• Sept. 24, 2009, 5:45 p.m.
Tenía unos 17 años cuando ocurrió aquel suceso que ahora veo como una nostálgica proeza de nunca más realizar. Acababa de terminar el tiempo de dos horas de juego que habíamos pagado Alexander Rodríguez y yo, en una casa de alquiler de video-juegos del barrio Riguero, allá por los Talleres Modernos; salimos y justo notamos el inminente desplome del cielo preñado de agua: nubes oscurísimas, brisa tenue y húmeda, aire frío, truenos y relámpagos.

Estábamos a una distancia de por lo menos 12 cuadras del barrio Liberia, donde vivíamos en el Distrito V, cuando decidimos correr para no mojarnos y matar las energías que nos habían sobrado de jugar Nintendo. Iniciamos la marcha a galope y sólo nos detuvimos hasta llegar a casa. Llegamos sin aire, jadeantes y remojados hasta el culo, porque la lluvia nos alcanzó por el colegio Máximo Jerez, a cuatro cuadras de mi casa. Entonces yo jugaba de todo en la calle, en el colegio hacia educación física, tenía una bicicleta para los mandados, no fumaba aún y bebía muy pocas cervezas. Era flaco, de talla 28 a menos, y muy feliz con mis costillas visibles en la talla S de camisa.

Hace dos años hice el mismo recorrido escapando de un embotellamiento colosal, pero lo realicé en carro y entonces me pareció una distancia enorme. Ya en esta fecha yo era otro: talla 32 y subiendo, camisas M, panza XL, 16 años más viejo, menos pelo y una vida sedentaria de periodista desde 1996 cuya única relación con el deporte era, y sigue siendo pero con mucho menos intensidad, sentarme a ver los eventos de deportes como boxeo y campeonatos de fútbol en algún bar con cervezas sobre la mesa, cigarros en el bolsillo y bocadillos servidos.

Tantos eventos deportivos vistos, y otros no deportivos pero ligados a la bohemia y a la vida periodística, me provocaron con el tiempo una curiosa crisis de asfixia que me atacó justo cuando culminaba un acto de ejercicio que no era precisamente un deporte y que me exigía casi tanto aire como para bailar un reguetón. Fue preocupante descubrir que a los 32 años padecía de colesterol alto y no se cual asunto más que, de no cuidarse a tiempo, podría degenerar más adelante en riesgos cardíacos.
 
Yo no me veía tan gordo, pero sabía lo que deglutía y estaba conciente que el aumento paulatino de talla 28 a 34 era el resultado del cementerio de bahos, mondongos, carnes asadas, cebiches, alitas picantes y cervezas que habían fallecido sin consuelo en mis tripas. Así que el doctor Jaime Rivera me mandó a dieta, me aconsejó dejar de fumar, me instó a moderar la bebida y por Dios, a buscar alguna actividad física que me hiciera sudar y jadear. “Y no sólo se vale el sexo”, me advirtió.
 
Por un tiempo dejé de comer grasa saturada y cesé de fumar, no fue fácil, pero logré dejar de echar humo y desde entonces no lo he vuelto a hacer; lo difícil fue, sin duda, encontrar un maldito lugar donde caminar. No quería pagar un gimnasio porque conozco mi indisciplina y pensé que hubiera sido una pérdida de tiempo y dinero, así que empecé a buscar dónde caminar en paz y así reducir un poco la grasa de mis arterias.

Ya había leído que hay grandes beneficios de salud en eso de caminar y me animó un consejo del doctor Vicente Maltez, ex compañero de clases en la UCA, que repetía que no hay mejor viagra que una buena caminata diaria. Me gustó la idea. Entonces descubrí lo que ya todo mundo sabe: en esta capital hay donde ir a comer, donde ir a bailar y beber, donde ir a coger, donde ir a protestar, donde cagar al aire libre, donde hacer de todo, menos donde caminar deportivamente.

Las calles están hechas para sobrevivir: Para escapar del solazo perro, para evitar irse en el manjol destapado, para escapar del delincuente de la esquina, para brincar la corriente de aguas sucias, para cruzar a toda máquina los semáforos o para evitar ser atropellado por el busero bruto que no le importó subirse a las cunetas, que de todos modos ya estaban ocupadas por negocios que las usan de parqueos hasta con cuidadores que ven de mal modo al que pasa a la orilla del carro estacionado. A veces me dan ganas, literalmente, de salir corriendo de esta horrible ciudad. Salvo el parquecito japonés de los Robles, que deja de ser útil a las 6 de la tarde, la improvisada pista de atletismo de la rotonda de la Virgen y algunas calles centrales de algunos repartos, no hay dónde correr, ni caminar.

Hace unos años me alegró la idea loca de una señora que muy alegre anunció la pronta creación de una ciclo-vía para rodar en bicicletas en plena Managua. Nadie le creyó el cuento a la mujer y efectivamente nunca se hizo nada, a como nunca se han hecho todas las cosas que en las campañas municipales se prometen para Managua, como el tranvía de aquel ex alcalde Dionisio Marenco. El caso es que mi colesterol volvió a subir, salir a las calles en plan deportivo es servirse como filete al delincuente y para colmo ya viene la pelea de Manny Pacquiao y presiento que gane quien gane, yo saldré perdiendo. Otra vez.
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