• Sept. 7, 2009, 8:39 a.m.
Rodeada de sus hermanos y con una cara tranquila, Mercedes Chamorro Báez murió el pasado 28 de agosto a las 11:40 de la mañana, mientras caía una brisa cálida de nubes bajas sobre la parte oriental de Managua que más tarde se hizo aguacero. Tenía sólo 55 años y unas enormes ganas de seguir viviendo. A pesar de haber luchado muchas batallas con fiereza, el cáncer de seno que padecía le ganó la guerra. Hubo lágrimas y consternación, y luego una profunda resignación que nunca llenará ese vacío que tiene la medida de su alma.

Todos los presentes en su casa esa noche la recordamos como fue: ágil, activa, trabajadora y luchadora. Nadie exageró sus virtudes ni obvió su único defecto, si hablar mucho se le considera como tal. Educada de manera tradicional en la Juigalpa de los 60, desarrolló un carácter pasivo y comprensivo que aunaba a una hiperactividad a la que le sacó provecho para trabajar de forma casi compulsiva de lunes a sábado. Parecía una hormiga obrera e incansable.

Más tarde, sus estudios de sicología le sellaron ese carácter afable y cordial que la acompañó durante todos sus días en la tierra. Era muy tolerante y mente abierta, y nunca, jamás, menospreciaba algo o a alguien. Además, era única y multiforme, sagaz y sin malicia alguna. Caminaba despacio y hablaba rápido, con una dicción mandona que a veces asustaba. Se levantaba temprano y comenzaba una conversación cualquiera con quien estuviera despierto, que a veces parecía nunca terminar. “Qué habla la Merceditas”, decían de ella, pero siempre alegraba las mañanas con su lluvia de palabras.   

Y precisamente esa alegría fue siempre su mayor virtud, y lo mejor del caso es que era altamente contagiosa. Juguetona y bromista, sabía saturar de risas el ambiente con su extraordinaria e innata cualidad de narradora de historias y anécdotas, que la unía con su don de recuperadora de recuerdos perdidos para rehacer un suceso ya proscrito de la mente de muchos por el paso del tiempo. Hubiera sido una buena periodista.          

También poseía un gusto por la gastronomía que la empujó a improvisar los platillos más inverosímiles e inimaginables, sacados de las recetas de sus memorias, con tal de soliviantar el hambre de cualquier amigo, familiar o el de ella misma. Eso sí, cocinaba un vaho que en cuanto estaba, se terminaba. Los comensales literalmente se chupaban los dedos y hasta el plato. Ése era su virtud culinaria, admirada por conocidos y extraños.         

Además de ser la más joven de sus hermanas, también fue muy guapa y hermosa toda su vida, incluso cuando perdió el cabello y se ponía un pañolón blanco que la hacía parecer más juvenil. En una foto de mediados de los 70, y que sirvió de cabecera a su ataúd en su velatorio, se le ve tan guapa, que a todo el que la miraba se le escapaba un suspiro, y cuando la veían en persona, suspiraban dos veces. Verdaderamente era bella con esos ojos claros de mirada pícara y con su pelo ensortijado que hacían juego con su sana vanidad.           

¿Amó alguna vez? Creo que muchas veces. Amó a su familia, a sus hijos, se amó a sí misma, que fue lo más importante. Quería y se daba a querer, era como una fórmula sine qua non que todo el que la conocía se aprendía de memoria. Su capacidad de entrega era tremenda y quería mucho a los niños. Una tarde de febrero de este año, cuando ya estaba en silla de ruedas y casi no veía, se le acercó mi hijo de tres años a saludarla. Lo miró con dificultad y le dijo --aun a sabiendas de que tal vez no sería posible-- que cuando se recuperara ella misma lo cuidaría. Así era de amorosa. Pero el viernes, mientras el cielo lloraba, mi tía Mercedes moría, y con ella ese amor que desprendía.    

Cuando un ciudadano fallecía en la antigua Grecia, se hacía una pregunta a quienes lo conocieron: ¿Tuvo pasión? Y conforme la respuesta se delineaba la personalidad del muerto y se decidía si era digno de recordarlo o no. En mi tía la pregunta se convierte en una rotunda afirmación: Mercedes Chamorro fue apasionada y amorosa.  

leslinicaragua@hotmail.com

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