• Ene. 8, 2008, 10:39 a.m.
“Ella tendrá que pagar todo, hoy”, pensaron los tres sujetos al momento de levantarse esa mañana del 21 de noviembre del año dos mil seis.

Uno, era policía, el otro un surfista nativo de playas vecinas, y el tercero, -del tercero no sabemos nada, aunque horas más tarde los tres estarían en la escena de uno de los crímenes más atroces, confusos y sonados en Nicaragua de la última década.

Ningún otro crimen tuvo mayor presión ni cobertura noticiosa. En ningún otro se evitó tanto aclarar realmente quién mató a la víctima, y más bien el morbo público apuntaba a averiguar, si el victimario señalado, era o no el culpable.

Era uno de esos tiempos en los que el femenicidio aún no se había escuchado mentar. En ese momento la lógica apuntaba de la inducción a su opuesto: si el muchacho es listo va salir de sus clavos por sus propios medios, señalaban los dinosaurios jurídicos.

Doris, una chica porteña, trigueña, delgada y de apariencia graciosa; no tomaba, no fumaba, pero sí iba a la iglesia de vez en cuando. Era monógama, pero como por hobbie tenía tomar sol en la playa usaba anticonceptivos.

Así se conoció con el Tercero un miércoles de ceniza que repentinamente se nubló. Ella, que era entenada de dominio, pedía permiso a su madre cada vez que salía. La madre le daba horario de entrada, y por tal, esa mañana pudieron tomarse unos batidos de fruta fresca y compartir un par de palabras cuando el español del Tercero aún no era tan fluido.

La gente ahora especula y vive esa historia como una novela de Agatha Christie, pero con la soledad macabra y fría de los gatos de Poe.

“La mató por celos, porque se las pegó, o porque el infierno está aquí en la tierra”, decían los resignados, los pesimistas y los que, por cansancio, se habían vuelto maniqueístas, monoteístas, patriarcales, y calandracas (Una vieja costumbre de los pueblos grises y olvidados: asentamientos conquistados como el Comala de Páramo).

El Inspector Canda llegó tarde a la estación. Ayer se desveló. Después del pegue en chinele-gancho y con la timbe-guaro-de-fuera, se tiró unas bichas en la esquina de la cuadra e. (¡Llegó con madre goma, a recibir turno!)

A la hora del crimen, Canda se estaba tomando una sopa-de-cola donde doña Pilar. Se estaba nivelado con un cuarto de extra seco, y se sentía mejor pero si le avisaron, ya fue bastante tarde.

Cuando llegó a poner el orden y verificar la fechoría, medio pueblo lo sabía y había entrado a la escena del caso. Sólo en el cuarto habían quince personas, viendo atónicos con cristales mudos en sus ojos, a Doris, muerta.

El crimen, sin embargo tiene su comicidad: de más de cien hebras de cabello recolectados por los agentes de laboratorio, ninguno corresponde a la víctima. Al menos el celular del imputado es inocente, puesto que en las últimas 16 horas no abandonó la capital, así lo registra la antena de su vecindario.

El acusado rentó un auto para llegar a San Juan del Sur, pero no firmó el recibo, porque “estaba demasiado afectado por la noticia”, declaró su secretaria en el juicio. Esa, nueve cortadas más y a cuatro testigos, rechazó la Jueza como evidencias.

El acusado, aquél que se tomó unos batidos con Doris un Miércoles de Ceniza, presentaba escoriaciones en su espalda. ¿Habrá dormido con un gato o el ataúd tenía garras?. Nadie sabe nada. Sólo se especula.

De los cuatro sospechosos, dos de ellos salieron libres en la Audiencia Inicial. A uno de ellos se le vio con Doris días antes -uno de ellos es hijo de testaferro de geófagos -uno de los acusados se dedicaba a la venta de bienes y raíces -entre uno de ellos y el vendedor existían rencillas personales. Nadie sabe nada. Sólo se especula.

Las publicaciones fueron numerosas y el crimen aún no se resuelve. El caso no sólo se volvió punto de agenda política, sino también una danzante justificación para que dos naciones sutilmente se escupan por comunicados de cancillería.

Krosty llevaba tres días sin dormir. Con los 120 dólares que sacó con un cliente, a quien le dio un par de lesiones de surf, se los lanzó en ácido, trece palazos de coca y un rosario de piedras. Las pepas las andaba reventadas, pero dice haber visto al Tercero salir de la tienda. Le dio dos bolsas negras y 50 pesos para que se las montara al vehículo.

La memoria de Krosty se descentralizó hace 24 horas, y es problema porque aunque Krosty pensó: “Ella tendrá que pagar todo, hoy”, no sabemos si él se levantó a la misma hora que el inspector y el Tercero.

El surfista en ese estado sólo recuerda a una mujer examinado sus genitales–era el forense—luego jueces, abogados, tribunales, muchedumbre, antimotines, entrevistas, cámaras, llamadas telefónicas, y el beso de otra mujer de la que no pudo retener su rostro.

Esa mujer que Krosty no recuerda, le besó en silencio mientras allí yacía un tercero, aunque él tampoco lo recuerde.
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