• Ene. 21, 2008, 12:48 p.m.
A mi “Pito” (q.e.p.d)


De cabello cano, sonrisa amplia, arrugas pronunciadas, corpulento y de mirada triste era mi abuelo. Un hombre que le gustaba el silencio, la tranquilidad y la luz del día, con la que muchas veces rebosaba su ser joven.

Recuerdo era ágil y dinámico. A las cinco de la mañana ya se disponía a bañarse, luego a prepararse un café y por último –lo que más le encantaba- recoger las hojas del patio.

Dulces tiempos aquellos, cuando de niña me sentaba en sus piernas, para que me contará sus largas historias; muchas veces las mismas, pero igual me encantaba escucharlas. Siempre relatadas con un humor extraño. Fascinante para mí.

Quien creería que a los seis años probé mi primer sorbo de cigarro, de las manos de mi “Pito” --a como lo llamaba--, para él eso no tenía nada de malo. En cambio para mi abuela, ¡sacrilegio aquello!

Mi abuelo poco reía, pero cuando lo llegaba hacer, era a carcajadas e inundaba la casa con su alegría, y nos contagiaba a todos. Era un acontecimiento que el hombre serio y callado mostrara sus desgastados dientes, a consecuencia de su enfermedad.

Según me cuenta mi mamá, la segunda de seis hijos, mi “Pito” padeció de epilepsia, y debido a la pobreza en que vivían nunca pudo medicarse de manera periódica; por lo que sus ataques eran frecuentes y duraderos. Y pese a que fue poca la medicina que consumió, para combatir su mal, estas le arrebataron su encantadora sonrisa.

"Mi papá sufrió mucho, a veces los ataques de epilepsia le daban en la madrugada. Te imaginas que doloroso fue para mí ver que después de haber convulsionado, tenía que alistarse para ir a trabajar, como si nada hubiera pasado", me comentó mi progenitora hace pocos días, casi llorando.

Muchas veces me pregunté si la enfermedad lo convirtió en un ser retraído y a veces aislado del mundo, o sí quizás esa era su personalidad. En fin, que sé yo de él. Más que lo amaba.

Y no crean a pesar de ser retraído, tenía su otro yo. Le encantaba empinar el codo y con guaro lijón. "Yipijía", gritaba cuando llegaba a la puerta de la casa, después de una noche de juerga. Lo siguiente, hablar en inglés, claro muy propio de él, pues nunca aprendió ese idioma.

Fueron décadas de tomar, nunca cayó en una calle o llegó a los extremos de la degradación humana, que sufren algunos dipsómanos. Pero igual no se salvó de los estragos del excesivo consumo, y ya sabrán porque.

A la edad de 70 años, un 13 de marzo de 1993, propiamente el día de su cumpleaños, decidió dejar de beber. Y lo cumplió hasta el 8 de abril de 2006. Ese día ya no pudo más, cedió y todo terminó.

El hombre robusto, introvertido y amoroso. Se apago, se volvió frágil y cedió.

Tras cuatro meses de sufrimiento y dolor, para una familia entregada a él, mi “pito” no soporto más, y murió de cáncer en el hígado. Una enfermedad mejor conocida como cirrosis, y que una gran mayoría llega a padecer, después de haber rendido años de culto al Dios Baco.

Amargo fue el final para mí, a pesar que lo amaba nunca se lo dije. Lo exprese ya tarde. Un 9 de abril de 2006, en vos baja y con la mirada perdida en la caja de ataúd que guardaba su cuerpo, justo cuando lo enterraban.

Dulces recuerdos los que tengo de vos, pero un triste fin envolvió tu historia. Y amargamente no sé cual de los dos momentos prevalecerá en mi memoria.

¡TE AMO!

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