• Ago. 6, 2009, 11:56 a.m.
En el epílogo siniestro de la II Guerra Mundial, a principios de agosto de 1945, la lluvia se volvió negra y el arco iris gris. En un breve lapso de la razón el hongo atómico se dibujó sobre Hiroshima y Nagasaki. La muerte inscribía con sus tétricas manos el único holocausto instantáneo en la historia de la humanidad. Desde aquel tiempo la espada nuclear empuñada por Harry Truman, quedaría igual que la de Damocles, suspendida para siempre de un delgado hilo sobre el destino del mundo.

Se estima con tristeza que en los segundos que siguieron a la explosión en Hiroshima fueron calcinados de forma instantánea unos 80 mil japoneses, y en los meses posteriores en ambas ciudades, los muertos pudieron sumar el medio millón de personas. Los quejidos del horror todavía nos llegan con mutaciones géneticas de tercera generación, suelos exterminados por la plaga radioactiva, hombres y mujeres que aún llevan sobre y bajo su piel; la marca oscura del día de la muerte.

McNamara y Eisenhower cuestionaron el uso despiadado del poder atómico al destacar que los bombardeos aéreos regulares tenían seriamente destruidas la mayoría de las ciudades japonesas. Tokio, por ejemplo, había ardido como antorcha junto con cien mil de sus habitantes sólo unos meses antes del ataque nuclear. Pero la barbarie era la indolente misión del militarismo moderno, cuando además según sus voceros más cínicos, ya habían invertido unos $3 mil millones de dólares en el proyecto Manhattan.

La era de las armas atómicas nació junto a la tristeza científica de Albert Einstein, Robert Oppenheimer y del físico húngaro Leo Szilard. Todos dejaron registrado para la historia el pesar de su remordimiento, junto con la lúgubre advertencia que el mundo podría ser destruido totalmente. Las bombas nucleares no son armas de destrucción masiva, son armas de aniquilación total, desatan las propias fuerzas de la naturaleza en contra del planeta, las únicas que probablemente son capaces de destruirlo.

“Nunca negocies con los americanos, si no tienes una bomba atómica en tu arsenal”. A pesar del Tratado de la No Proliferación de Armas Nucleares suscrito desde 1970, Estados Unidos, Rusia, Inglaterra, Francia, Israel, China, India, Pakistán y Corea del Norte, han triplicado el polvorín atómico mundial. De la atómica pasaron a la bomba de hidrógeno, las ojivas múltiples y los misiles MX hasta llegar a la llamada guerra de las galaxias cuando Reagan, en medio de su paroxismo anticomunista propuso militarizar el espacio. La propuesta fue rechazada en la XXVII sesión de la ONU, con un voto a favor y 138 en contra.

La tragedia de Chernobil desde 1988 continúa causando estragos al ambiente y a la población afectada. Las mutaciones monstruosas y los cánceres que ahí se presentan sobre todo en niños y jóvenes, no son del conocimiento médico moderno. Sin embargo las superpotencias continúan operando en 31 países unos 400 reactores nucleares que sirven la sexta parte de la electricidad mundial, sin que se sepan los verdaderos costos humanos y ambientales de esa producción.

En la punta del iceberg atómico mundial hay 12 mil ojivas activas y cinco mil en estado de alerta. Este es un arsenal que puede ser detonado fácilmente por error. Una vez inicada la pesadilla, los especialistas calculan que en los primeros instantes morirían 200 millones de personas, mientras que otros 60 millones sufrirían lesiones irreparables, poco después de la última explosión, sólo un tercio de la humanidad quedaría inútilmente con vida ya que al finalizar el caos, los únicos testigos del invierno nuclear serían tal vez las cucarachas.

Hoy el peligro nor coreano e iraní, pareciera reproducir la trama de Dr. Strangelove, la genial película con la que Stanley Kubric parodió la estupidez de la superioridad nuclear. Hace 26 años en una de las tantas crisis, Gabriel García Márquez pronunció estas palabras que siguen tan vigentes como la amenza misma: “Propongo que hagamos el compromiso de fabricar un arca de la memoria capaz de sobrevivir al diluvio atómico. Una botella de naúfragos siderales arrojada a los océanos del tiempo, para que la nueva humanidad sepa por nosotros lo que no han de contarles las cucarachas; que aquí existió la vida, que en ella prevaleció el sufrimiento y predominó la injusticia, pero que también conocimos el amor y fuimos capaces de imaginarnos la felicidad y que sepa y haga saber para todos los tiempos quiénes fueron los culpables de nuestro desastre y cuán sordos se hicieron nuestros clamores de paz para que ésta fuera la mejor de las vidas posibles y con qué inventos tan bárbaros y por qué intereses tan mezquinos la borraron del universo”.
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