• Sept. 11, 2009, 5:48 p.m.
Los Estados de Guatemala, Honduras, El Salvador y Nicaragua deben empujar la unidad de una sola nación, porque es lo más natural. El problema es de orden humano, los obstáculos de cúpulas, la separación es económica, pero la mejor respuesta la ofrece la misma geografía. Por si fuera poco, hablamos el mismo idioma y asumimos la misma cultura, hemos padecido similares dictaduras y sufrido las mismas arbitrariedades de ciertos estamentos del poder. Contamos con una misma historia y Acta de Independencia. Los pendones de nuestras banderas nacionales son el azul y el blanco, apenas con los cambios propios de cada escudo.

Nicaragua, para ilustración, exhibe en el frontis del Palacio Nacional o de la Cultura, el propio escudo de El Salvador. Además, el guardabarranco es un pájaro nacional compartido. Las aguas del Golfo de Fonseca bañan tres costas distintas -Honduras, El Salvador,  Nicaragua- que debieran ser una sola nación verdadera.

Pero lo que es, de hecho natural, fue apartado por lo artificial: un mapa común, entintado de diversos colores. ¿Quiénes han ganado con la división? ¿Qué grandes beneficios reporta a las minorías, siendo mejor cabeza de ratón en vez de unificar las fuerzas de un leopardo?

Hay un simbolismo con el recorrido de la Antorcha, en estos días de efemérides patrias. Pero Septiembre se disuelve en lo ritual. Bandas escolares suenan sus bombos y clarines. Las calles se vuelven pasarelas con las agraciadas palillonas. Hay “jura” de banderas. Entonación colectiva de los himnos nacionales y, en Nicaragua, la visita de rigor, como parte de la liturgia patriótica, a la Hacienda San Jacinto.

¿Y después, qué nos queda? La división, las fronteras, la exportación nada patriótica de poblaciones enteras de salvadoreños, hondureños y nicaragüenses a Estados Unidos. ¿Qué más nos queda? Cada Estado por su lado y la pobreza mejor repartida del mundo.

Si se observa bien, las festividades patrias quedan en manos de escolares, vestidos de galas y adolescentes abanderados. Al margen quedan, además, los grupos económicos, los grandes y pequeños productores. Es decir, dentro del simbolismo no caben los que pueden echar a andar otra historia, los hechos tangibles, sino sólo las sombras de lo que debería ser. Imágenes a las cuales se les rinde culto junto a los emblemas, como en una fiesta patronal. Los artesanos, trabajadores,  intelectuales, no participan de la puesta en escena de esta enorme ficción anual de fervor centroamericano y patriota. La vida real de los Estados débiles, como algunas Iglesias, va por una calle y la liturgia conmovedora por otra.

Hay instrumentos regionales como el Parlacen. Hasta ahora, el CA- 4 es un logro visible para la región al Norte de Costa Rica. Pero falta firmeza y visión de parte de los líderes de estos cuatro países para conformar una sola unidad como la han planteado los europeos: las negociaciones son por bloques, no por “islas”.

Alentar los desencuentros en vez de trabajar por la integración de la patria pospuesta, nos amarra más al subdesarrollo que al avance. Fragmentados, poco somos. La Unión Centroamericana es la llave para abrir las puertas del siglo, que para efectos prácticos, en el plano de nuestras economías, sigue siendo más del XX que del XXI.

Los intereses de poder, los privilegios de casta, las oligarquías criollas, la intromisión no siempre progresista de la Iglesia Católica, aferrada a mantener sus excesos temporales alcanzados durante la colonia, pulverizaron los nobles esfuerzos de la patria centroamericana, propuesto por figuras paradigmáticas como don José Cecilio del Valle. De él son estas palabras: “Habrá cinco repúblicas débiles por no haber un vínculo de unión. Las de mayor poder rehusarán respetar la justicia de las menos fuertes. El genio de las guerras intestinas levantará su odiosa frente (…). 

No habiendo equilibrio de riquezas, fuerza y poder en los estados, es necesario que exista un gobierno nacional que socorra a los estados débiles contra los embates de los fuertes. Querer que desaparezca el gobierno federal y dejar solos a los estados sería querer que los menos fuertes sean víctimas del más poderoso… Crear un gobierno nacional, rico, fuerte, y poderoso, que sofoque a las injusticias y sostenga el equilibrio del orden, es lo que importa a los estados e interesa a la República”. 
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