• Oct. 9, 2009, 8:37 p.m.
Una República Bananera no es acaso un país empobrecido por un caudillo al servicio de un poder extranjero que se cree eterno. Que se aprovecha de la ignorancia para manipular al pueblo mientras se enriquece junto a su cúpula. Que pacta con sus adversarios políticos tan corruptos como él y que exige además por la vía del miedo pleitesía junto con pomposos honores a sus supuestas glorias. Nicaragua está de regreso en el pasado superando la ficción peyorativa creada hace dos siglos por O. Henry.

Ahora que Andrés con su épica piedra volvió a matar al filibustero como garrobo y que los chavalos marcharon frente a la burocracia igual que todos nosotros marchamos tediosamente para construir esta terrible mentira de país. Ahora puede ser un buen momento para preguntarnos cómo, habiendo sido nuestra patria una esperanza para el mundo hace treinta años, logramos convertirla en la República Bananera más banana de todas.

Ser el segundo país más pobre del continente es retórico, qué importa si es Haití, Honduras o nosotros. La verdad es que estamos secuestrados por una minoría que continúa robando nuestros recursos naturales mientras la mayoría sobrevive en la pobreza sofocada por el peso de la corrupción política y la indolencia de los que seguimos como espectadores. Hacemos poco por sanear la política, es como el Xolotlán pero en un estado de descomposición mayor.

Wiston Churchill solía decir que la calidad moral de una nación civilizada puede medirse por la aplicación de su sistema de leyes criminales. La Corte Suprema de Justicia parece una repugnante verruga sobre la nariz de una poderosa bruja. Nicaragua es como un país de Lázaros, no porque los muertos resuciten sino porque los asesinados mueren dos veces, una cuando los matan y otra cuando liberan al asesino.

Es difícil seleccionar al magistrado más corrupto, pero por su grandilocuencia y solemnidad ficticia cuando exculpó a Alemán, es muy fácil identificar al más melífluo de todos: Sergio “sor ye-ye” Cuaresma. Mefistófeles luce como Gasparín a la par de este sujeto. Horrorizado examinó el expediente del asesino de María José Bravo para intentar exculparlo también, pero no se inmuta ante la libertad del esbirro que terminó con la vida de Carlos Guadamuz ¿Cuántas resacas necesita el asesino para recuperarse de su “estrés carcelario”?

Otro ejemplo remarcable de lo bajo que hemos dejado que caiga la patria fue la aparición del general que escribe mamotretos sobre los tormentos a los que fue sometido el pueblo nicaragüense, pero nunca escribe una sola palabra de cómo se convirtió en millonario mientras retrocedía la economía nacional al paleolítico. Dio consejos para la libertad. Algunos hasta se alegraron ¡Oh que acertadas observaciones! dijeron, como si Nerón pudiera asesorar al Benemérito Cuerpo de Bomberos.

Los mejores murieron antes de 1979, cuando pensábamos que Somoza sería el último tirano de Nicaragua. Luis Fonseca me dijo esta teoría cuando le pregunté sobre el hecho hace mucho años allá en la profundidad montañosa de Río Blanco. Cerca de lugares sagrados como Pancasán o Zinica. Antes de que San José de las Mulas se volviera sagrado también y otras comarcas vecinas recibieran en su suelo la preciosa sangre de la juventud nicaragüense. Amaban tanto a Nicaragua - me dijo mi amigo - que se arriesgaron más que nadie, como Sandino.

La mayoría de los que ahora navegamos encima de los cuarenta sabemos muy bien como enfrentar un gobierno autoritario, pero ¿amamos tanto a Nicaragua? Algunos descaradamente hasta le exigen a nuestra juventud actual lo que nosotros no pudimos hacer: construir un país para todos. El ejército sigue ocultando las cifras del sacrificio de nuestra juventud en aquella guerra que terminó en la misma mesa donde se pudo haber evitado. Firmaron la paz sólo cuando vieron que iban a perder sus privilegios individuales. Nadie tomó responsabilidad de aquel matadero espantoso que no podrán borrar ni con mil sentencias De la Haya.

Un día de estos vamos a amanecer sin Asososca, la van a vender y nadie va a hacerse responsable. La justicia castiga solamente a los robacelulares porque ya ni gallinas quedan. Suena como un mal chiste después del fraude, pero la próxima vez al menos elijamos a alguien fuera del canasto podrido y cuidemos nuestro voto como hombres (libres). Tampoco escojamos presidente como escogemos a Miss Nicaragua. Las muchachas son lindas pero está probado que no ganan el certamen. Tres décadas han demostrado que los políticos actuales son inferiores a la tarea de dirigir el país.

Lo ominoso es que muchos “líderes” de origen sandinista, que hoy se enriquecen por el simple arte de robar nuestras riquezas naturales, lo cual no tiene ningún mérito porque es como acertar en el blanco pero sin tomar distancia del mismo, tuvieron la fortuna de estrechar la mano de Carlos Fonseca, de ver su inmensa calidad humana a través de sus grandes ojos azules que siendo miopes miraban más que cualquiera.
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