• Ene. 16, 2008, 3:14 p.m.

El viernes es el día de mi vicio. Por lo general ese día lo consagro a las salidas de parrandas, a las jornadas de trasnoches y a las citas de claustros humosos, diálogos inútiles a gritos y meditaciones etílicas en medio de discusiones estériles. Al mero hecho de hablar mierdas al calor de los tragos.

Total, aquel viernes dicembrino decidimos trasladar la rutina a un Night Club, lugar ya poco frecuentado por la cofradía de ebrios, no por hipocresía, sino por desilusión, ya que tras cada pieza musical al ritmo de la cual ellas van dejando la ropa sobre la tarima, van mostrando, cada vez más común, los cuerpos flácidos y desnudos que otrora se suponían lozanos y sugerentes. ¡Barbaridad! La carne joven está entrando en crisis ante la obesidad.

Ahí sentados, iniciando el dañino ritual de despojar a las botellas de sus jugos, con hielo y limón por favor, para luego comenzar a hablar tonteras de borrachos, comenzaron ellas a bailar y a llamar la atención de la sala llena de hombres.

Una a una, con nombres exóticos y sonoros, subían a la pasarela a despojarse ropas y pudores: Ahora, la exquisita Flor de Liz, después, la incomparable Alma de Fátima, y sigue, la sensual belleza Rubia, Marylin…

Bailes mecánicos, sin la pasión anunciada por el DJ, sin la gracia de las bailarinas de las películas de table-dance que uno ilusamente espera después de recibir la avalancha de publicidad sobre el sitio, ambiente oscuro y pocas luces de colores, viéndolo bien, el lugar es feo y las mujeres no ríen, salvo aquellas dos morenas que ya están ebrias y hacen obscenidades sobre los dos gordos de la primera mesa frente a la tarima.

Las que no bailan, ya sea por que esperan su turno o porque ya bailaron y esperan el turno de cazar a alguien, están sentadas en las mesas desocupadas. Visten baby-dolls pequeñísimos, transparentes, sugerentes e irradian perfumes hasta en el aliento, como el de la chica morena que se acerca tímida a pedir un cigarro, a regalar una caricia en la entrepierna del afortunado compañero de mi mesa a quien le pide, ya sin mucha timidez, una cerveza Corona de 55 córdobas.

No hay cerveza y se va a sentar al fondo fingiéndose ofendida. Yéndose ella, una mesa después está la mujer de nuestra noche, quien se acercó horas después, igual de tímida, a pedir la cerveza que a la otra le negaron pero que a ella, afortunada porque llegó después de la tercer media de ron, se la dimos.

La muchacha se llama “Marbely”. Sus aires indígenas son bien marcados, pelo lacio y ojos achinados, nariz chata, pómulos salientes y labios finos, piel color caoba.

La Malinche le dicen sus amigas en tono de burla, de rechazo y desdén. Viste como todas: el baby-doll blanco transparente, zapatos de plataforma y es de poco hablar, muy tímida y casi hosca, aunque despierta cierta ternura de mujer fuera de lugar, con esos aires de pobreza que transpiran dolor, su cara que denuncia apatía y sus necesidad de dinero y de amor.

Tiene las manos ásperas, señal de que vivió mala niñez o acaso serán los efectos del ADN de padres laboriosos en los oficios de sobreviviencia, decimos ya borrachos, como el Borracho Sin Fronteras ese que siempre llega bolo, pero lúcido, a las discusiones de los Blogs de EL NUEVO DIARIO.

Seguro se les pusieron así palmando tortillas, cortando leña, vendiendo cosas horneadas en las calles, haciendo cosas con las manos. Discutimos sobre ello ante ella. Sus piernas, que se abren por 300 córdobas, son fuertes y sólidas, la espalda ancha como para soportar felicidades y dolores a granel.

Antes que notáramos sus características en la mesa y que alguien mostrara su ebriedad al botar su vaso recién servido (¡Qué sacrilegio! Era un doble de Gran Reserva), ella se veía triste en la mesa solita; nadie la buscaba, los clientes iban por la rubia de pelo amarillo teñido, por la juguetona muchacha de Ciudad Sandino que es sensual con sus modos sencillos, por la mujer tatuada y ebria que se encaja a horcajas sobre cuanto hombre halle o sobre las otras que huelen a perfumes de flores.

Estaba sola en la mesa cuando le tocó el turno a La Malinche. Ya a esa hora nadie la ve, todos beben y se dejan tocar y tocan a las mujeres que deambulan en el traje de baby doll. Es justo cuando llama la atención ver a aquella mujer imponente en la pasarela, y cuando yo, no sé bajo qué nivel de ebriedad, recuerdo aquel poema de Darío: “es algo formidable que vio la vieja raza…”.

Y comienza la locura. No suenan por los aires los tonos afeminados de Michael Jackson, o los rock y baladas dulces de los Ricki Martín de moda, sino la melodía dolorosa de la Katia Cardenal, Guerrero del Amor, canción que duele aun para los que no conocieron el significado de ver a un joven de 17 años metido en un infierno de montaña, matando y muriendo en una revolución que dejaré sin discutir en esta ocasión…

“Te canto una canción con el coraje”, y ella da dos pasos sobre la pista de colores, como felina sobre la presa y cae la primera pieza de ropa al piso. “Hombre niño parido pues en plena selva para llegar al fin”, y ella tira a un lado el sostén, dejando sobre los hombros el pelo suelto oloroso a humo de cigarro.

Ella baila, nosotros entonamos ebrios la canción de amor en tiempos de guerra, y veo al muchacho metido en el lodo, avanzando silencioso y vigilante, vestido de verde, la mochila sobre la espalda arqueada, el fusil chineado, el sombrerito de cachorro, las cananas cruzadas sobre el pecho, el sambrón donde van las demás cosas, la bayoneta, y ella que baila sobre el table, el humo en el ambiente.

Nosotros cantamos: “Te cambio este amar la vida y sus promesas, por el frío de tus pies entre los suampos, fragua donde se te queman el miedo y la nostalgia”.

La imagen, el ambiente, es subreal. Una indígena que baila triste sobre el table, con una canción que recuerda heridas de guerra, y ella en su guerra de buscar la plata, la vida.

Los coros desafinados asidos al vaso de ron con soda: “Autor anónimo, de la alborada venado silencioso en la montaña, guerrero del amor, hijo de este tiempo, remolino, hombre niño parido pues en plena selva para llegar al fin, a la victoria, para llegar al fin”.

Nadie que aplauda, que ofrezca la cerveza Corona de 55 córdobas, y al fin, cuando la Katia Cardenal le ofrece cambiar la carnosa flor de la esperanza a cambio de esos 20 años duplicados a causa de esta guerra necesaria, para de inmediato entrar en el doloroso estribillo, cae la prenda que cubre el machete con que ella busca la vida.

Queda desnuda moviendo el vientre oscuro, tirada en el piso simulando un orgasmo, nosotros cantamos, nadie aplaude, ella recoge su ropa en silencio, se cubre los senos y se va al camerino, dejando el escenario inundado de dolor de guerra, de perfume barato y humo de cigarro.

Se ha ganado mi corazón y cinco cervezas Corona que mañana, con la gran goma, me dolerán tanto como el perro dolor de cabeza que me martilla la vida. Qué maldito mundo este.

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