• Sept. 2, 2009, 8:15 a.m.
Nunca, hasta que sus tentáculos tóxicos envenenan a alguien con nombres y apellidos. Nunca, hasta que conocemos el caso de esa persona, cercana o no, es que nos damos cuenta de que en verdad existe. Así de triste es. Sucede a diario, pero hasta que nos toca presenciar esa muerte lenta y dolorosa observamos su negra magnitud. El cáncer de mama mata, y lo hace con dolores que provocan aullidos y lágrimas de miedo. Verlo de frente horroriza.

María Mercedes Chamorro Báez, mi tía, murió este viernes 28 de agosto a las once de la mañana producto de esta nefasta enfermedad. Es duro escribirlo, pero así es. Ya no se sostenía en pie, ni hablaba ni escuchaba. Su cuerpo era una hebra apenas cargada de su espíritu que se aferraba a este mundo. Dolía verla sufrir, sentir su martirio, escuchar su agonía. En verdad lastimaba y daba rabia e impotencia ser sólo un observador exasperado.

Su deterioro físico fue rápido, como si el tiempo la hubiese abofeteado con la senectud de los años que nunca se le aparecían en su cuerpo y en su rostro, y la decrepitó con tal fuerza, que ya ni ella misma se reconocía. Era otra. Envejeció con esa premura, que imagino, imprime la muerte, y hasta el bermejo de sus cabellos palideció; sus ojos claros ya no eran vivaces como antes y dejaron de ver una mañana de abril.

Su tragedia la fue relatando ella misma, cuando ya el diagnóstico le cayó como un ramalazo en el alma, pero aún tenía la esperanza viva. Primero se sintió un bulto en su seno derecho, luego el pezón se le hundió y después el cáncer se le desperdigó como disparo de escopeta. Así se puede resumir, con la claridad y la parquedad de 26 palabras, que bien pueden aferrar toda una vida o la muerte de un ser querido, su triste historia.

Tenía casi 40 años cuando vio venir la primera ráfaga de su fatídico destino, pero la dejó pasar de largo. Le dio la espalda como cuando uno ve de frente ese viento cargado de polvo que viene hacia vos. Fue exactamente tras tener a su segundo hijo. Mercedes estaba llena de felicidad, más incluso de la que irradiaba siempre, pues desde niña fue la más alegre de la familia y siempre tenía una sonrisa que regalar y nunca amanecía de mal humor. Era una fiesta permanente, nadie que estuviera a su lado se iba sin derramar una carcajada al viento.

Ese día, hace 16 años, al bañarse y pasar las manos por su seno derecho, se tocó un bulto raro que de inmediato la sorprendió, pero hizo lo que no debió: no se chequeó, ni siquiera consultó al médico, pensó en todo, menos en que probablemente ese nódulo, muchos años después le arrancaría la vida de a poco.

Pasaron unos años más y Mercedes vio cómo el pezón derecho fue incrustándosele en sus carnes hasta desaparecer por completo. Tuvo miedo y curiosidad, pero pensó que tal vez era un proceso que sucedía con la edad. Incluso, probablemente tuvo pena que la tocara un doctor, pero me pareció descabellada esta hipótesis, puesto que ella siempre fue desinhibida y decía que la pena se dejaba sólo para robar. Y nuevamente se volteó ante este segundo anuncio, ahora más evidente. No dijo nada, sólo calló y siguió con su vida de trabajo, diciéndose para sus adentros que no era nada. Alentándose en su cuarto cada día y cada noche, mientras el monstruo crecía en silencio, sin más síntomas que los descritos, preparando se dentellada final.

A mediados del año pasado un dolor repentino le atravesó el pecho y la hizo tambalearse. Jamás se había quejado de nada, ni siquiera de la vida cómoda pero azarosa que tenía. Al contrario, le satisfacía trabajar seis días a la semana y hasta los feriados. Esa tarde regresó a casa con el dolor impregnado en el cuerpo y por primera vez su cara dibujaba un gesto de seriedad: sus labios tristes y sus ojos graves. Mercedes estaba enferma, lo sabía y lo sentía. El malestar era duro y brusco, como un jalón que le carcomía la vida.

Pasó días con el mordisco en el pecho hasta que decidió ir a consulta con el médico, quien de inmediato le mandó hacerse una mamografía que reveló al asesino. Sus hermanos la acompañaron a la cita; ella subió de primero al carro y al regreso bajó por último. Todos venían serios, menos ella, que siempre le gustaba practicar la sicología inversa y nunca se daba por vencida. Nadie dijo una palabra, no fue necesario. Mercedes había llegado muy tarde, tan tarde que hasta los pulmones, que todo lo respiran, habían absorbido el mal.

Se luchó, eso sí, con todas las fuerzas y con todas las esperanzas. Mercedes batalló con determinación férrea y afrontó con valentía el desgaste de las contiendas contra el cáncer. La quimioterapia la dejaba extenuada y sin apetito, y poco a poco le fue diluyendo su cabellera rizada, hasta que a su kit de belleza añadió un pañolón blanco que le tapaba la cabeza, y aun así se veía atractiva y nunca dejó de arreglarse. La radioterapia le provocaba náuseas. Por último se le practicó una cirugía. Mejoró, pero la araña mortífera había distendido su tela hasta en el cerebro. Lo doctores le llaman metástasis. En español popular: se le regó por todo el cuerpo.

Sus últimos momentos los pasó postrada, en posición fetal, en su cama, que le quedaba grande, sedada la mayor parte del tiempo. No hablaba, sólo aullaba de dolor, era un sonido agudo y terrorífico salido del alma que parecía desprendérsele cada día, semejante al llanto amargo de un niño abandonado en un bosque y que es atacado por todas las fieras. Daba miedo. Nunca imaginé lo que sentía o pensaba, lo que quería decir y no pudo… se murió.

Probablemente a algunos no les guste lo que escribí sobre mi tía, pero desgraciadamente es el ejemplo de lo que sucede si no se trata a tiempo este asesino de mujeres. Tal vez su historia sirva para que muchas lean sobre el tema, practiquen la autopalpación de sus senos o visiten al médico, los tres métodos de detección de este mal sobre los cuales hacía hincapié la científica nicaragüense Luisa Alonso-Pentzke, experta en el tema, en una entrevista que le realicé para una nota que publiqué sobre el tema en END en octubre pasado.

“Cáncer no es sinónimo de muerte. Es extremadamente importante educar a la mujer latina acerca de la importancia de la detección temprana y estar alerta ante cualquier alteración que sienta en sus mamas. Pero la prevención sigue siendo el medio más eficaz que tiene la mujer para protegerse del desarrollo de la enfermedad”, terminaba Pentzke esa vez. Lamentablemente Mercedes, mi tía, lo ignoraba, y este viernes la mató el cáncer de mama. Cuídese usted por favor.
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