• Ago. 9, 2009, 4:28 p.m.
Que no haya estridencia, dijo la presidenta Kirchner. Estridencia que afectara al Sur. Que Colombia no se sienta en el banquillo de los acusados. Y Lula llamó al diálogo. Al encuentro. Voces que apagaban llamas. Llamado, casi a la guerra, que hacía el presidente Chávez. Vientos de guerra, según atizó en Quito, en el lugar menos adecuado para hablar de pólvora: el Convento Agustino, sitio de oración, de recogimiento. Lugar donde haya odio, siembre yo amor.

El lugar no era el adecuado para invocar pasiones revolucionarias desfasada, porque don Hugo llegó tarde a las épocas de las grandes revoluciones: las de Cuba y Nicaragua, 1959-1979. Los años 60 de la imaginación al poder,  Woodstock y la disipación química de vidas y alegrías.  Días de las revueltas estudiantiles y la masacre de Tlatelolco. Tiempos en que un sólo hombre, que no moría por la patria, sino que murió, se enfrentó a aviones, tanques e infantería en las Delicias del Volga, un suburbio de Managua. Ahí estaba la revolución, pero la Guardia de Somoza no pudo contra Julio de 1969 ni contra Julio de 1979. Porque Julio nació matando al hambre (aunque sea antipoético)/ nació peleando solo / contra trescientos / es el único que nació en el mundo/ superando a Leónidas/ a Leónidas el de las Termópilas.

El Presidente del Socialismo del Siglo XXI se movía inquieto sobre la dura banca de madera, aun sentado sobre un cojín. Gesticulaba. Parecía a ratos, dispuesto a levantarse. Estaba incómodo. Se reunía con los presidentes del Sur y las cámaras no lo enfocaban y deseaba esas cámaras, como el sediento al agua. Eran tantos los jefes de Estado y la televisión, oh poderosa herramienta, arma, instrumento, catapulta de vanidades,  que sólo enfocaban a la presidenta Bachelet y al anfitrión, Correa.

La voz del presidente Chávez, voz de mando, voz educada en los cuarteles, desentonaba en el encuentro de mandatarios civilistas, de mandatarios que se las jugaron en las urnas, con trayectorias políticas por la democracia, tal el caso del presidente Lula, tenaz, perseverante, pacifista, hombre de izquierda sin hacer alarde de su íntima convicción ideológica. Lula, como los océanos que no necesitan de un rótulo donde diga “Mar” porque nadie los puede confundir con una pileta. Porque por más rótulos y discursos y letreros que se ponga una pileta en su afán de parecerse a una piscina olímpica, más grande, leona y peleona es la realidad y más bacterial, más rudimentaria la empalagosa fantasía.

Y si viéramos más, y si asumiéramos la historia de aquella revolución de 1979, al margen de sus detractores y de los voluntarios errores, Chávez difícilmente pudiera haber formado parte de la Dirección Nacional del Frente Sandinista. Porque ninguno de aquellos nueve hombres eran grandilocuentes, y aunque, como dijo el Comandante de la Revolución Luis Carrión, alguno se creyó por ahí la última Coca Cola del desierto, aun ése, contaba con más talante de legítima revolución -la última de América- que Chávez y su gastada perorata antiimperialista.

Y si hay distancias entre los comandantes de la Revolución del 79,  Henry Ruiz y Daniel Ortega, Víctor Tirado López y Tomás Borge, para citar estos nombres, respecto a Chávez, la misma se vuelve aún más lejana respecto al forzado mentor del presidente venezolano, el Comandante Fidel Castro. Sideral distancia entre una revolución de verdad, con sus fallas y equivocaciones y sus nobles aciertos, perseguida por los halcones de Washington, y otra que no pasa ni baja de la tarima, sino a vapulear periodistas y cerrar emisoras.     

Chávez está empecinado en que las tablillas sumerias, los papiros egipcios, códices mayas, estelas aztecas, el kinetoscopio de Edison, el cinematógrafo de los hermanos Lumiere, las cámaras de TV, faceboock, twitter, y la Historia lo citen a él. Por eso se veía incómodo, ofreciendonos una metáfora: como que estaba sentado sobre un siglo que no era el de él, y quería meterlos a todos en cintura, en su propia centuria.

Lula como los comandantes nicaragüenses, y, por supuesto, el líder de la revolución cubana, son hijos legítimos de la izquierda sin rótulo ni estridencias, pero con humanismo. Izquierda misma de personalidades en Nicaragua con visiones diferentes, pero de una misma matriz: Julio Briceño Dávila, Onofre Guevara, Aldo Díaz, Bayardo Altamirano, Orlando Núñez, William Grigsby y el ideólogo del sandinismo, Julio López Campos.

Chávez sólo es un hijastro, que sabiendo su condición, levanta su cortina de ego más impenetrable que la de hierro del Siglo XX; inventa su propio socialismo, lo apellida XXI y a falta de mística, lo mueve con petróleo. Resultado, el enemigo principal de la izquierda real, surgida del pueblo a precio de sacrificio - de jóvenes como Julio y el poeta Rugama-, no es el “imperialismo”, sino la más grande ficción de izquierda inventada hasta ahora que por supuesto no sale de las tesis de Marx, sino de los precios del crudo. 
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