• Sept. 11, 2009, 3:25 p.m.
"Los héroes, no dijeron que morían por la patria,
 ...sino que murieron" –Leonel Rugama

Siete de cada 10 jóvenes nicaragüenses quieren irse de su patria. Destino: cualquier parte. Razones: vivir y abandonar este lugar desolado donde sólo hay almas en pena, alharaca de criaturas condenadas a revivir un pasado tortuoso y de pobreza. Quienes se han ido, dicen estar mejor; quienes regresan, se arrepienten.

Un septiembre más para sacar banderitas. Los chavalos llevan tres semanas intensificando los ensayos de una a cinco. Las muchachas ya decidieron que le subirán media pulgada más a las minifaldas y el instructor lidia todos los días con el muchacho del redoble que no quiere quitarse el arete –el día del desfile, encontrará la manera para poder lucirlo.

Los niños hacen murales y le ponen un nacatamal con Coca Cola en el desayunador al presidente Walker; a San Jacinto le encajan un Sandino en mula llegando a San Albino; Mongalo prende mecha contra los piratas en El Castillo; Larreynaga sólo envía emails saludando desde Antigua; y Rafaela zurce sueños en el muelle esperando que Andrés llegue de la guerra para que se la lleve a Costa Rica.

Todo está perfecto para este 14 y 15. Los colegios privados se van al mar y los públicos se colocan el remendado traje de nicaragüense para confirmar ante gobernantes y políticos, sus deberes nacionales; deberes estos, que en última instancia confirmarán el conjuro de que aún continuamos hechizados y dispuestos a morir por la patria. Como tantas veces, como tantos muertos.

Toda la parafernalia de nuestros días patrios es un ritual de amnesia que desde 1821 el poder político utiliza como discurso patriotero para desviarnos la mirada a nuestra verdadera crisis interna; así nos han manipulado desde los años de anarquía, pasando por la Guerra Nacional, por el zelayismo, el somocismo, el sandinismo y el arnoldismo –aunque este se quedó sin helicópteros.

Manifestar nuestras lealtades patriotas ante aquellos que precisamente la atropellan, me resulta la más abominable de las ceremonias humanas. Maquiavelo nos ayudó a entender la trama política que fluye detrás de las estructuras religiosas, Nietzsche nos señaló al actor, y Foucault nos resemantizó a los culpables. ¿Cómo se puede seguir sucumbiendo ante el kanteano discurso hechicero de moral y ética con el que pregonan nuestros políticos corruptos?

¿Por qué hemos de llegar a ellos y honrar nuestra horrible y manoseada historia? ¿Por qué seguimos dando crédito a Andrés y no a los indígenas de Matagalpa como los verdaderos vencedores en San Jacinto? ¿Por qué seguir dándole honores a Larreynaga por nuestra Independencia, si nunca siquiera regresó vivo a Nicaragua y prefirió partir a Europa? ¿Por qué Mongalo es héroe nacional si peleó contra sus propios hermanos?  ¿O por qué el béisbol es nuestras deporte nacional y no lo vemos como un calco cultural heredado por la intervención gringa?

También podemos comentar sobre el cristianismo, del que de sobra sabemos que a estas tierras llegó sin parábolas, no a traer paz sino literalmente espada. ¿Por qué permitimos que tanto mito atrofié nuestra memoria y el recorrido sano de nuestra  historia? ¿Por qué? Yo no veo el orgullo de ir hacia el altar de la patria si de antemano sé que ahí me aguardan mis caníbales padres.
 
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