• Sept. 22, 2009, 11:45 a.m.
Un día de estos, cuando me disponía a salir de mi casa y dirigirme al trabajo, tocó la puerta una señora de edad, blanca y regordeta, parecía de aquellas vendedoras que ofrecen cepillos de dientes con pasta dental a bajos precios. Pero yo nunca imaginé que lo que ella vendía es “Democracia”.

Me preguntó por la señora de la casa, mi mamá, pues me observó muy joven para su venta, fue cuando le dije que ella no se encontraba, entonces se decidió por mí. Amablemente le pregunté en que le podría ayudar. Ella me solicitó le confirmara si éramos nuevos en el vecindario, a lo que respondí que si, fue cuando imagine que era alguna vecina amable que planeaba socializar con nosotros.

¡Cúal fue mi sorpresa al escuchar la explicación de su visita! cuando se presentó como una activista del Partido Liberal Constitucionalista, PLC, y que planeaba que nuestra familia se afiliara al partido. “¿Cómo dice?”, le dije. “Si” contestó. “Es que yo sé que ustedes (mi familia) son nuevos aquí y entonces vine antes que ellos (los sandinistas) para que se afilien al partido y defiendan la democracia porque no queremos que este gobierna nos siga quitando lo que tenemos”.

La señora en cuestión de segundos me comentó la ideología política de los que viven a los lados y frente a la casa donde habito desde hace poco tiempo, entonces le mostré mi hermetismo por afiliarme a cualquier partido político. “¿Acaso ustedes son sandías?”, me preguntó asustada y yo sonriente le respondí que no. Y luego, me cuestionó por no pertenecer al partido demócrata, y le respondí que ni a mí, ni a mi familia nos dan de comer los políticos. La señora regordeta me aseguró que con ellos (PLC) el país tenía buena andanza y que en cambio ahora, el presidente se quiere reelegir. Me pareció muy insistente pero en pocos minutos tenía que presentarme a mi trabajo y en ese momento realmente no contaba con suficiente tiempo para contarle mis creencias sociales.

Me detuvo con su voz desesperada por convencerme como si fuera una pastora evangélica detrás de alguna oveja perdida y mi paciencia -muy poca en estos días- me hizo preguntarle que cuales eran los beneficios que yo adquiriría al afiliarme al PLC.

"Mis derechos ciudadanos"
La señora aseguró que me agregaría al padrón electoral del sector para que yo votase cerca de la casa en las próximas elecciones y que me daría un carné de afiliado al PLC y que es un derecho ciudadano que tengo.

A como dice el dicho; “salvado por la campana”, llegó mi mamá, y le dije que ella si la podía atender. Me retiré al trabajo pensando en las causas que llevó a la señora para involucrarse tan de lleno en el partido de oposición al gobierno.

Recordé que un día un ex trabajador del gobierno de Arnoldo Alemán me contó que el “gordo” se sabía ganar a la gente y que tenía muchos seguidores que son capaces de votar por él si se volviese a lanzar como candidato a la presidencia de la República. Concluí en que Arnoldo es igual al actual presidente en términos de popularidad, pues así a como hay personas que pintan ciudades enteras adorando a Daniel Ortega, así dentro del PLC existen ciudadanos que meterían sus manos al fuego por el ex reo político de la derecha.

Para mí fue extraño observar a esa activista liberal, pues anteriormente habían llegado hasta mi casa los de la denominada Juventud Sandinista, quienes con igual afán trataron de involucrarme en sus actividades partidarias a las cuales asistí por pura curiosidad. Desistí de enlistarme en esa organización porque miré que los jóvenes, que suponen guiar el destino de mi nación, carecían de criterios propios y se dedicaban a obedecer órdenes de la secretaría del FSLN.

Al final del día cuando llegué a la casa, le pregunté a mi madre ¿en que había quedado la cuestión de la señora?, a lo que ella respondió que en una semana le entregaban a ella y mis dos hermanos su carné de activista del PLC. Le dije que hubiera preferido que la señora hubiese vendido cepillos de diente en promoción y no que ofertara democracia a domicilio.
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