• Oct. 1, 2009, 1:34 p.m.
¡De tantas cosas podría escribir!  Los temas me persiguen: Albanisa, Afganistán, la bondad, la corrupción, la desfachatez, el empleo, la falsedad….pero “me duele una mujer en todo el cuerpo” como dijo Jorge Luis Borge en su poema El Amenazado, y no me duele porque yo haya optado como pareja sexual por ese sexo, ya que soy hasta ahora heterosexual redomada, sino porque siendo mujer me pertenecen los dolores e injusticias contra mi género, y cuando veo la ligereza con que foros y notables ciudadanos discuten sobre los cuerpos y funciones de nosotras, las féminas, me duele el cuerpo.

La discusión sobre el aborto es tan antigua como la historia misma. Aparece en La Biblia, aparece en los primeros libros de crónicas sobre el camino recorrido hasta ahora por la humanidad. Sucede tan a menudo que setenta mil mujeres –ocho por hora- mueren anualmente en el mundo como consecuencia de abortos fallidos. Por descuido o accidente, un acto de amor, de deseo o pasión, resulta en un embarazo inesperado; el cuerpo de la mujer comienza su proceso reproductivo, ajeno a la siquis o situación de la madre. Es un proceso biológico, una suma de coincidencias, de óvulos y espermatozoides chocando en ese universo inmenso e incierto que es el cuerpo humano. Una vez que la conciencia registra el acontecimiento, el ser humano, la mujer en este caso, ya en pleno uso de sus facultades racionales, se topa con este misterio de la vida y con las consecuencias inevitables: la aparición de otro ser humano que, al contrario de otros animales, no podrá alzarse a los pocos días y echar a andar, sino que necesitará del cuido y presencia de un adulto para poder llegar a la edad donde podrá sobrevivir y valerse por sí mismo.

Fácil recetar desde un púlpito la máxima de que es necesario asumir las consecuencias de nuestros actos. Es fácil porque rara vez  las consecuencias que les toca enfrentar a los hombres involucran la puesta en existencia de otro ser humano con todas sus complejidades y necesidades. Por lo general, es la mujer, pues sucede en su cuerpo, la que tiene que enfrentar esa realidad y la que debe decidir entre el instinto de dar vida, que le es propio, y el instinto de supervivencia, quizás el instinto más fuerte de la especie humana. 

La mujer, a diferencia del hombre, SABE que no es un asunto nada más de sobrellevar un embarazo, sino de criar hasta la edad adulta a un ser humano que será por muchos años, SU responsabilidad. Y si esta mujer no cuenta en su vida con los medios para enfrentar esta necesidad: si es pobre, sola, o se encuentra en la vida en un momento en que un hijo alterará su existencia hasta el punto de trastocarla para siempre, esa mujer RACIONALMENTE puede decidir anteponer SU VIDA a la de ese embrión que empieza a formarse en sus entrañas. La decisión de abortar NUNCA es fácil para ninguna mujer, esté o no en buen estado de salud.

Las hormonas que el cuerpo segrega se encargan de maternizarlo a uno, de vincularlo a ese ignoto y desconocido ser que nada en las entrañas. Por mucho que la razón alerte sobre el daño o perjuicio que un embarazo intempestivo pueda significar, la mujer, para darle paso a su razón, debe traspasar incontables barreras, no sólo físicas, sino síquicas. Ninguna decisión de abortar se realiza frívola e intempestivamente. Es una decisión a la que se llega tras angustias e incertidumbres, y en la que entra a jugar no sólo el instinto, sino el AMOR que el cuerpo femenino, ocupado súbitamente, desarrolla hacia el ocupante. Y ese AMOR, les guste o no a los proponentes de la vida a toda costa, es el que a menudo lleva a las mujeres a optar por el desalojo del feto. Abortar es, a menudo, una decisión hecha a favor de quien su madre juzga no se merece una vida en condiciones míseras o con una madre que no está preparado o feliz de recibirlo.

Enorme es la complejidad síquica que acompaña a estas decisiones en su mayoría y por esto, que se juzgue como desalmadas a quienes optan por su vida si estando enfermas o habiendo sido violadas, se ven forzadas a optar por el aborto, es una intromisión, un irrespeto de parte de quienes se erigen en jueces de situaciones que o jamás les ha tocado vivir o ante las cuales, como suele suceder con tantos hombres, su salida es la negación, la irresponsabilidad y el abandono del hijo que también concibieron.

Yo soy respetuosa del derecho de las mujeres a decidir. No juzgo, ni condeno a nadie que se haya hecho un aborto porque sé lo que significa y lo duro que es; pero si bien entiendo la complejidad y la ambigüedad que muchos sienten ante el aborto voluntario, y tampoco condeno a quienes no logran aceptarlo, no puedo comprender a quienes no logran encontrar en sus corazones las razones para validar y aceptar el aborto cuando se trata de una decisión entre la vida de la madre y la del embrión. A una mujer con cáncer, a una niña violada a corta edad, no puede exigírsele que renuncie a la vida, que prácticamente se suicide para que otro ser, que aún ni siquiera es consciente de ser, tome su lugar. El instinto de supervivencia no da lugar a la auto-inmolación que, en nombre de Dios y de principios que los hombres violan constantemente, se les exige a las mujeres. Cuando uno está viva, uno quiere seguir viviendo, tiene derecho a seguir viviendo, tiene derecho al menos a decidir –siendo la que tiene conciencia clara- quién vive. Si una mujer DECIDE morir por el hijo que ha concebido y que es aún tan sólo un proyecto de ser humano, ésa es su respetable decisión; pero ante la madre que, quizás con otros hijos ya nacidos que la reclaman, o con una vida por vivir, decide que es ella la que ha de vivir, ¿quiénes somos ninguno de nosotros para negarle ese derecho?

Sólo el atraso de una sociedad que se empeña en irrespetar  el alma femenina y negarle su autonomía puede, frente a la integridad de la mujer como ser humano pleno y consciente, incurrir en semejante iniquidad. Me duele que suceda en Nicaragua. Me duele en todo el cuerpo las mujeres así maltratadas, las que leyes inicuas obligan a morir en mi país.  
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