• Dic. 15, 2009, 9:18 a.m.
Poco después de llegar a la presidencia de Sudáfrica, Nelson Mandela enfrentaba un problema aparentemente imposible de resolver: ¿Cómo unificar una nación marcada por la represión y el apartheid, cómo lograr que blancos y negros se aceptaran unos a otros y se vieran como ciudadanos de un único país? ¿Qué hacer para mostrar a unos y otros que sólo sumando fuerzas y creatividades podrían reconstituir una nación y  avanzar en la resolución de las injusticias y diferencias? La respuesta que encontró este héroe indiscutible del siglo XX, fue genial e inesperada y está fantásticamente dramatizada en la película INVICTUS, dirigida por Clint Eastwood, basada en el libro del periodista John Carlin y con Morgan Freeman y Matt Damon en los papeles estelares.

Para América Latina, en este siglo XXI de gobiernos de izquierda y nuevos intentos de reformas profundas, este libro y esta película contienen un mensaje ejemplar y magnífico. Tendría que ser de lectura y asistencia obligatoria para políticos y fanáticos, tanto del deporte, como de las visiones excluyentes de la sociedad, porque lo que hizo Mandela fue desafiar todas las preconcepciones sobre lo que su gobierno significaría para los negros en Sudáfrica, y guiar con su ejemplo la reconciliación de su pueblo.

¿Cómo lo logró? El deporte más odiado por los negros en ese entonces era el rugby. Era un deporte de blancos y su equipo, el Springbok, compuesto por Afrikáners en su mayoría, era un símbolo del Apartheid. Ese año, Sudáfrica sería la sede del campeonato mundial de rugby y por esta razón, no por sus méritos, el Springbok había clasificado para optar a la copa del mundo. Los chances de que el Springbok ganara eran mínimos, y sin embargo, Mandela, con su genio político, se dio cuenta de lo poderoso que podía ser el deporte como elemento unificador, como puente entre esos dos sectores de la sociedad sudafricana, cuyo odio mutuo, de no apaciguarse, conduciría inevitablemente a una guerra civil. Contrariando la opinión de consejeros, amigos, hasta de los miembros de su familia, Mandela logró, usando su carisma personal y su gran pero sencillo humanismo, ganarse al capitán del equipo de rugby, François Pinnear y paulatinamente a todos los miembros del equipo y no cesó hasta convencerlos que podían ganar y encarnar el espíritu de una nueva y unida Sudáfrica.

Después, usó su autoridad moral indiscutible y su ejemplo, sobre todo, para lograr que la población negra empezara a entusiasmarse con la idea de ganar la Copa del Mundo de Rugby. Poco a poco, a través de las eliminatorias, y mirando cómo su presidente respaldaba sin ambages al equipo blanco, los negros sudafricanos fueron viendo decrecer su rencor y crecer su admiración ante los esfuerzo enormes del equipo blanco por alcanzar esta victoria para el país. El apoyo al Springbok y al rugby se extendió como una marea por los barrios y ciudades de Sudáfrica. Por primera vez, blancos y negros, olvidaron su color para respaldar un símbolo nacional. El juego de rugby Sudáfrica-Nueva Zelandia, que definió al ganador de la Copa del Mundo, fue un fenómeno social y político sin precedentes. Ese día, según opinión de muchos analistas políticos, Mandela logró evitar una guerra civil en Sudáfrica. A partir de ese campeonato y ese juego (que es fantástico en la película aunque uno no sepa nada de rugby) la historia de la nueva Sudáfrica se encaminó hacia un futuro, no libre de dificultades, pero sí libre del odio ciego que la hubiese consumido; un odio que Mandela se negó a azuzar, a pesar de sus 27 años de cárcel, a pesar del deseo de venganza al que esperaban dar rienda suelta, bajo su conducción, quienes lo eligieron. 

Para quienes hemos vivido guerras y seguimos viviendo en sociedades divididas entre “buenos y malos” o víctimas y victimarios, vale la pena considerar las lecciones de este episodio real de la historia de Sudáfrica y sobre todo el ejemplo de Mandela. Ciertamente que él hubiese podido convertirse, sin ningún problema, en el líder de los negros de su país, pero en su país no sólo había una población negra, sino una población blanca y ésta última controlaba la riqueza y la economía. Dar rienda suelta a los deseos de venganza, no iba a mejorar la vida de los negros; los iba a enfrentar con los blancos e iba a llevar al país a la ruina.

La opción de Mandela fue clara: apostó a la humanidad de cada sudafricano, apostó por lo bueno que había en cada corazón y retó al país entero a movilizarse hacia el entendimiento y no hacia la confrontación. Al sentir que lo que se esperaba de ellos -blancos y negros- era que pusieran lo mejor de sí mismos en esa aventura de reiniciar la historia de su país, Mandela logró que la gente se diera cuenta que, en medio de todas las diferencias, los unía su condición humana; una condición que lo mismo es capaz de grandeza que de crueldad.

América Latina necesitaría unos cuantos Mandela; líderes que supieran unir y no dividir, líderes que potencien la bondad y no lo vil de nuestras naturalezas.
 
En esta época navideña, ricos y pobres, derechas e izquierdas, debemos reflexionar sobre lo que queremos para el país donde nacimos y en el que todos tenemos tanto el derecho a existir libres, como la obligación de ser solidarios y responsables.
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