• Sept. 11, 2009, 6 p.m.
El 2 de Septiembre no es sólo el aniversario de la creación del Ejército Popular Sandinista. En esa misma fecha, en 1969, fue cuando por primera vez se logró que dos computadoras intercambiaran información, o sea fue el inicio de la historia de la internet. Pero hay relación entre una cosa y otra: la internet fue el resultado de ARPANET, un proyecto militar de comunicación. Aunque personalmente espero que los ejércitos desaparezcan algún día de la faz del planeta (porque por muy buenos, gallardos y constitucionales que sean, no dejan de ser instituciones creadas para la guerra), no se puede negar que el afán de los proveedores de estos cuerpos castrenses por dotarlos cada día de mejores instrumentos y más sofisticada tecnología ha tenido resultados que, en muchos casos, han sido beneficiosos para la humanidad.

La Internet es, desde luego, el subproducto quizás más paradójico que haya producido esa búsqueda. El aporte de los militares fue ampliamente superado por la enorme cantidad de técnicos, ingenieros y genios que se dieron a la tarea de desarrollar esa posibilidad y convertirla en el instrumento de comunicación democrático y global que es hoy en día, pero lo cierto es que sus ancestros fueron seres de uniforme. Lo cual me lleva, un poco obtusamente si se quiere a este asunto del ejército en Nicaragua del que, por ser éstas sus fechas onomásticas, así como las fechas patrias, se ha hablado tanto en estos días.

Creo que todas las personas que crecimos o vivimos bajo la dictadura somocista, y seguramente muchas que lo hicieron durante la revolución sandinista, compartimos un sano temor hacia el ejército. Yo no olvido lo que era, en Managua, ver patrullar las calles a  los jeeps BECATS (de las Brigadas Anti-Terroristas de Somoza), con sus soldados con casco y uniforme de combate, blandiendo los Garand, de manera que si uno iba en carro detrás, terminaba mirando el boquete del arma frente a su parabrisas. Los gritos, en las manifestaciones o aglomeraciones, de “allí viene la Guardia”, eran suficientes para congelarle a uno la sangre en las venas. Y no era para menos. A los soldados de la EEBBI, se les entrenaba con gritos de: ¿Qué somos? –Tigres; ¿Qué queremos? –Sangre. Y sangre se llevaban y hacían correr, inmisericordes.
 
No sé a ciencia cierta cuán impecable fue en su actuación el Ejército Popular Sandinista durante la guerra de los 80. Uno oye historias y ya no tiene la certeza de antaño para negar su veracidad. Sin embargo, tan sólo el hecho de que nuestro Ejército ha podido transitar de la ruta de la guerra a la tranquilidad de la paz y enfrascarse por muchos años en un proceso de institucionalización, hace pensar que la calidad que se produjo en ese proceso fue diferente. Siempre he pensado que uno de los logros más palpables de la Revolución fue el romper el ejército de casta de Somoza y el transformar esa organización castrense en una fuerza bien organizada, pero sobre todo, sometida a la Constitución y a la legalidad.

Ha sido interesante leer los escritos y declaraciones del Comandante Humberto Ortega, aparecidas en los medios recientemente. Creo que él se da cuenta de que es necesario en este momento que valoremos el gran salto que ha significado en nuestras vidas esa transformación del ejército. Porque lo cierto es que es un equilibrio muy delicado. Podríamos decir que es el equilibrio que no podemos dejar perder en Nicaragua, porque si el Ejército vuelve a tornarse partidario, vuelve a someterse a la lealtad a un hombre, en vez de la lealtad a un pueblo y su Constitución, esta estabilidad política que hemos alcanzado, por muy frágil que sea, se verá irremediablemente fracturada y la ciudadanía en su conjunto, quedará sometida a la arbitrariedad de sus gobernantes.

Y sucede que tenemos un gobierno extremadamente paranoico que confunde el desacuerdo con la traición y la crítica con la conspiración. Y el mundo está lleno de historias donde personas intachables han sido acusadas de “traidores y conspiradores” y pasadas por las armas por ejércitos leales a las órdenes arbitrarias de sus jefes. Porque la disciplina en los ejércitos es sagrada y resulta que “deben” obedecer las órdenes de sus superiores, lo cual implica varios grados de peligro cuando éstos superiores consideran que su voluntad está por encima del marco que la misma Constitución les impone.

Y claro que, como en todas partes, en los Ejércitos hay quienes se saben la Constitución y quienes saben lo que tienen que hacer para que el Gran Jefe les ponga medallas. De manera que la selección de los mandos dentro del Ejército no es un asunto leve: es complicado. No querría ser pesimista, pero mi optimismo, confieso, está un poco debilitado tras ver cuanto he visto en los últimos años. De manera que, como simple ciudadana, no me queda más que recordar este ejemplo de la internet: El Ejército puede ser fuente de beneficios y logros para el país; pero los ciudadanos tenemos que recordarles a todas sus clases y oficiales que su fidelidad es con el futuro, con la Constitución, con todos los que dieron su sangre y su vida para que ellos le jugaran limpio, no a éste o aquel partido, sino a Nicaragua, a la Patria de todos. Nada menos que eso esperamos.
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