• Sept. 3, 2009, 4:44 p.m.
Los que no somos famosos no hemos recibido ofertas para  visitar la luna en el año 2023. Los que no somos famosos nos bañamos a las seis de la mañana, sacamos la basura dos veces por semana, aprendemos a cocinar, a hacer centros de mesa, a saludar al vecino mientras barremos la acera y despachamos al colegio a nuestros hijos con bendiciones triviales.

Los que no somos famosos leemos en paradas los titulares de periódicos, caminamos con un radito de mano Sankey y un termito negro para almorzar en el trabajo. Los que no somos famosos hacemos fila para solventar nuestros impuestos, para cancelar multas de tránsito y depositamos cada cierto tiempo estúpidamente un voto extraviado, un día que siempre lloverá.

Los que no somos famosos empezamos a creer en el apocalipsis maya, compramos películas piratas y hacemos el amor con la luz apagada. Los que no somos famosos, no bebemos agua mineral, no tenemos minutos ilimitados, ni cupones de gasolinas que se renuevan cada mes. Los que no somos famosos no tenemos una colección de pulseras y anillos con galenas, jaspes, jades, malaquita y cuarzos cetrinos, rosas y turquesas.

Los que no somos famosos no necesitamos ir a Tailandia la próxima semana, no nos esperan en Ginebra, en el Líbano, en Bariloche, ni con una cena en el Caribe con cubiertos de plata. Los que no somos famosos tenemos jarrones de agua con flores de plástico, lámparas de neón de 40w y espejos con patas de león en nuestras salas, junto al retrato envejecido del tío caído, siempre joven.

Los que no somos famosos no practicamos la cienciología, el budismo de granola, el orfismo newyorkino, la cábala, ni el catolicismo con misas en latín. Los que no somos famosos no adoptamos a niños en África, no nos tomamos fotografía con pacientes con VIH, con lepra, con hambre, ni abrimos ONG en Camboya, Zimbabwe o Guatemala.

Los que no somos famosos no tenemos aire acondicionado portátiles que refresquen nuestra obesidad en plazas públicas. Los que no somos famosos no se nos pudren las verduras en el refrigerador, nos conmovemos al ver por primera vez el mar, padecemos de diabetes, reuma, varices y bajamos cada mes en la 154 a buscar en el seguro los 1,500 pesos con un abuelo contento.

Los que no somos famosos no nos perdemos del radar en tempestades atlánticas, no vivimos el presente, ni tenemos enfermeras personales que nos duerman con sedantes.
Los que no somos famosos no tenemos a un gurú exclusivo en el cuarto de huéspedes, no levantamos los brazos en señal de victoria, ni vestimos ropa interior con las iniciales de nuestros nombre bordadas en gótico.

Los que no somos famosos no lideramos caravanas de vehículos de la misma marca, ni nos parqueamos a regalar billetes de 100 en los semáforos. Los que no somos famosos no tenemos harem de quinceañeras, no poseemos una videoteca de clásicos pornos, ni a un guardaespaldas que descarte previamente el veneno de nuestras comidas y meriendas.

Los que no somos famosos no tenemos nada inmoral que compartir cada mañana, no nos deprimimos, nos avergonzamos al ver copulando a dos perros, lloramos cuando se casan los personajes en las novelas mexicanas, no amamos por dos semanas, ni morimos de sobredosis, por asfixia sexual, ni dando un beso en el Pont de l'Alma.

Los que no somos famosos vivimos en un reino donde cada ilusión ocupa su distancia, donde cada fantasía se levanta con el pie izquierdo, cada esperanza suda helado, cada anhelo tiene debates consigo mismo, cada placebo llega momentáneamente los días de pago, cada espasmo tiene un precio, cada placer tiene sentimientos de culpa y cada virtud lava su plato después de comer.

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