• Jul. 27, 2009, 9:44 a.m.
Vamos a dejar descansar por un rato la política.
Recientemente recibí la noticia de que la traducción al inglés de mi novela “El infinito en la palma de la mano” ha sido publicada como un e-book, es decir, un libro electrónico. No sé si estaré en lo cierto, pero me parece que es el primer libro nicaragüense que es ofrecido al público en este formato, además del tradicional. Según el portal de venta de libros, Amazon, el libro puede ser bajado de la internet a esa maravilla tecnológica que ellos han lanzado al mercado y que se conoce como KINDLE.

El Kindle es un liviano y delgado “lector de libros” que a través de un sistema Wireless (en Estados Unidos) o a través del computador en otras partes del mundo, está programado para servir de enlace entre el lector y esa tienda virtual gigantesca de libros que es Amazon.com. Una vez que uno adquiere el aparato, saca una cuenta y registra su Kindle, puede adquirir cualquier libro disponible en este formato. Basta un clic para tenerlo en menos de un minuto, dispuesto para leerse, por un precio menor al del libro de papel. La liviana y pequeña Kindle, que es aproximadamente como del tamaño de media página de papel bond del que se usa para las computadoras, puede almacenar un promedio nada más y nada menos que de 1500 libros. O sea que, hipotéticamente, uno puede andar una biblioteca completa en la cartera.

Confieso que, inicialmente, miré con desconfianza el tal aparatito, pero me regalaron uno para el día de la madre y me convertí mucho más rápido de lo que imaginaba. Los controles de la Kindle son fáciles de manejar y la pantalla no es como las de las computadoras, con iluminación por detrás, sino opaca, como una página de papel ligeramente gris. Uno puede hacer la letra del tamaño que quiera, pude subrayar párrafos, ver en el diccionario incorporado el significado de palabras que no entienda con sólo poner el cursor sobre éstas, y cuando se apaga el aparato éste recuerda, cuando se vuelve a encender, por qué página iba uno. Además de libros, se pueden recibir en la Kindle suscripciones de periódicos y revistas o traspasar a ella largos documentos en Word para leerlos más cómodamente.  

Hay revoluciones de revoluciones. Esta novedad del avance tecnológico significa, sin duda, una revolución; por lo tanto viene con ganadores y perdedores. Ya se está viendo por lo pronto, en el mundo desarrollado, el impacto de la Internet en la manera convencional de recibir noticias. Grandes diarios en Estados Unidos están en bancarrota o han cerrado debido a la disminución dramática de suscriptores y por tanto, de anunciantes. El Chicago Tribune, Los Angeles Times, San Francisco Chronicle, son algunos de los diarios que están a punto de desaparecer o de publicarse únicamente en Internet.

En este sentido, la industria del libro y cuantos de ella dependen, incluyendo los escritores, ven en el libro electrónico el comienzo del fin de la manera en que este sector ha funcionado hasta ahora. Sin embargo, aunque uno lamente la sustitución de los ejemplares en papel –que, a mi juicio, nunca desaparecerán de todas formas- no hay que pensar en estos avances de manera negativa, como si se tratase del “fin de los libros”.

Los libros, o sea la literatura, la invención, los libros de viajes o los tratados de sociología o filosofía, seguirán existiendo, lo que cambiará es la manera de leerlos, el formato en que los recibiremos. Sí que extrañaremos el olor del papel, la maleabilidad de un libro, pero también tendremos acceso a muchos y el espacio para almacenarlos dejará de mortificarnos.

Falta aún un buen rato para que en países como Nicaragua se lean libros en formato electrónico, pero nunca se sabe. Hay tecnologías que cunden en los países con menor desarrollo porque representan economías concretas para los consumidores. El precio de los libros es un obstáculo para la lectura, y quizás los libros electrónicos solucionarán el problema de los altos costos.

Por lo pronto, más de algún árbol estará suspirando de alivio ante un futuro donde no tendrá que morir para convertirse en resma de papel.
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