• Nov. 10, 2009, 10:49 a.m.
El 9 de Noviembre cayó el muro de Berlín. El estruendo del desplome de ese símbolo de separación entre los alemanes del Este y del Oeste, resonó en todo el mundo y pareció anunciar el comienzo de una nueva era signada por el fin de la Guerra Fría. Para la caída del muro, ya hacía meses que la situación en la antigua RDA era intolerable. Siendo el país más avanzado, en términos de realizaciones económicas y sociales dentro de los países del campo socialista, la República Democrática Alemana contaba también con una crítica vigorosa, por muy sotto voce que fuera, dentro de los mismos funcionarios del todopoderoso partido, que aspiraban a que la Perestroika, iniciada por Gorbachov en la Unión Soviética, se extendiera y que la transparencia –o Glasnost- también llegara a Alemania del Este.

Estuve en la RDA pocos meses antes de que se derrumbara el muro y recuerdo mi asombro cuando en las reuniones en la Unión de Escritores y con el Jefe de la Editorial del Partido, éstos expresaron sin tapujos su descontento ante la rigidez e intransigencia con que la dirigencia comunista alemana estaba respondiendo a las necesidades de cambio y de apertura que eran palpables en el ambiente. De manera que la caída del muro fue sólo la culminación de un proceso que ya se venía gestando dentro de la Alemania del Este.

Para quienes pensábamos en el socialismo como la doctrina de las revoluciones y el pensamiento portador de la idea de libertad para los explotados y oprimidos, ver a los ciudadanos de un país como la RDA rebelarse contra su propio sistema fue un desconcierto anunciado. Fue la muestra palpable de que el sistema que se erigió con tanta esperanza y sangre se había resquebrajado en sus cimientos. Ver lo que pasó en Alemania y luego en la URSS fue semejante a mirar uno de esos experimentos donde los cadáveres antiguos, al ser expuestos al aire repentinamente se descomponen y se convierten en polvo. Porque nada sino eso pasó: el soplo de libertad que introdujo Gorbachov con la Perestroika y el Glasnost, fue suficiente para derrumbar todo el edificio, aquel edificio imponente, aparentemente tan sólido y rojo. ¿Cómo era posible?, se preguntaba uno; ¿cómo era posible que el pueblo repudiara así aquel poder que se vanagloriaba de representar las más encendidas aspiraciones de obreros y campesinos?

Y sin embargo, viendo caer la muralla, uno como ser humano no podía más que alegrarse. El sentimiento predominante en esos días, fuera uno de izquierda o de derecha, era de alegría. Emocionaba ver a los jóvenes derrumbar el muro y abrazarse los de un lado con los del otro, con las lágrimas corriéndoles por las mejillas. El gesto aquel era tan razonable, tan profundamente trascendente la aspiración de romper las barreras que uno se daba cuenta de que el fenómeno superaba las ideologías y apuntaba a la realidad de que la libertad y las posibilidades humanas se resisten a los muros tanto de ideas, como de concreto o de púas.

La idea socialista es sin duda hermosa, sobre todo en el mundo desigual e injusto en que vivimos. Lamentablemente, aparte de Marx quien nunca ni diseñó, ni se planteó la idea de un partido, quienes intentaron fundar este sistema consideraron que la lucha de clases significaba un antagonismo social que excluía a todo un sector de la sociedad para garantizar los derechos de otro sector y con este “santo” objetivo reprimieron la libertad de todos y ungieron a un grupo como el único capaz de llevar a cabo y defender las reivindicaciones del sector de clase que se pensó podría, por sí solo, llevar a la práctica el ideario socialista.

Pero no era lo mismo sustituír a la monarquía y a los señores feudales, que a la mucho más numerosa y versátil burguesía, que incluía el campesinado y las capas medias. El proletariado, además, era una clase incipiente que sólo existió en estadio “puro” durante la revolución industrial. La lucha de clases en ese contexto presupuso lo contrario a un esfuerzo nacional conjunto para salir de la miseria; condujo a la división de la sociedad: a una larga guerra intestina desgastante y viciada en su entraña porque las reglas del juego sólo las decidía quien tenía el poder, las armas y los instrumentos coercitivos del estado, ante la total ausencia de instituciones verdaderamente representativas y con poder que pudiesen poner coto a los abusos que un poder tan absoluto traía consigo. El rumbo dependió de individuos….y fueron éstos los que marcaron la historia desde Stalin, hasta Gorbachov.

Las contradicciones de clase son una realidad indudable, tan indudable como es la existencia de explotadores y explotados, pero aplicar mecánicamente la categoría de lucha de clases a las contradicciones y conflictos sociales en sociedades  menos o más desarrolladas que las de la revolución industrial (el modelo del que surge la teoría), resultó un fracaso y una camisa de fuerza. No fue el proletariado quien sustituyó a la burguesía, fueron las capas medias quienes se enquistaron en el poder y crearon un estamento de burócratas que, en nombre de las masas, a quienes les recetaron enormes sacrificios económicos y a quienes dejaron sin el poder de la independencia de sus propias organizaciones (porque éstas pasaron a ser brazos del partido) abusaron y mal usaron la riqueza y la capacidad colectiva, creando estados ineficientes que no permitían que nadie criticara, pues la crítica era considerada un ataque a la verdad y el ideario socialista. Muy cómoda posición, que señala sin duda otra falla inherente a la concepción leninista del socialismo: la justificación de que el autoritarismo es necesario para “salvar” a los oprimidos. Suena un poco como eso que se le dice a las mujeres abusadas: “te pega porque te quiere”, una falacia descomunal que quedó demostrada en hitos como éste del derrumbe del muro de Berlín.

Ciertamente que mucho se perdió al perderse el socialismo en esos países; muchos de los logros en educación, en programas sociales, en seguridad, se echaron por la borda y dejaron a miles desamparados e indefensos sin saber cómo manejarse en el mundo feroz del capitalismo, pero esa experiencia dijo algo muy importante sobre el esquema partidario con que se impuso el socialismo.

Lo que es inaudito hoy en día y lo estamos viendo, es que haya aún quienes intentan reeditar esa experiencia e imponer el socialismo a punta de represión y de dividir la sociedad. Parece que los líderes que pregonan el socialismo actual prefieren apegarse de nuevo a ese esquema fallido, que buscar un nuevo socialismo dentro de un esquema de libertad verdadero y un nuevo análisis de las contradicciones y las clases. La pereza mental y el afán de poder los enquista en ese populismo vacío y retórico que los hace parecerse a la Iglesia de la Inquisición y convierte su prédica en otra variedad del famoso opio de los pueblos.

Continuará: La lucha de clases y su realidad actual. 
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