• Nov. 6, 2009, 9:46 a.m.
Allí estaba ella, Isabel López, sentada bajo la sombra incipiente de una enredadera en el pequeño patio de su casa, ubicada en una comarca tan diminuta como su nombre: Pacayita, en Catarina. “Es de granadilla, pero creo que ya no va a dar nada esta vez”, afirma con su voz tristona y con conocimiento de causa, mientras mira las nubes vacías que se alejan rápido hacia Niquinohomo.

La última vez que la había visto, una noche de octubre del año pasado, cargaba sobre su cabeza un canasto grande y viejo, en cuyo interior llevaba las begonias que aprendió a sembrar con la luna y que vendía en Managua para sobrevivir con sus hijos, quienes la esperaban cada noche para cenar. Esa vez me confesó que no llevaba mucho en su delantal, a pesar de haber caminado tanto, que vivía en Catarina y que, aunque no lo pareciera, era joven, pues sus 41 años probablemente pesaban más en ella por la pobreza que la acompañaba desde niña.

Para esa fecha se comenzaban a sentir los estragos de la crisis económica que hoy desbarata economías, y le prometí que cuando fuera a Catarina, a ver a mis familiares, la visitaría. Pasó un año para eso. Ahora, allí, sentada en un taburete se soba sus “canillas” de venas gruesas por la insuficiencia circulatoria que se ha ganado de tanto andar diario por las calles ganándose la vida. Sus talones parecen maíz reventado y sus ojos están más aguados que la última vez. Pero no pierde la esperanza. “Dios aprieta, pero no ahorca”, asevera estrujando el aire con sus manos a la vez que pasea su mirada sobre su pequeño vivero, donde los colores de las flores relampaguean vivas aún, con todo y el sol crudo de este verano largo que probablemente se extienda hasta el año que viene.

¿Begonias?, le pregunto. “Coludos, begonias, flor del paraíso, violetas, búcaros…” –enumera, y agrega: “La falta de lluvia no las deja crecer, sólo la veranera está bonita”. La mirada se le pone triste de nuevo. Una visión de tiempos duros parece hacerle sombra a su futuro magro ya de por sí. Es domingo, sus hijos se están alistando para ir a misa, ella no es que no quiera, es que no puede con sus pies cansados, y guarda las fuerzas para salir a vender... sabe que Dios la va a perdonar porque no es pecado garantizar la vida que él le dio; además, le reza todas las noches y le pide lo mismo: “Que llueva, Diosito, que llueva”.

Me mira con calor y adivina mi necesidad. “¿Quiere agua?”, me pregunta. “Hace mucha falta este año, pero siempre hay para calmar la sed”, dice con su juego de palabras. Le digo que sí, y se levanta despacio marcando tiempo con sus pisadas. “Entre”, me invita. Su casa es de madera vieja con techo de lata. La sala también funciona como dormitorio y cocina, donde hay una tinaja grande y marrón por los años… mete un vaso y lo llena. “Beba, siempre está fresca”, comenta pasándome el vaso.

Dan las doce y afuera el sol cae perpendicular y es chile en la piel. Los campos están verdes, pero es un verde pálido de vida que va pasando. “Las plantas no están creciendo bien y se venden poco, así que lo que hago es sembrar y podar en las casas… me llevo a mi hijo también… ah, y hasta crío conejos”, explica Justo Pastor, un vecino de Isabel, que como ella también tiene nombre de santo. Es joven, fibroso y con ese cabello puntudo y negro que caracteriza a los masaya.

¿Es la canícula?, interrogo. “No, ya pasó”, dicen los dos convencidos. “Nos está lloviendo a nosotros: primero la crisis, y ahora la sequía… El Niño”, confiesan con un pesar casi sólido que se siente en las palabras que dicen y en su tono. Así está pasando 2009 para estas personas que viven de los productos de sus siembras en una tierra que se está secando, y que sienten la sequía tanto como la hoy famosa crisis económica, ese nombre que está generalizándose cada vez más y es la excusa de todas las decisiones que toman los gobiernos.

Justo tiene sus herramientas y con ellas sale todos los días a dar cuido a las plantas en las casas de los repartos y residenciales del sur de Managua, donde le pagan poco, pero le pagan al fin. Su hijo lleva grama y cipreses para sembrar. Cursa tercer año de secundaria en el colegio del pueblo y quiere estudiar diplomacia, pues confiesa que los diplomáticos ganan y viven bien. Lo ha visto en las casas por donde pasa con su papá. Nada cuesta soñar en este mundo de extrema realidad.

Isabel López no tiene esas herramientas, pero tiene sus manos para sembrar, sus conocimientos del campo para saber cuándo hacerlo y su voz poderosa pero tranquila con la que ofrece sus rosas y flores. Sus padres, campesinos puros que nacieron y murieron en la comarca, le enseñaron que cada luna es distinta y según como se vea, debe sembrar tal o cual planta. Le revelaron que cuando las nubes vienen de abajo, llueve con seguridad, y que el viento del norte es más frío que el del sur.  

“A veces quisiera…”, dice bajito, pero inmediatamente el deseo se le queda en la garganta, que se la anuda fuerte para que la voz no se le quiebre, y ordena a sus lacrimales no humedecerse. Se queda callada, son las ataduras de un silencio necesario, con el que momentáneamente se evade. “Quisiera que lloviera”, agrega al fin, y aunque es verdad lo que pide, no es precisamente lo que deseó. Mira el cielo, que se carga de nubes bajas. “No va a llover hoy, ésas van para abajo”, remata, y se vuelve a sentar en su taburete para esperar a sus hijos, porque es domingo y no cocinó a mediodía. Quiere descansar al menos hoy.

Las nubes hicieron caso y se escabulleron de nuevo hacia Niquinohomo. El camino de regreso siempre es más largo por el cansancio, y el sol lo hacía ver turbio y más seco. Al final se despidió con un adiós casi inaudible. Y se quedó --distinta a la Isabel de Macondo-- esperando las nubes que vienen de abajo para que llueva en Catarina.

leslinicaragua@hotmail.com
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