• Oct. 17, 2009, 5:44 p.m.
Les hablo de una mujer. Acabo de entrar a verla. Me han dicho que me acerque solo, que ponga un pie sobre un lado de la cama. Y que me alce a mirar su rostro. Está dormida, con el color que no tienen los de este lado de la muerte. Creo que tengo seis años. Bueno, estoy seguro, porque se encargan de recordármelo a cada cachete en la mejilla, cada vez que me guiñan de las orejas porque son muy grandes, cada vez que escucho “qué crecido está el chavalito, y qué edad tiene”; y de inmediato, mi padre responde con un “seis” lleno de orgullo.

Sé por mi espalda (me avisa con un cosquilleo) que desde la puerta , semiocultos, ellos me observan. Quieren ver cómo un niño de seis años reaccionará ante su abuela muerta. Me dejan solo, y como no sé que se hace ante una mujer dormida de un sueño extraño, me aparto de mi abuela Magadalena, que así se llamaba. En nuestras tierras, hay esa manía de dar el último vistazo a los cadáveres de nuestros amigos, familiares, etcétera, como una prueba más de que sea cierto, como una forma diferente de decir hasta luego sin que te correspondan. Pero un niño de seis años es un extraterrestre cuando se enfrenta a la muerte. No tiene nada que ver con ella. Un niño de seis años es inmortal.

Ahora sigo allí, casi no siento nada. Sólo me llega el ruido de la nariz de mi padre en su pañuelo, llorando por su mamá. Y yo no me imagino lo que significa eso, quiero decir, el hecho de que la mía se me muera, porque eso es imposible. Así las cosas, procedo a actuar de la manera en que creo que ellos esperan de mí: me arrodillo ante una imagen, no sé si un crucifijo o una virgen, que divide las dos camas (en ese tiempo se estilaba que los matrimonios durmieran en camas separadas). Mi abuelo aún vivirá algunos años más.

Me entrego con la mejor actitud al acto piadoso, y oigo los susurros de mis tíos, mi padre que se llaman mutuamente a mis espaldas para contemplarme rezando. Rezo para ellos. Y es curioso. Después con el tiempo, el recuerdo de aquella escena es diferente, y ya no sé cuál es verdad. De pronto, recuerdo todo igualito como he contado, pero sin la presencia del cuerpo de mi abuela Magdalena. Luego, la memoria se me vuelve en contra y me da pena por la falta de sinceridad con la que complací a los adultos con un gesto conmovedor. Un niño tan chiquito y tan buen actor; “y qué edad tiene”.

Pero no tenía otra opción. Me presentaron a dos desconocidas. Mi abuela dormida con un color extraño, y la Muerte. De mi abuela sólo me contaban lo religiosa que era, lo buena y paciente mujer, una imagen tan limitada que sigue sin permitirme que la conozca. Luego, cuando al cumplir los treinta (y no hace tanto, que conste) leí la novela de Arundhati Roy, El Dios de las Pequeñas Cosas, en la que al inicio se dice: “cuando al cumplir los treinta, la muerte se volvió algo posible” me vi de nuevo ante esa desconocida.

Mi familia de sangre (que linda expresión) estaba repleta de ancianos, pura historia y puras fallas de memoria, así que se me fueron muriendo todos desde muy chiquito. Me tocó acostumbrarme a las despedidas, unas con más sentimiento que otras, y también a las incógnitas, a las cosas que me dejaron sin contar (gracias a esas lagunas, mi imaginación se divierte inventándolos a todos, ahora pongo un muerto sobre la cama, y ahora lo quito). Pero agradezco tener esa larga serie de secretos, silencios, olvidos, historias no contadas del todo. Uno también tiene derecho a pensar que sus antepasados fueron todos buenos tipos.

Ahora he entrado al cuarto con las fotos de dos amigos que se me fueron este año. Eran como de mi familia. Sonríen como si acabáramos de vernos. Para explicarlo de alguna manera, diré que se murieron de muerte injusta. Y no estoy dispuesto a aceptar que ya no estén conmigo. Porque a día de hoy, todos ellos, mis amigos de final temprano y mi familia, me siguen acompañando, y hasta sus voces, en ocasiones, me suenan en el oído si los convoco. Quizá, que se me fueran tan pronto, me acostumbró a familiarizarme (nunca mejor dicho) con los fantasmas. Vienen con su risa si me siento solo. Y gracias a ellos, ¿saben qué?, a día de hoy, la muerte me sigue pareciendo la misma que a los seis años: una gran desconocida. Cuando la vuelvo a encontrar, me veo, por capricho, como a los seis años, oyendo el rumor de mis “viejos” detrás de la puerta.

Me han pedido que me acerque solo a la muerte. Pero como les oigo del otro lado, esperando a que me levante y vuelva con ellos, le pierdo el respeto. Y creo, igual que entonces, que es mentira, o sencillamente que no existe. Y eso que acabo de entrar a verla.

franciscosancho@hotmail.com
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