• Oct. 21, 2009, 5:54 p.m.
He visto muchas películas y caricaturas de gente perdida en los desiertos, que en la agonía de la insolación ven detrás de las grandes dunas de arena al oasis verde con las altas palmeras que alientan a correr y zambullirse en la cristalina fuente de agua que espera plácidamente al moribundo.

Lo mejor que leí al respecto fue en 2003 en México. Estaba en Monterrey como uno de los cinco finalistas de un concurso de periodismo que promueve Gabriel García Márquez y su fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano, y participaba ahí Marcela Turati, una dulce y profunda mexicana de desbordante pasión social.

Su historia se llamaba “Muerte en el desierto”. Contaba el drama de 14 de 26 mexicanos migrantes que quisieron ingresar a Estados Unidos por el desierto de Arizona para ganar dinero en Chicago o Florida, pero en el viaje truncaron sus vidas ante la falta de agua y alimentos. Y murieron horriblemente viendo alucinaciones. Espejismo se le llama al fenómeno cuando ocurre en el desierto.

En el reportaje de Marcela, un teniente de las patrullas del condado de Yuma le manifestó que no le parecían extrañas las versiones y visiones que contaron a las autoridades los sobrevivientes cuando fueron rescatados, sobre los extraños comportamientos de sus compañeros de infortunio al momento de expirar en la arena. “Uno empieza a alucinar, no piensa bien, el cuerpo reacciona así por falta de agua. El cuerpo empieza a chupar agua de otros órganos no esenciales, como los ojos”.  Y continuó: “Es normal y es por eso que la gente perdida en el desierto se tira al piso y se echa tierra en la cabeza. Lo hacen pensando que es agua, pero están alucinando, viendo cosas que no están”.

Los cuentos de los oasis en el desierto, como una ilusión óptica que ofrece la vida a quien la está perdiendo por falta de agua, son célebres. No obstante, los oasis sólo existen en los desiertos. Son parajes extraviados en los cuales hay agua y vegetación, producto de profundas cañerías naturales que por siglos han evacuado aguas de ríos subterráneos y han fertilizado pequeñas porciones de tierras firmes en los arenales. Lo que no existen son oasis en las ciudades, por mucho que en pleno siglo XXI todavía haya muchos que sin ser viajantes o beduinos perdidos en los mares de arena, insistan en ver los parajes de la salvación detrás de cualquier oferta comercial que les pase por los ojos.

No es la primera vez que miles ven ese espejismo y se lanzan desesperados hacia las imaginarias aguas que salvarán sus vidas. Ya antes varios miles dejaron sus ahorros en manos de una inescrupulosa organización mafiosa llamada Agave Azul, que funcionaba con estructura piramidal: empezaban a ofrecer grandes intereses con la compra ficticia de botellas de tequila que nadie bebía porque no existían y luego con las primeras ganancias, iban sumando clientes a los que se les pagaba con el dinero de los que entraron primero. Era la oferta del dinero fácil que acabó cuando los dueños alzaron vuelo sin regresar el dinero y sin entregar una gota del líquido azul.

Luego apareció un grupo vendiendo acciones de una futura aerolínea internacional. A 200 dólares cada acción. Al cabo de un año las ganancias superarían los 5.000 dólares para los primeros accionistas. Así que quien quisiera ganar dinero fácil, a apurarse para ser de los primeros. A estos los quebró la policía antes que alzaran vuelo con sus aviones imaginarios y lo increíble del caso es que ya había varias decenas de “socios” que compraron sus “acciones” aun cuando nadie conocía a los generosos inversionistas.

Previo a ello, a los email llegaron muchas tristes historias de príncipes africanos que pedían las cuentas bancarias personales de almas bondadosas para depositar ahí las enormes fortunas y tesoros que ellos, desterrados por malvados tiranos, no podían sacar de sus reinos. No dudo que más de algún incauto vio en esa ridícula oferta de riqueza al oasis que lo sacaría del desierto económico en que nos encontramos millones por este lado del trópico.

Pero bueno, esta vez no fue necesario hacerse pasar por príncipe africano o aviador para ofrecer un oasis de paz y tranquilidad. Bastó la idea de ofrecer lo fácil, al alcance de la mano y barato. Los de Marca Móvil estafaron a miles en Nicaragua ofreciendo un carro de último modelo y motos utilísimas, entregadas con una única cuota ridícula, y terminadas de pagar con el gratuito sistema de cargar publicidad en los vehículos por dos años. Es decir, los carros se pagaban exigiendo casi nada al cliente.

Y surgieron los ilusos. Los que vieron en esa fácil oferta, en ese oasis, la posibilidad de hacerse de un bien que la pobreza no les permite alcanzar por la vía de la compra directa, porque si el dinero no da ni para comer, menos que alcance para lujos. No hubo raciocinio ni sentido común para fijarse en los sinsentidos de la oferta. ¿Cómo iban a recibir un carro de casi 10 mil dólares entregando dos mil dólares sin mayores requisitos? ¿Quién regala carros así por así? ¿Por qué si entregabas ya el dinero, debías esperar 180 días para que te entregaran el carro?

Hay miles de preguntas que debieron hacerse. Debieron recordar las frases de los abuelos que siempre dijeron que no hay nada gratis en esta vida, y que para alcanzar algo, hay que esforzarse. “No hay almuerzo gratis”. “El que quiere celeste, que le cueste”. “El que quiere comer pescado, que se moje el culo”. “Si algo parece demasiado bueno para ser verdad, es porque es demasiado bueno para ser verdad”.

El mundo está lleno de citas, frases y ejemplos sobre ese tema. Y sobran las experiencias sobre espejismos que nos nublan la vista para luego devolvernos la visión cuando ya estamos perdidos. Los oasis en las ciudades, no existen.
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