• Ene. 20, 2008, 1:06 p.m.
Leyendo las páginas de opinión y uno que otro comentario de los que aparecen al pie de página de las noticias o en los blogs, me encuentro a menudo con largas y sentenciosas construcciones en nombre de la izquierda, la revolución y el socialismo. Es evidente, sin embargo, que estas definiciones tienen actualmente tantas interpretaciones que es difícil saber sobre qué bases se califica cada quién como una cosa o la otra.
Como la manera en que nos entendemos los seres humanos es la palabra, parecería de la mayor urgencia poder contar con un lenguaje político-ideológico adecuado para lograr que nuestros análisis y planteamientos abandonen el plano de la demagogia o del reflejo condicionado y puedan ser instrumentos útiles para la transformación de la realidad.
Uno de los aportes más importantes, a mi juicio, del sandinismo militante de los sesentas y setentas fue la importancia que le dieron entonces los dirigentes a los círculos de estudio. Mal que bien, los sandinistas de esas generaciones estudiamos los clásicos de la izquierda y discutíamos las experiencias revolucionarias de otros pueblos y la filosofía materialista sobre la que se basaba ese conocimiento científico de la historia. El Frente Sandinista de Carlos Fonseca, Ricardo Morales Avilés, Oscar Pérez Cassar, Blas Real, Eduardo Contreras y tantos otros que murieron, se caracterizó por formar a sus militantes y darles los conocimientos que hicieran posible que cada uno contara con instrumentos teóricos para analizar la realidad y tratar de transformarla dentro de ese esquema ideológico. Desde los ochenta, tras el triunfo de la revolución, esa tradición se perdió. En los Comités de Base se sustituyó el material de estudio por los discursos de los comandantes de la Dirección Nacional sobre los aspectos coyunturales. Más que analizar, los nuevos sandinistas aprendían conceptos como se aprende un catecismo y aprendían a reaccionar a esos conceptos como disciplinados ejecutores de líneas emanadas desde arriba. La formación teórica fue sustituida por un activismo basado en la fe, en la dirigencia, la esperanza de un futuro mejor, la compasión por los más explotados y oprimidos y el rechazo a ciertas palabras-símbolo que vinieron a encarnar a los enemigos del pueblo; palabras como capitalismo, imperialismo, vende-patrias, burgueses.

Siempre me pareció extraña esa decisión de los compañeros de entonces de suspender en los Comités de Base las lecturas de los libros que habían desarrollado las ideas del socialismo en el mundo o siquiera de seguir analizando a profundidad la historia de Nicaragua, que era la obsesión de algunos como Ricardo Morales y Eduardo Contreras, por ejemplo, que pensaban que las claves para entender la realidad que vivíamos se encontraban en nuestra formación como país y la cultura e ideas que conformaban nuestra mentalidad.
Estoy convencida de que en los años en que la revolución estuvo en el poder, el sandinismo se extendió no como resultado del desarrollo ideológico y político de sus miembros, sino como resultado de la propaganda patriótica, del sacrificio colectivo y del ejercicio del poder que siempre genera fidelidades y adeptos y la mentalidad clientelista. El resultado de ese vacío en el desarrollo del pensamiento tuvo serias consecuencias, la más clara de ellas es la transferencia de lealtades de un gran porcentaje de las bases del partido, sobre todo las que no habían vivido el período “estudioso”, podríamos decir, del FSLN. Sin más norte que la disciplina y el amor por un período histórico, pasaron de ser fieles a una causa a ser fieles a una persona. Esa persona pasó a encarnar sus aspiraciones y a ella le cedieron la autoridad para decirles lo que les convenía o no. Su militancia entonces se convirtió en una actividad de seguidores, de secta cohesionada por la obediencia y la fe. Aún cuando en la práctica esta persona diera claras muestras de actuar de manera contradictoria, no podían abandonarla como símbolo de una identidad a la que ya estaban apegados más con el corazón que con la razón.

El estancamiento en las ideas se hizo más evidente en la medida en que la derrota electoral sandinista de los 90, el derrumbe del campo socialista, el avance del neo-liberalismo, la globalización y el retorno a la democracia liberal, confrontaron al pensamiento de izquierda tradicional con la necesidad de renovar planteamientos esenciales. Lo que tendría que haber sido un período de debate y reflexión para dar a luz a una formulación social y económica moderna que, sin abandonar sus aspiraciones de justicia y equidad, replanteara tácticas y estrategias, se convirtió en una jihad contra el pensamiento y una defensa a ultranza de categorías que, sin estar sustentadas en realidades, ni posibilidades, pasaron, desprovistas ya de contenido, a convertirse en mantras populistas de un lenguaje que si bien tiene ecos en el pasado, hacia el futuro sólo proyecta una cacofonía que ya nadie entiende porque dejó de ser un lenguaje común.

¿Qué significa hoy en día ser revolucionario? ¿De qué socialismo hablamos cuando hablamos de socialismo? ¿qué entendemos por soberanía? ¿con qué fórmula económica nos oponemos al capitalismo? ¿qué democracia radical es posible que mantenga en la balanza los derechos individuales y los colectivos?

Si de algo estoy segura es que sobre ninguna de estas interrogantes hay consenso. Urgen las nuevas definiciones. Mientras tanto, sobran las prédicas vacías.
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