• Sept. 25, 2009, 5:53 p.m.
A eso de las 8 de la noche del 15 de septiembre volvía a mi casa caminando. Unos cuantos metros después de doblar hacia el oeste en la esquina del hotel “Princess”, en medio de la oscuridad, vi una pequeña figura que corría hacia mí. Era tan pequeña la sombra que pensé sería alguna de las niñas que, con sus madres, todas las noches piden limosna en la esquina oeste de dicho hotel y que, desde que les di un litro de leche, me saludan cada vez que me ven.

Para mi sorpresa, al alcanzarme la pequeña figura, se paró frente a mí, bloqueándome el paso. Al resplandor de los anuncios luminosos vecinos, pude ver que era un niño de unos 12 años. Cuando le pregunté qué quería, el niño respondió con un sonido gutural e inarticulado, se acercó hasta casi tocarme y “cuadrando” sus débiles hombros hizo patente su intención de no dejarme avanzar. Repetí mi pregunta y trataba de alejarlo un poco para verle la cara y tratar de entenderle. El niño sólo empujaba y continuaba tratando de impedir mi camino.

Entonces comprendí que su intención no era mendigar una ayuda. Pero lo vi tan pequeño y tan débil que me dije: “debe estar acompañado, no puede ser que él solito quiera asaltarme, su misión es detenerme mientras sus compañeros me alcanzan”. Y, lamentablemente, mi razonamiento era correcto: Al volver mi mirada vi cómo se acercaban corriendo en total silencio cuatro o cinco sombras más, estas nuevas sombras, no tan pequeñas.

Atemorizado, aparté al niño que tenía frente a mí y corrí hacia el semáforo, mientras gritaba pidiendo ayuda. Mis asaltantes me siguieron un trecho, pero la creciente luminosidad, producida por los expendios de alcohol que abundan en la zona, y la presencia de celadores, hicieron que tuvieran que abandonar su empeño.

Vale la pena señalar que la oscuridad de esa calle es más frecuente que mis caminatas, ya que desde hace más de 2 meses no se enciende ni una de las luminarias públicas, entre el semáforo del mencionado hotel y el primer semáforo al sur de la esquina de ENEL. Hace un mes, aproximadamente, una persona que manejaba una motocicleta se estrelló contra la cuneta y si yo no hubiera estado pasando por allí en ese momento, quién sabe cuánto tiempo habría pasado antes de que lo vieran y pudieran socorrerlo.

Luego de la triste experiencia con mis asaltantes, apresuré el retorno a mi casa, pero al acercarme a la siguiente esquina divisé, estacionada, una patrulla de la Policía. Decidí reportar el incidente y me dirigí a los policías: “Buenas noches”, dije. Para mi sorpresa, los policías me volvieron a ver y, como si yo no existiera, volvieron sus cabezas para concentrarse en las frases cortas y rápidas que salían de su aparato de radio-comunicación. Volví a decir “Buenas noches”, con el mismo resultado.

La situación estaba tomando un cariz surrealista. ¿Qué pasaba? ¿Por qué no me oían?. A los pocos segundos el asunto quedó claro: en medio de luces giratorias de vehículos oficiales y más policías, una pequeña caravana atravesó, en total silencio, la calle: Algún poderoso funcionario del gobierno. Por eso la Policía no me veía, porque yo no soy ningún poderoso funcionario de ningún gobierno, y así como los astros menores palidecen ante el astro rey, los ciudadanos comunes nos hacemos invisibles ante los gobernantes.

Una vez que las candilejas se alejaron, los policías recuperaron su capacidad de escuchar y responder. Me invitaron a que me subiera a la patrulla y los llevara al lugar del fracasado asalto. Aunque mi intención no era otra que advertir a las autoridades de la situación general, no me quedó más que montarme en el vehículo.

Me llevaron a la esquina del semáforo del hotel y allí, en las gradas y la acera de un banco, sobre la Carretera a Masaya, pude ver cerca de una decena de niños y adolescentes, tirados en el piso, con los vasos de pega en sus escuálidas manos y las miradas torvas, perdidas… Los policías me pidieron que identificara a mis asaltantes, a lo cual respondí que no me era posible, ya que no les había visto la cara por la oscuridad…

Acto seguido me dijeron que me bajara de la patrulla, que allí me iban a dejar (en medio de las personas que me percibían como el delator que les había llevado a la Policía). Intenté reclamar y decirles que me debían dejar donde me recogieron, a lo cual respondieron invitándome a verificar que la patrulla estaba casi sin combustible… Me bajé de la patrulla y apresuré el paso…

Un sistema social y político que permite que sus niños “vivan” en esas condiciones está podrido y listo para que lo entierren. Nuestros gobernantes (y nosotros) hemos llevado a Nicaragua a niveles del capitalismo salvaje del siglo XIX en Europa. Escenas como estas (y otras recientes) sólo las había leído en obras como “Nuestra Señora de París” o “Los Miserables”.

El neoliberalismo (rampante en Nicaragua, aunque el discurso oficial diga otra cosa), la burguesía (la de rancio abolengo y la de nuevo cuño), los políticos (instrumentos de los grupos económicos) y la crisis internacional del capitalismo nos están llevando a niveles de miseria insospechados. Y nosotros, los que vivimos aquí, ¿qué hacemos?. Bajamos la cabeza y empujamos, empujamos callados o emitiendo sonidos inarticulados para llevar el alimento a nuestras familias, no siempre con éxito, en un desesperado “sálvese quien pueda”.

La solución definitiva sólo puede ser estructural. Pero algo debe hacerse por esos niños hoy y no mañana. Señoras y Señores del Gobierno y de la empresa privada, ustedes tienen los recursos económicos. Abran los ojos. No apelo a su buena voluntad (en la que no creo), apelo a su propio interés (de poder y de riquezas), que con tanto afán cuidan: Hagan algo por mejorar la situación de los más pobres; disminuyan sus lujos, para asegurar su persistencia.

¡Trabajo digno, educación y salud, ya! De lo contrario, pronto, más pronto de lo que creen, la violencia nos envolverá y no habrá aviones suficientes para sacarlos a todos ustedes a tiempo, más de alguno no podrá huir. ¿Será Ud. o serán sus hijos?

Hermanos trabajadores (con y sin empleo) no podemos seguir creyendo en el “sálvese quien pueda”, ni en las promesas eternamente incumplidas de los políticos (“democráticos” o “revolucionarios”). La peor desviación es creer que podemos “mejorar” nuestra situación a la sombra de algún “Padrino” (o “Madrina”). Por nuestros hijos, por nuestro futuro ¡Organización Popular Ya!
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