• Ago. 19, 2009, 1:39 p.m.
Kitsch es una palabra de origen alemán que se ha incorporado al arte designando una obra groseramente mimética que reproduce aspectos trivializados, pero también plantea el problema de la felicidad en la alineación al asumir que apela al “buen gusto” de las masas (el pueblo). En Nicaragua el máximo esplendor de la presencia del kitsch lo encontramos en Managua en la escuela de arte “La Parrales Vallejo”, específicamente en sus buses de trasporte urbano.

Hasta hace unas semanas no hubo flota de buses nuevos en nuestro país, al menos en la última década, por tanto a lo largo, los usuarios de transporte público hemos visto, no sólo el “deschincaque” de nuestra flamante generación de buses usados de la Blue Bird Company, sino también hemos asistido el progresivo montaje del mayor museo kitsch ambulante de nuestro país.

La tríada de Mickey Mouse junto a la Virgen de Guadalupe y El Che Guevara es tan natural a nuestros ojos como lo pueden ser el signo de la marca Nike, acompañando a la silueta de una mujer en posición obscena que es acosada por el clásico “DIOS ME GUÍA”.

Presenciar estas obras de kitsch no es del todo placentero pues al subir a estos buses, el pasajero inevitablemente también entra en una compleja obra de teatro (happening) con marcados rasgos surrealistas, groseros y grotescos en el que la existencia se devalúa a dos-cincuenta. El destino del pasajero inmediatamente queda en manos de choferes con dos modalidades: menores de 25 años o con más de 200 libras. Ambos con sus respectivas toallitas húmedas alrededor de su cuello, viejas botellas pláticas (la goma), barbas de tres días y todos con rostros marcados por una vida de pobreza, desilusión o guerra, en el que la dignidad humana se reduce a “avancen-no atrasen-que en medio está vacío”.

Funnnnhh!... y la pieza de arte empieza a rodar con acelerado reggetón o Maranatha por calles indecentes, inmundas y traicioneras, arriesgándolo todo con estridentes bocinas, el tiempo va en su contra, los semáforos atrasan, los vehículos estorban, los peatones son imprudentes, nadie puede contra la intimidación de “El Buki”, todos ceden, se reculan para darle paso a semejante oxidación de hierro, aunque entredicho está que la vejez pueda de repente colapsar sus frenos, radiador, llantas o ejes contra el pavimento.

Adentro, el grasiento escenario con metales salidos, tal si fuesen instrumentos diseñados para rasgar vestimenta, a diario se arquean con cifras de hasta 50 pantalones y 70 camisas destruidas a los pasajeros. Más allá de los accesorios se esconden los actores. Las paradas dividen los actos: Acto 1. el evangélico. Acto 2. el vendedor de lapiceros. Acto 3. el rehabilitado. Acto 4. el vendedor de las pastillas de la eterna juventud. Acto 5.el pervertido. Acto 6. los payasos. Acto 7. el miserable desahuciado Acto 8. niños cantan. Acto 9. un hombre con puñal en mano está cercano a la salida.  

Los blanquitos nuevos buses, rusos, parecen amenazar y mejorar nuestra vieja vida kitsch cotidiana. Sus interiores, aunque pequeños hornos por la carencia adecuada de ventilación, son asientos cómodos, aún emplasticados, con choferes que dicen buenas-días, buenas-tardes, adonde-usted-quiera. Su escenografía es una tabula rasa, sin Mickey, sin Mateo 11:28, sin signos, sin etiquetas, sin proselitismo. Aun no sé si esto continuará de este modo, tampoco sé si volverán los actores, aunque al menos estos días parecen estar de vacaciones. Alguien se apuntó un 8. Aún no sé a quién agradecer, no sé si decir gracias Nicho, gracias Dany, gracias Rosario, gracias a mis impuestos, pero en fin esta vez valió la verborrea de que Osetia del Sur es una nación independiente.
 
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