• Jul. 29, 2009, 4:10 p.m.
Creo en la justicia divina. Aún en la que viene desde el más allá y que no dicta sentencia de cárceles ni penas administrativas, sino que simplemente aplica el castigo a modo de sanción moral y señala con un largo dedo a los culpables que se esconden en el manto del poder. Porque los actos de justicia no crean que vienen solo de los juzgados o despachos jurídicos de unos pocos letrados del derecho. No. La justicia viene de todos lados, en todas formas y en los momentos más inesperados.

Mi ejemplo es el caso del riñón. Y mi testigo es Luis Enrique Picado Tercero, el muchacho carpintero que perdió su vida “donando” o “cediendo su riñón” a un extranjero al que no conocía y por el cual murió, en medio de un oscuro y turbio ambiente en el que se hablan de cifra de miles de dólares, negligencias médicas y empresas de poder que capean las responsabilidades.

Luis Enrique, de 23 años, huérfano de padre, muy pobre y esperanzado en una mejor vida, se arriesgó a dar una parte de su vida y la terminó dando toda a cambio de algo que ahora es un secreto de tumba, pero que todos identificamos a la distancia como el inconfundible olor a necesidad económica que obliga a los más sensatos a las locuras más siniestras en pos de salir del abismo de la precariedad.

Su causa de pobre sin esperanzas estaría en silencio y sus cómplices en el anonimato, de no ser porque los medios se dieron cuenta del hecho. Se dieron cuenta porque murió.

Y a pesar de estar involucradas dos de los tres grupos económicos de más poder e influencia en el país, a como es el Grupo Pellas y su Hospital Metropolitano y El Ejército de Nicaragua y su Hospital Militar (el otro grupo es el FSLN y el gobierno de turno), Luis Enrique encontró en la muerte una manera de pedir justicia por su pobreza, sin dudas la principal causa para someterse a dar su órgano ante un desconocido de mejor posición social y económica.

Si no hubiera muerto, nadie sabría de él en Nicaragua y de la necesidad que lleva a miles en el mundo a vender sus órganos a cambio de un poco de dinero.

Con su expiración en una fecha memorable como es el Día de las Madres, 30 de mayo de 2009, Luis Enrique reclamó justicia y advirtió, no se si como penitencia o como misión póstuma, que los ojos deben abrirse ante la magnitud de la tragedia que viven a diario los más pobres del país.

Y destapó el oscuro negocio de la medicina ilegal en que los ricos pagan para seleccionar, como en un menú de órganos a la carta, el riñón fresco, el hígado lozano como plato fuerte o la córnea como aperitivo.

Ya se pasó la barrera de lo imaginable en el mundo para salir de la pobreza y vamos perdiendo la capacidad de horrorizarnos: la prostitución infantil, el secuestro, la delincuencia, la trata de personas, el tráfico de drogas, el crimen organizado, la mendicidad como forma de vida… hasta llegar a la venta de órganos. ¿Qué más vendrá en una Nicaragua que se hunde cada día más en la pobreza?

¡Qué no se ha confirmado la historia! ¡Las investigaciones oficiales no concluyen! Exclamarán los relacionistas públicos de los grupos de poder. Si, es verdad señores, y posiblemente ni siquiera concluyan las indagaciones y muy probablemente no habrá nadie tras la rejas y todo quedará en una denuncia mediática, que los dos poderosos en juego tratarán de acallar con halagos o amenazas (el dinero por un lado, y las armas por el otro).

Ya veo la conclusión de la investigación: el culpable fue el carpintero y su pobreza. Nadie más. ¿Y los dos grupos poderosos en juego? Saludos les dejaron. 
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