• Sept. 2, 2009, 2:36 p.m.
El Presidente Lula del Brasil adquirió un compromiso de altos kilates: convertir su país en una potencia económica. La verdad, quien asume un liderazgo nacional, debería colocar a su nación por encima de su propia biografía y de su partido. ¿El Partido de los Trabajadores apostó por el desarrollo o es sólo la idea de Lula?     

Las declaraciones de este líder no parecen la de un hombre que necesita de las cámaras de televisión para saber si está vivo en este mundo. No agita banderas remendadas de antiimperialismo modelo 60, (perdón Cortázar) para desarmar un país, y con citas de un prócer de moda, corregir hasta el Génesis. Lula tampoco predica el Apocalipsis. Sólo padece de una envidiable obsesión: colocar a Brasil entre las economías más pujantes del planeta.

Pero Lula, además de otras cualidades y a pesar de ser Presidente, nos recuerda que después de todo, es un ser humano. En la reciente cumbre de Bariloche, el mandatario se molestó, creo yo por esos discursos prestados y refritos, que si eran dignas piezas oratorias en la voz de Fidel, en manos ajenas se vuelven larguísimos, inacabables, repetitivos, acreditándose este “socialismo” de reciente factura un mal comienzo: hablar por tomos, no importan el tema, ni el tono, en un ejercicio de retórica que lejos de facilitar las cosas, las agrava, y en vez apagar fuegos, los aviva. Total, a los problemas se les ponen tantos traileres como para sacar toda una zafra y no precisamente de soluciones para los pueblos.

El jefe de Estado brasileño hasta se enojó con el Presidente Evo Morales, quien no quería firmar los acuerdos de Bariloche, si el mismo no llevaba el condimento “antiimperialista” por lo de las bases en Colombia. “Si un Presidente trata de imponer a otros sus verdades, no vamos a obtener un documento”, dijo un airado Lula. Y con razón.

“Imponer a otros sus verdades”. Si esto ocurre en el seno de los jefes de Estado, donde todos están en la misma cumbre, sin tarima de por medio, ¿qué no puede pasar entre un gobernante y sus gobernados, cuando don Hugo Chávez confunde el mando con el mundo? Con cuatro gritos contra “el imperialismo yanqui” no se resuelve la angustia de una nación. Una democracia sin contenido social tampoco es la receta para nuestros países.

Élites enquistadas en el poder económico, que en tristes episodios latinoamericanos subordinó el poder civil y condenó a la pobreza a las mayorías, son tan perniciosas como las actitudes de un Rafael Correa de cerrar televisoras en Ecuador o echarle las turbas a emisoras independientes en Caracas.

Si ni la Iglesia Católica ha podido sostener algunos de sus dogmas, como la infalibilidad del Papa, mucho menos ahora que un jefe de Estado tan solvente como Lula se deje imponer las “verdades” que cree otro de sus colegas. Y si eso es así en el “cielo” del poder, no vemos por qué no puede ocurrir en el piso de las democracias.

Ciertamente, las verdades no se imponen. Se descubren o se predican. Se enseñan y nos instruyen. Nunca nos atemorizan. Ninguna verdad entra a palos. De hecho, ninguna verdad necesita de los aparatos ortopédicos del poder para poder moverse.

El Presidente Hugo Chávez dijo en Libia, el primero de septiembre, que se debe “incrementar la unidad como única forma de ser libres”, pero es necesario aclarar cómo entiende este mandatario la “libertad”: habla de “dictadura mediática”, colocando a los periodistas como seres indeseables. Es decir, la única “libertad” es la que sale desfilando, ni siquiera caminando, desde el Palacio de Miraflores.

Los más acalorados devotos del mandatario se han especializado en linchar periodistas, y la fiscal Ortega, del gobierno bolivariano, prácticamente sentenció que es prohibido pensar diferente a Chávez, y peor, atreverse a realizar alguna manifestación en las calles de Venezuela. Lo mismo hacía Mussolini. Chávez impone su verdad de lo que es la “libertad”. Y esta “libertad”, atada a su silla presidencial, no puede salir a la calle, sino es marchando y ataviada con el rojo de su partido.
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