• Oct. 20, 2009, 7:47 p.m.
Como dice el dicho: “No es lo mismo verla venir que platicar con ella”. Era obvio que la cúpula del Orteguismo estaba calculando las opciones a las que podrían recurrir para lograr superar los obstáculos que inhibían la reelección de Daniel Ortega. La manera en que se sacaron la solución de la manga, sin embargo, fue tan fulminante y tan absolutamente indiferente al precedente que sienta, que uno no puede menos que recordar esa entrevista de Tomás Borge, donde dijo que a ellos no les importaba pagar cualquier precio con tal de mantenerse en el poder. Claro que el problema de fondo no es el precio que pagan ellos, sino el que nos toca pagar a todos los nicaragüenses.

La acción perpetrada por los magistrados danielistas el lunes 19, a las 5 de la tarde, es a mi juicio, la culminación del proceso de desmantelamiento del Estado y sus poderes. Se ha cercenado de un plumazo el papel moderador y mediador de las instituciones esenciales para el ejercicio de la democracia. Para todo propósito práctico, el estado ha quedado reducido a un instrumento del Presidente, que es quien ordena y manda en todas sus instancias. Que algo tan fundamental como la restitución de la reelección presidencial se pueda lograr con una orden de Ortega a los magistrados, significa que éste bien puede decir, como Luis XIV: “El estado soy yo”. Aunque vale decir que Daniel se le fue arriba a Luis XIV porque este nuevo monarca criollo nuestro, no sólo piensa que es el estado; también considera que es el pueblo y es de allí de donde saca la justificación que le permite pensar que todo cuanto hace es justo y necesario.

Precisamente allí radica el daño y el precedente nefasto que nos está legando en su afán por imponer su visión de país. Y es que un sistema que depende absolutamente del arbitrio de un gobernante y que carece de los mecanismos para contrarrestar los errores o desviaciones en que suele caer quien ostenta un poder sin límites, deja de lado los derechos de todos los ciudadanos y los convierte en resignado y obediente rebaño. Habrá ovejas dóciles y ovejas negras; unas comerán pasto y gozarán de sombra y las otras quedarán agrupadas en el corral de “los malos”; pero al final, obedientes o rebeldes, todos serán reducidos al papel de rebaño. 

Así estamos entonces. Cuélguese cada quién su campanita y salude el advenimiento del total absolutismo. Lloremos como cobardes, lo que no hemos sabido defender como valientes.
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