• Sept. 21, 2009, 1:05 p.m.
Esta imagen es la que quiero borrar: Si usted ve a un tipo con un pesado mazo sobre el hombro, un mazazo de hierro, saliendo a la calle para “enfrentarse” a un pequeño y frágil disco compacto, hasta desbaratarlo, de seguro piensa: ¿y este cavernícola, de dónde diablos salió? Es difícil pensar que haya un cavernario en nuestros países del Tercer Mundo, y más todavía si hablamos de los Estados Unidos. Pero no había uno, sino un clan de trogloditas que se dedicó a destruir los CD de Juanes. 

Esta es la imagen que quiero preservar: Se armó de música y le cantó a la paz. Juanes dio un gran paso, más enorme y más útil que seguir una torpe y descontrolada carrera armamentista. No hicieron falta cañones ni helicópteros artillados, tampoco discursos incendiarios, mucho menos desmedidos rencores de un grupo radicado y radical de cubanos en la Ciudad del Sol.

Juanes le cantó a la hermandad, a una nueva forma de coincidencias, a estimular el amor en vez del odio, de sembrar amistad y de reconocer que por encima de las ideas políticas y religiosas de cada quien, "somos iguales". Un millón 150 mil cubanos atestaron la histórica plaza de la Revolución, donde se alzan dos íconos de la isla: José Martí, el apóstol, y el Che Guevara, el héroe.

Definiendo a una nueva clase de artistas: Olga Tañón y Miguel Bosé, entre otros, no se dejaron arredrar por los odios de un grupo que al parecer todavía sigue dominando algunos medios de comunicación en La Florida. Por encima de las críticas, los creadores crearon conciencia de que las barreras no pueden seguir levantándose en un mundo como el de hoy. Y Cuba, desde hace más de 40 años padece este cerco, bárbaro cerco que significa: bloqueo a la economía, a la ciencia y la tecnología, acentuado por una
desmesurada campaña de propaganda, tratando de presentar al gobierno y sistema antillano como lo más terrible que ha existido en América.

Todavía el domingo, cuando no había concluido el concierto, la corresponsal de CNN decía desde la plaza de La Habana, en un afán de restarle mérito a la propuesta de paz de Juanes, que la masiva respuesta de los cubanos se debía a la escasísima oportunidad de ver, y gratis, en un mismo escenario a estrellas de la magnitud de los artistas invitados.

Pero las estrellas estaban devolviendo mucho de lo que Cuba le ha dado al mundo, aunque otros no lo quieran reconocer: no sólo por vocalistas, músicos y compositores se conoce la creatividad de ese país caribeño. No, de la isla han surgido sones, ritmos, géneros musicales originales como la salsa, el cha-cha-chá, el mambo.

¿Por qué siempre esa insistencia de presentar a los cubanos como si se encuentran en la peor de las miserias y que nunca tendrían una oportunidad de ver artistas de la talla de Olga Tañón, Miguel Bosé, Danny Rivera, o el mismo Juanes? Ahí están Silvio Rodríguez, Pablo Milanés, Amaury Pérez, y se puede seguir enumerando a otros talentos tan solventes. Por si fuera poco, Cuba se da el lujo de contar con una de las mejores agrupaciones que hay en toda la bolita del mundo, tan comparable a la Sonora Matancera y creo que hasta por encima del nivel: los Van Van y su extraordinario compositor Juan Formell.

 Tan estupenda fue la idea de Juanes, que elementos amargados ya estaban culpando al propio Barack Obama de lo que sucedió la tarde del domingo 20 de septiembre en la Perla de Las Antillas. Desde Washington, el Presidente, haciendo gala de su inteligencia, respondió a quienes le responsabilizaban de estar "oxigenando" al gobierno insular: "Déjame ser bien claro: el Gobierno estadounidense no es un promotor de conciertos".

Deseaban con pasión hepática la "condena" de Obama. Pero no se puede andar por esta vida con tirrias jurásicas como la que segrega la congresista cubana Ileana Ross, quien protestó la víspera contra Juanes por la “barbaridad” de ir a cantar en una plaza donde "se verá al fondo la imagen del asesino Ernesto Guevara".

El mensaje de Juanes al mundo lo resumió con sus mismas palabras, siendo él, un testimonio y un ejemplo para las juventudes, para los pueblos, tras recibir amenazas de muerte y estar en peligro sus hijos. La verdad, se las jugó todas  por vivir  en Miami, donde cualquier cosa se puede esperar de algunos exiliados cubanos que hasta ven como prócer al terrorista Luis Posada Carriles.

Juanes dijo: "Vencimos el miedo para estar aquí con ustedes esta tarde y esperamos que ustedes también lo puedan vencer".  Una sideral multitud, como la que solía marchar con Fidel Castro, aplaudió y agradeció al colombiano su sincero ideal de alcanzar una "paz sin fronteras".
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