• Dic. 16, 2009, 10:55 a.m.
“Por fin tenemos un enemigo común”, expresó recientemente Eduardo Montealegre en un programa de radio y ese es precisamente uno de los problemas que, antes de nacer, ya tiene el intento de formar una sola fuerza política que derrote la candidatura de Daniel Ortega en las elecciones presidenciales de 2011.

Es posible que una coalición de este tipo logre el objetivo de evitar la reelección del Presidente Ortega, como lo logró la UNO en 1990, sin embargo, al igual que la UNO ese año, es seguro que en el momento que lo logre inicie su desintegración. Un grupo tan diverso en términos políticos, sociales y económicos unidos por el único objetivo de impedir el triunfo electoral de determinado candidato, solo puede durar hasta el momento de lograr este propósito.

Una vez logrado el objetivo de evitar el triunfo del candidato a derrotar, vuelven las luchas por el poder, las divisiones dentro de la coalición que ganó las elecciones hasta el punto de convertir a la alianza mayoritaria en un grupúsculo de partidos que inmediatamente se convierten en minoría en la Asamblea Nacional, y se vuelve a repetir una vez más la historia de Nicaragua de los últimos veinte años.

La única forma de evitar esta desintegración es replantearse las metas o programas de un grupo tan disímil. En primer lugar debería definirse que es lo que une a todas estas fuerzas, por muy pequeñas que sean, fortalecerlas y tratar, en la medida de lo posible, hacer a un lado lo que los divide, sobre todo los temas en que se contradicen completamente. Por otro lado, tienen que trazarse metas a mediano y largo plazo que vayan más allá del 2011 y de la candidatura de Ortega.

Aunque la clase política nicaragüense no alcance la madurez de su contraparte en otros países de la región, y si bien es cierto que lo que es bueno en un país no necesariamente es bueno para el otro porque las realidades de los países son intransferibles, existen dos ejemplos que bien podrían servir de inspiración para evitar que se repita una vez más este trágico círculo vicioso.

El ejemplo de Uruguay
Uno es el Frente Amplio en Uruguay, conformado actualmente por el el Movimiento de Participación Popular, la Corriente de Acción y Pensamiento-Libertad, el Partido Socialista, Asamblea Uruguay, el Partido Comunista, la Alianza Progresista, la Vertiente Artiguista, el Nuevo Espacio, la Corriente Popular, la Liga Federal Frenteamplista, la Corriente de Izquierda, el Partido por la Victoria del Pueblo, el Movimiento de Integración Alternativo y el Partido Obrero Revolucionario (Trotskista-Posadista), entre otros grupos menores de izquierda que por segunda vez consecutiva logra alzarse con la Presidencia de la República, esta vez de la mano de José Mujica.

Dentro de los grupos que integran el Frente Amplio (FA), se pueden distinguir diferentes ideologías, como el comunismo, el socialismo, el marxismo y en menor medida el liberalismo y la democracia cristiana, entre otras. El FA promueve un modelo de Estado benefactor. No por casualidad Tavaré Vázquez, saliente presidente del Uruguay por esta coalición de partidos, ha afirmado que su mayor oposición en estos años de gobierno ha sido el proveniente de su propia coalición. Se tiene que tener una gran capacidad de maniobra y habilidad política para buscar puntos de consenso en una coalición tan amplia, algo que aquí evidentemente carecemos.

Conducta de Chile
El otro ejemplo es el que ha dado Chile, donde, desde que fue restaurada la democracia en 1990, el principal referente político ha sido la Concertación de Partidos por la Democracia, agrupación de centroizquierda fundada por 17 partidos políticos de los cuales sobreviven el Partido Demócrata Cristiano o DC, el Partido Radical Social Demócrata o PRSD, el Partido por la Democracia o PPD, y el Partido Socialista o PS. Al escribir estas líneas todo hacía indicar que esta coalición iba a perder por primera vez en 19 años la presidencia del país suramericano.

Si se analiza a los partidos políticos de oposición nicaragüense, la mayoría tiene una tendencia hacia la derecha, desde la derecha socialdemócrata del MRS hasta los sectores neoliberales más marcados como el PLC, por lo que una coalición de estos partidos no sería tan complicada en términos de programas, y objetivos a mediano plazo, el problema es más bien de egos, colas, resentimientos, problemas personales y provincianismo.

Tampoco estoy afirmando que el FSLN es un partido de izquierda, no lo creo por más que lo griten, el orteguismo se ha convertido en un partido populista y neoliberal. Sin embargo, es innegable que ha tenido mayor sensibilidad social que la que han demostrado los gobiernos del 90 al 97, elemento este que debería tomar en cuenta cualquier programa de gobierno de cualquier futura coalición, ya que en definitiva se gobierna para que la población tenga una mejoría en su nivel de vida y no para perpetuarse en el poder o para hacerse millonario a costa del pueblo.

El único enemigo común que debemos tener los nicaragüenses es la pobreza, la falta de educación, salud y en común asumir el reto de terminar de afianzar un proyecto democrático que se base más en las instituciones que en los individuos.
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