• Oct. 8, 2009, 10:20 a.m.
I
-Mama, ahí vuelvo, voy donde Felipe-, le dije a mi abuela Bernabela después de desayunar pan dulce con café de leche, como a eso de las ocho de la mañana de un día de diciembre de 1987.

Era una mañana de esas frescas de fin de año, en la que los vientos fuertes entristecen el ambiente y arrastran cosas por las calles vacías, y levantan grandes tolvaneras que no se por qué motivo se guardan con fidelidad en la memoria.

Estábamos en las puertas de la navidad, y todavía no se veían arreglos propios de la temporada; era una época en la que habían pocos adornos que colocar y salvo jugar en las calles o leer, no había mucho que hacer más que oír los juegos del Bóer en la radio o esperar a las doce del mediodía cuando Canal 6 iniciaba su señal.

Así que fui donde Felipe a ver qué podíamos hacer a esa hora. Seguro que iríamos a buscar al Pelón (José Luis, o Wicho), a la Chimol (Alexander Rodríguez), al Dengue (Genaro), a Fito (Julio Cuadra), a Chundanga (Ervin Morales) o a la Kiko (Martha Madrigal).

La casa de doña Monchita, que era una exquisita comidería por las noches, estaba cerrada y silenciosa. Ella era la mama de Felipe. Y al primero que vi acongojado, y me dio la noticia, fue el Pelón, que era el menor de la pandilla y quien sufría las peores bromas de nosotros los mayores (yo tenía 13 años entonces). Con su típico problema de tartamudez, me explicó llorando que Felipe se había ido la noche anterior a Estados Unidos.

Luego los demás compañeros me contaron la historia: “¿te acordás de Dago?” Si, el hermano de Felipe que murió el año pasado en el Servicio Militar. “¿Te acordás que hace seis meses celebramos el cumpleaños de Felipe?” Si, cumplió 15 (ó 16, ahora no lo recuerdo con precisión). “¿Te acordás que la semana pasada hubo una reunión en el CDS?” Si, y dicen que pidieron a todas las familias que apoyaran a la Revolución y pidieron también los datos de todos los chavalos del barrio y se habló de la necesidad de alistarse voluntariamente para ir a la guerra.

Pues doña Monchita prefirió mandar a Felipe escondido a Estados Unidos y salieron ayer en la noche y dicen que van por tierra a dejarlo a México.

II
Así, por esas causas, perdí a mi primer mejor amigo, en una migración por guerra. Junto a él se fueron otros entrañables vecinos y mi primer amor de adolescencia, Claudia María MM, a quien su mamá soltera se la llevó a Canadá junto a Chito, su hermanito de tan buen sentido común pese a sus ocho años.

Mis vecinos de cada lado de la casa también se fueron: don Manuel y su esposa doña Imelda migraron a Guatemala, junto a Manuelito y la Gaby. Ellos vivían a la derecha de mi casa. Mi otro vecino, el que vivía a la izquierda, se fue a Estados Unidos con toda la familia: don Fidel, doña Ivania, Fidelito, Danny, Yader y la Ivanita.

Más allá, a las tres o cuatro casas, don Nando envió a Danilo y a Marlon a Guatemala y doña Isabel Nicaragua envió a todos sus hijos a Estados Unidos. Todos vendieron parte de sus cosas, sus casas y sus bienes para irse huyendo de esa desgracia de país que nos sangraba a diario.

Poco después se fueron otros, y otros desaparecieron. Bismarck Vanegas, el mejor prospecto de béisbol que conocí, se fue antes de cumplir los 17 años. Guayo, mi amigo del otro barrio, se fue a los 14 junto a su hermana, su mamá y su hermanito.

Recalaron en Estados Unidos, pero se vinieron a Costa Rica en los años ochenta y son de los pocos que regresaron al país después del fin de la guerra en 1990.

Otros no tuvieron mucha suerte y no regresaron para emigrar, como Andrés, el hermano de 18 años de Genaro, nuestro amiguito, quien murió en Jinotega a los seis meses del servicio militar. Sus planes eran volver, irse a Estados Unidos y mandar a traer a su hermanito para que no fuera a la guerra.

III
Tengo un hermano que se llama igual que yo: José Adán Jarquín. Mi padre José Adán Silva Calderón, no tuvo tiempo de reconocerlo antes que lo mataran el 23 junio de 1979 en una ofensiva guerrillera allá por los barrios orientales.

Mi hermano-tocayo se fue a Costa Rica ya en otras circunstancias del país. Había concluido la guerra, el país destruido empezaba a volver a la paz, pero no había opciones de vida y con los primeros años de adolescencia, sin padre y sin madre, mi hermano se fue a Costa Rica. Allá vivió unos años, trabajó, estudió una carrera técnica y lo último que supe de él es que se fue a Panamá y allá se estableció. No sé si habrá regresado al país.  

Luego, en tiempos de paz, seguí conociendo amigos que siguieron yéndose. Mis dos mejores amigos de toda la secundaria, ya no están en el país. Jairo López, quien me acompañó incluso los primeros años en la UCA, finalmente se marchó junto con sus hermanos Juan Carlos y Jasser, y unos primos más, a Puerto Rico y luego a Estados Unidos, donde todavía viven.

¿Las causas? No había nada que el país pudiera ofrecerle para sus expectativas de crecimiento y los decepcionó terriblemente la mala suerte del país, con un huracán Micht terminando de destruir lo poco que se venía alzando, y un presidente Arnoldo Alemán con una banda de funcionarios capos robando a diestra y siniestra lo que había venido de ayuda para los damnificados.

Mi otro "broder", Augusto Lezama, sufrió un poco más las penas del país en espera de una mejor oportunidad de vida, pero sufrió solo porque su familia sí se marchó. A Panamá creo. Y él quedó a la deriva, metiendo papeles aquí, recorriendo empresas, endeudándose para pagar las clases de Administración de Empresas en el INCEG-UCA, rumbeando para darle de comer a sus pequeños niños y lamentando la suerte oscura de estar en un país sin rumbo y oportunidades.

Un día no pasó más por allá donde yo vivía en el barrio Liberia. A los años me llegó una carta donde me decía que se había ido mojado a Estados Unidos, donde su padre. No volvió y por lo que ha escrito en mis otros blogs, no piensa volver, a como no piensan volver ninguno de mis otros amigos y conocidos que se fueron.

IV
Del país han emigrado no sólo mis amigos sin suerte. También han huido, porque esa es la palabra exacta del fenómeno tristísimo de dejar todo atrás para arriesgarte a buscar en otro lado hostil lo que no logras aquí, periodistas talentosos y brillantes que conocí en la UCA y en el inicio del ejercicio.

Algunos de ellos abandonaron el periodismo y se acomodaron a sus nuevas realidades en el extranjero y hacen otra cosa que no es lo que estudiaron por vocación. Están en Estados Unidos, Canadá, España, Oslo, Holanda, Costa Rica, El Salvador, Panamá, Colombia, Chile y no recuerdo donde más.

Y conozco a otros que quieren emigrar y esa misma sensación de desesperanza me embarga cuando viniendo de afuera en una avión, veo aparecer primero en pequeño y luego y rápidamente en color sepia mientras el avión va bajando y acercándose al aeropuerto, los techos de los barrios de Carretera Norte, las calles pequeñas y estrechas, las aguas turbias del lago, los basureros humeantes de los potreros vecinos a la costa, los grandes predios vacíos y la saturación de carros y buses en las vías.

Luego, ya con el calor abofeteándote las mejillas, te enteras que los mismos niños siguen en los semáforos, las mismas mujeres jóvenes se siguen prostituyendo en Carretera a Masaya, mientras otras cargan a sus criaturas de pecho para inspirar lástima y obtener una limosna.

Y en los diarios ocurre lo mismo de siempre: delincuentes matan y asaltan, los buseros aplastaron otra vez a un cristiano, los liberales se siguen matando, el banquero gris sigue llorando por los votos que le robaron, el finquero ladrón sigue alegando inocencia y haciendo planes para pactar con el ex guerrillero cínico y el avaricioso que sigue maquinando cómo reelegirse eternamente en este pequeño país que parece condenado a soportar toda clase de lacra política por siempre.

Y allá arriba, en la portada, la triste noticia de mis recuerdos vuelve a ser visible: el Informe de Desarrollo Humano de las Naciones Unidas dice que de menos de seis millones de nicaragüenses que existimos en este universo, un poco más de un millón no están en su país por la pobreza, que desgraciadamente nos cubre como aquel vuelo de cuervos que manchaba el azul celeste de la patria de Rubén.
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