiento, que recuerda nada menos que a Josué, y manda a cancelar para siempre el diccionario de la mente humana lleno de expresiones como “no puedo”, “somos pobres”, “estamos en Nicaragua”, “eso es imposible”, “es que a esos gigantes les parecemos como insectos”,  para alzarse con el nuevo léxico de la fe por encima de las circunstancias de la vida. Es que el apóstol deja atrás lo aprendido por los hombres, para declarar con orgullo: “nosotros contamos con la mente de Cristo”.

“Porque ¿quién conoció la mente del Señor? ¿Quién le instruirá? Mas nosotros tenemos la mente de Cristo”, asegura no con una frase retórica, sino con su exitosa biografía: “el Evangelio no es palabra, sino Poder de Dios para salvación”. Para proseguir en El Camino, Pablo apuntala a los Gálatas de Turquía, como un modelo de las próximas generaciones: Si han conocido a Dios ¿Cómo vuelven de nuevo a los precarios y débiles poderes de este mundo para servirles?  

¿Qué le motivaba a Pablo a dar tanto? Es lo mismo que puede sacar a los nicaragüenses y a las nicaragüenses que se decidan a abandonar la agenda que nos impone el Bajísimo: no saldrán del túnel, la economía de ustedes irá de mal en peor, sólo en su paisito pasa esto, no hay cómo salgan de esta situación, su nación fracasó…

La respuesta para que nuestra vida ya no sea más parte de la maligna agenda, la ofreció Jesús: “Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia”. (Jn 10,10). Es la misma clave en palabras de Pablo que superan los siglos, linderos aledaños y sobre todo a esas teologías extrañas al magisterio de los enormes profetas bíblicos: 'Ya no vivo yo, es Cristo que vive en mí.'
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