• Ago. 10, 2009, 12:21 p.m.
Verdaderamente lamentable fue el despliegue de intolerancia y violencia del pasado sábado, cuando una marcha pacífica de la Coordinadora Civil fue agredida por “prortegas”. Muchos de quienes participaban en esa marcha y fueron agredidos eran antiguos militantes sandinistas de impecables trayectorias revolucionarias. Entre ellos había profesionales, personas preocupadas por el rumbo del país que, en uso de sus derechos ciudadanos, se juntaron en Asamblea para presentar una propuesta y luego de su reunión, celebrar sus logros con un acto político-cultural, debidamente autorizado.

La caminata que los llevaría al lugar donde pensaban realizar la actividad era de apenas dos o tres cuadras, pero no bien salieron a la calle, los recibió una lluvia de piedras. Hombres y jóvenes de ambos sexos los persiguieron, los imprecaron e insultaron y sin más, con palos y trompones, los enfrentaron como si se tratara de enemigos. Las pruebas del ataque son abundantes: fue filmada, fotografiada y apareció en los diarios y televisoras del país.

Poco tardó el Presidente en desvirtuar el asunto y convertir en atacantes a los atacados. ¿En qué honduras estamos?, hay que preguntarse. Mientras se protege al Presidente Zelaya en nuestro país y se invoca la democracia y el derecho del pueblo hondureño, aquí nadie puede manifestarse libremente. Se utiliza a la juventud fanatizada, el dinero del estado y hasta los dirigentes de ministerios, para amenazar las expresiones pacíficas de la sociedad civil; se divide al pueblo en uno con todo derecho e impunidad mientras grite “Daniel, Daniel” y otro que, si se atreve a salir a manifestarse, debe temer por su integridad física. De todos los dislates que a diario de cometen, éste es uno de los más graves, me parece. Y es que en Nicaragua, nuestros gobernantes deberían saber bien con qué tipo de pueblo están tratando.

La esencia de la democracia es el derecho ajeno, el respeto a la diversidad de opiniones, la libertad para ser crítico, para organizarse, manifestarse y proponer alternativas al rumbo del país. No es democracia negarles a unos lo que se permite a otros. Y menos negárselos con un método que lleva implícito el convertir a jóvenes entusiastas y apasionados en verdugos de quienes no piensan como ellos. Nutrir a la juventud con fantasmas de enemigos que hay que acabar, darles licencia para golpear, enardecerlos, como vimos en las imágenes televisivas, igual que hacía el Chigüín en la EEBI, con gritos, como si se les aprestara para entrar en combate, es un delito de lesa patria; es obligar a lo más preciado que tenemos a envilecerse, a irrespetar el derecho ajeno y a convertirse en pandillas impunes supuestamente con fines “populares”, olvidando que la práctica social también influye en la conciencia y que en una escuela de violencia no se construye ni la paz, ni la responsabilidad, ni el hombre nuevo.

Claro que mi prédica no encontrará oídos receptivos entre quienes alientan y participan en este tipo de actividades. Desafortunadamente, la espiral de insultos y descalificaciones hacia cualquier actitud que no sea la oficial, raya ya en la histeria. Con tanto poder como el que tiene este partido gobernante, actúa como si estuviese rodeado, pues sabe que nada es mejor para la irracionalidad que crear en sus fieles la idea de que están enfrascados en una suerte de “guerra”; esa que a diario sus dirigentes azuzan para postergar la reflexión y el análisis de la verdadera situación del país.

Pero los demás nicaragüenses, que somos muchos, tenemos que poner nuestra imaginación a funcionar para pensar cómo podemos salir de la trampa mortal con la que quieren cercarnos. No debemos dejarnos intimidar. También somos pueblo, también nos pertenecen las calles y el derecho a expresarnos como mejor nos parezca.
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