• Oct. 23, 2009, 10:28 a.m.
El otro día recibí en Facebook una invitación a pertenecer a un grupo en el que estaba intentándose promover un pequeño negocio familiar de piñatas. Me pareció particular, inteligente y astuta la instrumentalización que hizo la chica de su cuenta, por lo que decidí aceptarla.

Quizás fue mala idea. Desde entonces no dejó de bombardearme con invitaciones, gangas, descuentos, promociones, cupones  y otros conjuros de ventas que de pronto empecé a sentir una profunda empatía por esas criaturas y pensar: Qué habrá pasado en la Historia Universal de las Piñatas para que cargue tan visceral condena como ofrenda de expiación en inocentes festejos de sadismo; por qué todas deben morir por la mano criminal y ante los ojos de niños que ríen con tímida inocencia. 

Parece ser que la vida es irracional con las piñatas o nosotros somos irracionales ante la vida. Venimos siendo la suma de efectos de violencia como vencedores o vencidos, aunque siempre con la obligación moral de heredar a nuestros hijos un comportamiento vital de barbarie; ya sea para  agresión o defensa, ellos siempre deben aprender, y un garrote en mano como primera herramienta de muerte, es siempre la lección inicial.

Los niños no piensan así --argumentará algún sicólogo oportunista-- sólo disfrutan el hecho de vapulear a sus héroes favoritos para obtener caramelos y regalitos. Luego pasan los años y aquel inocente ensayo de ética de crueldad con “yo, yo, ahora yo”, para vapulear a la piñata, adquiere su despiadada significación. La piñata luego cae al suelo y detona otras destrezas rapaces por obtener el botín de caramelos, destrezas que al paso del tiempo se trasformarán en riña por gerencias bancarias, ministeriales, lucha de clases, cultura de reparto, confiscación, estafa y estelionato.

Desde el catolicismo el significado de las piñatas quiere ser menos irracional pero no por eso menos violento; según la tradición, la piñata refiere a la lucha del bien contra el mal. En aquellos tiempos, cuando el universo de las piñatas no era aún un mundo de seres, sino sólo una esfera con siete picos, ésta representaba a los siete pecados capitales, el palo al evangelio y los ojos vendados a la fe ciega del creyente (¿Alguna vez alguien fingió para vengarse de otro?).

Yo sigo traumado. Por qué las piñatas deben ser ensayos de violencia y favorecer en última instancia la gestación de parámetros de deslealtad, codicia y robo. Sólo es legible si se parte --como diría Camus-- del principio que al ser todos culpables, nadie lo es, porque desaparecen los inocentes al desaparecer sus contrarios… Pobres piñatas, ¿por qué todos olvidamos que Magdalena también pudo haber sido una de ellas?

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