• Oct. 21, 2009, 3:49 p.m.
Ayer soñé en un pasillo de espera a un grupo de madres que cargaba en brazos a sus hijos. Varios hombres y mujeres cojeando, bajaban y subían escaleras una y otra vez. Una mujer con un cable levantaba una barra de hierro y la dejaba caer repetitivamente en su cabeza, clac… clac… clac!

Recostada a la pared de un pasillo, una niña posa como adulta mientras cuenta ensimismada los dedos de sus pies. Una joven delgada… parece enferma, se pasea con su cartera que mueve como péndulo. Una señora con gabacha pasa a mi lado: “Ah, y sos zurdo!”, me dice, mientras se aleja con una injustificada carcajada en la que deja al descubierto el platino de sus dientes. Tengo miedo.

Se arrima un hombre con un manojo de llaves mientras un coro de voces masculinas gritan sentencias inconexas. Una adolescente en la banca hace sonar pequeñas explosiones con un chicle en su boca. En una esquina, un altar con un Divino Niño se deja rodear con luces de colores.

Frente a mí, un anciano cubre con su mano uno de sus ojos, y con la otra, sobre su muslo sostiene ese ojo. Al final del pasillo, otro hombre levanta a su hijo en el aire y le regaña con una voz de niño. Aquí nadie más habla. Los abanicos soplan, la adolescente explota su chicle, el coro sigue sus sentencias y la mujer con la barra continua…clac!

De una habitación en sillas de ruedas, varios jóvenes mutilados de un brazo y una pierna salen empujados por sombras que visten con zapatos grandes, grandísimos… Ya todas saben nuestros nombres, nos señalan y también se carcajean. Presiento que algo está en mi contra, cuánto tomará… “¡Yo no como huesos de tortura!”, grita el último de los jóvenes que pasa frente a mí e implosiona viscosamente en el anciano. Ahora hace frío.

El mismo hombre con el manojo de llaves, se acerca. Un violín (María Santísima de Araceli). “Llévenselos”. Nadie objeta, todos marchamos embrujados y dirigidos por las voces que emiten las sentencias. El patio está al fondo del pasillo, las sombras nos extienden las palas. Seguimos cuesta abajo. Afuera hace más frío… Chazzz… Chazzz… Chazz! Las palas siguen escavando al frío, alguien tose, es la niña adulta ¿Quién cayó? Aún nadie lo sabe. Estamos acá, decapitados, el frío aún traga y ya todos pusilánimes en fosa.

El hombre de las llaves se acerca, ya nadie lo observa: “Esta sentencia está gravada en piedra, es inapelable”, y tras su voz, su fuerza, su flamante bramido de condena, un bramido que rebota en el cielo de ese octubre grisáceo. Y yo aún con miedo.

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