• Nov. 6, 2009, 11:15 a.m.
Soy tu jefe de batallón y especulo con tesis traicioneras
entre el drama y la quimera.
Conciliábulo del poder, me reúno con jefes de galera.
Ay, mi amor, si el Che viviera.
Frank Delgado

Si Carlos viviera, hoy tendría 73 años. Sería un sabio- posmoderno-esquizofrénico, permanecería aislado como tantos otros en la Embajada del Reino de los Sueños Rotos; continuaría amando a María Haydeé, a su Iphone, a su madre, y John Steinbeck volvería a estar de cabecera en su mesita de noche.

Si Carlos viviera, también manejaría un Mini Cooper del 2003, viviría en Altamira -juntando 5 casas-, tendría una hija disidente por capricho, su hijo siempre sería un candidato, sus nietos estarían graduándose del Colegio Centro América y el más grandecito estudiaría Artes Liberales en alguna universidad snob de Barcelona.

Si el camarada Carlos viviera, el partido de todos modos estaría secuestrado, aunque él renegando, se opondría siempre a todo secuestro. Cambiaría su concepción de cambios, pero seguiría terco sin promover pactos históricos de perpetuación, comportamientos fascistas, controles estalinistas, ni estaría de acuerdo con el maniqueo, ni la compra de voluntades, ni la instauración de un Estado-pandillo. Pero ahí andaría él, solo, sin ser escuchado, pero sin ser tocado.

Si el compañero Carlos viviera, conservaría algunas manías de austeridad personal e ingenuamente andaría colgando pequeñas  fotografías de Jorge Navarro con una leyenda de su honesta gesta al pie de foto. Continuaría adepto a la monogamia, a las buenas costumbres, enemigo del licor (aunque algunas copitas de Jägermeister en Navidad), jugaría al dominó con sus bisnietos y Pablito sería el leal jardinero de su casa.

Si el comandante Carlos viviera, aceptaría finalmente de manera simbólica aquellos Cien Años de Soledad de manos de la viuda del mártir. Entendería algunas cosas de relaciones humanas, y aunque su mayor impulso continuaría siendo la ortodoxia, estaría abierto a las visiones de Wilber, al atractivo postcolonialismo de Bahba, habría escrito un artículo de opinión tras la muerte de Derridas, y Foucault le habría finalmente hecho ver que toda su vida estuvo errada.

Si el comandante Carlos viviera, ya no sería Comandante, pero insistiría en una más visible sacralización de Camilo traduciendo su sincero espíritu de unidad y reconciliación. Impartiría una clase de historia en la UNAN Managua, y aunque se llevaría de la patada con UNEN, él, discretamente difundiría el folletito de "La Teoría de las Organizaciones Intermedias", y les hablaría de Julio, de Miguel, de La Gata, de Michelle, y de Pedro, asegurándose de explicar los peligros de la militancia y su cercanía al borreguismo. “Autodetermínense, muchachos”, se acostumbrarían los estudiantes a escuchar de esa azulada voz desencantada.

Y así, si Carlos viviera, sólo unos cuantos llegarían a verle; su mayor pasatiempo sería la espera, y así continuaría, aguardando a sus chicos del norte, a los chicos del sur, a los occidentales, a los orientales, pero ninguna señal orientadora, ninguna cinta atada al árbol, todo relevaría un infame desencuentro, y él aún, valerosamente aterrado en el centro acorralado de Zinica.

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