• Jul. 29, 2009, 12:15 p.m.
Entro en mi séptima semana tras una operación de rodilla que me ha tenido semipostrado en el 6x6 de mi cuarto. Los primeros días sólo fueron de cómo aprender a lidiar con el dolor. Luego aprendí a usar muletas, a asearme, vestirme y acostumbrarme a dormir boca arriba. Más adelante aprendí a usar una silla de ruedas, aprendí a detenerme, a contemplar y calcular a priori mis movimientos (reflejos estos que habían perdido la capacidad de justificarse).

También aprendí a re-significar la amistad, mi familia, las mañanas y la instintiva felicidad que me provoca el budismo. Aprendí rápidamente a llegar a la cocina, a mi PC, al teléfono y sobrellevar la fobia que tengo con las agujas. Aprendí a ser otro en poco tiempo, pero quizás lo más complejo que he pasado, es la experiencia de aprender a amar con una sola pierna.

Cuando Rosario y yo regresamos del hospital tras esa noche del accidente, ya calma y postrada sobre el sofá, ella expresó que debería volver a usar sus dedos mientras yo me recuperaba. Hasta ese momento, yo no había pensado en la necesidad de un método para tener sexo, pero tras su corrosivo comentario, reparé en lo trágico que sería frenar el desborde que nos traíamos desde hacía 5 meses que nos conocimos. Entonces sí lo sentí: el mundo se me vino encima y antes de que surgiera la catástrofe, yo impertérrito, concluí que debía agilizarme en el diseño de un manual para amar con una sola pierna. Y así lo hice.

1. Aprender a bailar tango en silla de ruedas. No para precisamente reproducir el baile genuinamente, sino para comprometer el acercamiento de ambos cuerpos y fundirlos en abrazos que se generen desde los músculos del dorso. La taquicardia de uno, le será transmitida  al otro y viceversa. 
 
2. Afinar el tacto de las manos volviendo traviesos los dedos de tal forma que puedan leer el frío y el calor del otro. Leer el frío para ser cariñoso, asistencialista y encontrar nudillos de tensión sobre la espalda, el cuello y la parte inferior-trasera del cabello. Leer calor para dialogar con los espasmos y dinamitar pequeñas ansiedades que se asoman curiosas.

3. Usar los besos como medio de transporte y arma blanca. Lanzarlos en puntos ciegos en reuniones familiares, entre amigos, por teléfonos, por chat, desfigurados, re-onomatopeyizados; dejarlos posteados en el oído, en la nariz, en la barbilla, en el hombro, el ombligo, la rodilla, la ingle, los pezones, el clítoris y en cada mañana de lluvias y tardes grises.

4. Gerenciar el tiempo y la fragilidad. Perder el miedo a las posiciones corporales pero el sexo debe ser seguro y políticamente correcto desde camas sin pegar a las paredes,  tazas de inodoro sin suelos húmedos, sillas de ruedas con frenos, duchas con barandas, vehículo con buen asiento trasero y baños públicos  con el teatro de la buena samaritana y el paciente para ingresar juntos sin sospechas (No tardar más de 7 minutos).

Fue acertada la amenaza indirecta que Rosario me hizo aquella noche tras el accidente. Tras esas palabras, ella me impulsó a creer en ese viejo aforismo de que la necesidad tiene cara de perro. Por eso, haya sido mi masculinidad en cuestión, mi discreto apetito ninfómano o mi inseguridad por perderla, la que me llevó a diseñar mi pequeño manual para amar con una sola pierna, total, ella se quedó acá, conmigo, más porque hemos comprobado que nada nos ata, y ambos sentimos que juntos tenemos la posibilidad de potenciarnos.

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