• Nov. 28, 2009, 6:27 p.m.
De niños los mirábamos pasar. Apenas cambiaban de vestuario. Él con una chaqueta verde, y ella camisa y elegantísima falda, hasta debajo nada más y nada menos que de la rodilla. Ella venía de un tiempo de faldas largas. Parecía aún más esbelta de lo que era. Él parecía conducirla por todo el paseo sin parar de hablar; ella sólo escuchaba sonriendo con la mirada puesta en la acera. En realidad era ella la que lo conducía.

En las ciudades pequeñas, como en la que yo nací, lo mismo que en los pueblos grandes, los secretos se guardan en voz alta. La continuidad de los rumores se vuelve una señal de identidad y de leyendas.

Aquel rito lo contemplábamos todos los sábados por la tarde. Ningún otro día de la semana volvíamos a verlos así. Porque cualquier otro día de la semana, él no salía y ella se dejaba ver con otro hombre y unos niños que parecían suyos. A veces, el hombre de los sábados, la tomaba del brazo, por encima del codo, mientras hablaba sin parar. Lo curioso era que, al acercarnos (niños disimulando un juego alrededor de aquel paseo), no captábamos nada. No podíamos escucharlo, como si a través de las palabras y del ligero roce del brazo se hubieran creado un mundo para ellos mismos, insonorizado del exterior. Para nosotros, sólo quedaban los gestos, la plena seguridad que entre los dos lograban entenderse a la perfección.

Una vez, un amigo me dijo que tal vez ella era sorda. Pero si lo hubiera sido, lo habría mirado a él y no al asfalto, durante todo el paseo. La piel tendría que haber sabido transmitir los mensajes del hombre para que fuera posible. Yo creía que aquello se trataba de pura magia. Pero una magia muy simple: una mujer y un hombre que vivían dos vidas; la de los sábados y la de los otros días de la semana, y ambas igualmente posibles.

Le preguntamos muchas veces a nuestros padres sobre aquella extraña pareja, pero no parecían reconocerlos por nuestra descripción. O en toda la ciudad se guardaba el secreto que había entre ellos. No podía ser que no supieran de quiénes se trataba. Eran de edad madura, y allí todo el mundo se conocía entre sí. No podía tratarse de fantasmas.

Una tarde decidimos seguirlos hasta el final del paseo, pero en algún momento se esfumaron: otra vez la magia. Sin embargo, nuestra curiosidad tuvo una pequeña recompensa.

Creo que fue la mamá de un amigo la que nos reveló finalmente el secreto. Se trataba de dos antiguos novios que desde el tiempo que se conocieron, nunca se habían atrevido a ir más allá de los sábados por la tarde. Eran extranjeros. Él austriaco, ella francesa. Llegaron de pequeños a mi ciudad durante la segunda guerra mundial. Contaban que él dejó embarazada a una muchacha, con la que se casó más tarde. Otros rumores hablaban de que simplemente no se atrevió a convivir por siempre con aquella mujer a la que amaba, y prefirió dejar el amor como al principio, un noviazgo de sábados por la tarde.

Las familias de ambos habían asumido con total naturalidad ese juego. Incluso decían que un hijo de ella hablaba de su papá y del novio de su mamá como dos seres con los que se había acostumbrado a convivir en distinto grado.

Les prometo que cuando uno les veía, no había pasado por ellos el desgaste de la rutina. Él hablaba y ella vigilaba el camino. No he conocido a nadie que haya contado el amor en tantos kilómetros como ellos dos. No he conocido más discreción que la de una ciudad pequeña que se prestaba al juego sabatino de aquellos dos niños de edad madura que no querían dejar de jugar sin obligarse a una convivencia imposible. Era como si hubieran querido vivir dos vidas, la de adultos y la de niños.

Difícil de entender. Finalmente, un día estuvimos escondiéndonos tan cerca de ellos, que cuando se despedían, logramos oír, por una única vez, lo que él le dijo. Sólo se despedía de ella por su nombre: “Adiós Emile”. Y desde entonces, ese nombre se me quedó pegado a la luz de los sábados, y los sábados pegados a la creencia en la libertad de aceptar las vueltas que dan los amores de siempre. Imposibles, no desgastados, puros en cierta manera. Difícil de explicar. Pero “quien lo probó, lo sabe”.

franciscosancho@hotmail.com
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