• Sept. 26, 2009, 12:22 p.m.
Interponer una denuncia en la Quinta Estación de Policía de Managua es lo más desalentador posible. Encima de ser blanco de la delincuencia que cada vez aumenta sus acciones, uno es víctima de la indiferencia e ineptitud de quienes se suponen deben darte apoyo y brindarte seguridad en estos casos.

Una de las falacias clásicas para tratar de probar una tesis es generalizar a partir de poca evidencia o tomar en cuenta una ínfima muestra del universo existente. Pero en el caso de las estaciones policiales el ejemplo es ilustrativo y hasta me atrevería a generalizar que en todas las delegaciones sucede lo mismo.

Veamos. El 28 de agosto, a las 9:10 a.m., fui víctima de un robo con intimidación cerca del centro de estudios donde imparto clases por la mañana. Mientras caminaba a la orilla de la carretera escuchando música con mi celular, un carro se detuvo y de él se bajaron dos tipos, quienes me atajaron el paso; uno de ellos me colocó una pistola en el cuello, y un tercero se quedó dentro del automotor esperándolos. Me despojaron de lo que portaba y luego huyeron.        

Cuando llegué a mi trabajo, lo primero que hice fue tomar agua, cancelar mis tarjetas y llamar a la Policía. Pasaron unos 20 minutos en ese lapso. A las 11 en punto, 90 minutos luego de llamarla, por el portón principal del recinto entró una patrulla del Distrito Cinco. Dos agentes se bajaron y un tercero se quedó esperándolos a bordo.

Luego de simular que me tomaban declaración, me dijeron que debía interponer denuncia en la delegación, y hasta me ofrecieron llevarme. Pero antes de irnos uno de los oficiales no olvidó cantar la pista de siempre: “Necesitamos una ‘colaboración’ porque no tenemos para la gasolina”. “Hay que decir la verdad”, agregó, y remató: “Trabajamos con las uñas”. Se les dio lo que pidieron.

En la estación, la oficial que venía conmigo en la patrulla me condujo hacia la sala de espera donde, detrás de un enorme mostrador azul que dividía el local en dos, estaba la recepcionista, una joven embarazada vestida de civil. La policía le deslizó algo al oído y luego se fue, no sin antes decirme que esperara que me atendieran. Hasta ahí llegó el apoyo que me brindaron los agentes de la móvil. Para entonces eran las 11:37 en mi reloj.

En la sala había cinco personas, pero sólo dos esperando interponer denuncia, incluida una noruega rubia con cara de despistada que fue asaltada en la Rotonda “Jean Paul Genie” en un taxi. En ese momento una pareja de adultos entró llorando, le habían informado que su hijo había muerto atropellado por un bus, y se le dio preferencia para que denunciaran el hecho.

En tanto, entablé conversación con la noruega para tratar de apaciguar el calor de hierro que había a esa hora y tratar de aligerar los minutos que se perdían entre las paredes curtidas de la estación, los pasillos y la indolencia de los oficiales que a esa hora su único trabajo era pasear por el sitio haciendo más denso el bochorno con su respiración.

“Tengo casi una hora de estar aquí”, me confesó la rubia. Cuando acabó la frase entró vociferando una señora regordeta, reclamando atención; su argumento era irrebatible: le habían chapeado su camioneta, así que llamó al distrito, donde le dijeron que no tocara el vehículo para no viciar la escena del crimen y que llegaría un patrulla; ella obedeció, lo malo es que no le dijeron en cuánto tiempo llegarían, así que pasaron más de dos horas hasta que decidió venir por su cuenta. La callaron y le dijeron que esperara.

Mediodía. Todos a almorzar, menos los que estábamos esperando ser atendidos. A la una llegó un viejo que adujo haber llamado muchas veces y en días distintos denunciando a un joven vecino que lo agredía, y siempre le prometían que llegarían, y se cansó de esperar. Lo más triste es que dijo vivir a sólo cinco cuadras de la estación. Los gritos parece que ahuyentaron la tranquilidad de un oficial, que salió a calmar al viejo prometiéndole que llegarían. Llevaba el chip número 2147 prendido en su camisa y a saber si le cumplió al ofuscado anciano que pedía ayuda.

1:27 p.m. Llaman a la noruega para que denuncie su robo. Se levantó y se perdió en el calor viscoso del lugar. No la volví a ver más. 1:53 p.m. Me tocó el turno. Entré por una puerta a la izquierda del pasillo. En el sitio había tres cubículos como cabinas de teléfono, y en uno de ellos una oficial joven, blanca y pulcramente vestida, con su chip número 9432 reluciente. Estaba en un escritorio que sostenía una computadora; me pidió que me sentara y comenzó a preguntarme detalles del robo.

“¿Dónde fue?, ¿cuántos eran?”… Las mismas preguntas que contesté por la mañana. Lo hacía de una manera impersonal, ni siquiera me observaba, parecía un robot viendo sólo la pantalla. Únicamente se dignó a verme cuando le pregunté cuánto tiempo más estaría allí hasta que mi caso fuera asignado a un detective. Fue una mirada lenta de conmiseración que no necesitó ir acompañada de palabras y que me dejó más triste que la Dolorosa. ¡Y lo peor es que cuando salí de la sala habían pasado solamente 13 minutos!                       

Otra vez en la sala de espera. 2:27 p.m. La recepcionista llama por teléfono a un detective para que tome mi caso, pero éste se niega aduciendo que el robo fue por la mañana y yo hasta esta hora ponía la denuncia. En ese momento sentí que mordí una cuchara de metal y me dio una rabia negra. Al fin accedió después de contarle que estaba desde las 11 en la delegación, y pasé hacia el fondo de la delegación, donde me recibió. Me dijo su nombre: Byron Castro, y me interrogó con las mismas preguntas.

Fue amable, y mucho más cuando le dije que iba a escribir un artículo denunciando, esta vez, la burocracia policial. Me llevó donde el supervisor de turno, que para sorpresa era el que había prometido al anciano llegar a su casa por su denuncia. Se apellida Paguaga. Tomó nota de lo que le dije y luego me acompañó a la puerta. “Se le va a llamar cuando se sepa algo”, aseveró. Eso fue todo. Salí de esas instalaciones a las 3:30 de la tarde.

El episodio me recordó una entrevista que hice, casi diez años atrás, en la Mesa Redonda del Radionoticiero Sucesos, junto a José Esteban Quezada (Balín), mi antiguo mentor. Fue a la entonces directora de la Policía de Managua. Esa vez le inquiríamos, además de los temas de corrupción policial, sobre las quejas de la población por los malos tratos que recibían de los oficiales, incluso cuando se personaban a denunciar un delito. Ella tomó apuntes, contestó que investigaría y prometió terminar con esos abusos.

Hoy, casi diez años después se siguen cometiendo los mismos atropellos. Ah, y la llamada que me prometieron hace un mes la sigo esperando. ¿Puedo, entonces, generalizar que esto sucede en todas las estaciones policiales?... ¿Sirve de algo denunciar un delito?

leslinicaragua@hotmail.com
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