• Dic. 21, 2009, 2:10 p.m.
La reciente cumbre sobre el cambio climático que acaba de terminar en la lustrosa ciudad de Copenhague, Dinamarca, será recordada por dos cosas: por la represión brutal estilo regímenes tropicales contra los ambientalistas y ONG ecológicas que se manifestaban en las afueras de la sede donde se realizaban con protocolo incluido las nada fructíferas reuniones, y por la pérdida de la muy probablemente última oportunidad que los líderes mundiales tuvieron de cambiar el destino no sólo del planeta mismo, sino de la humanidad entera.

Al momento de escribir estas líneas un bloque de hielo de 140 kilómetros cuadrados que se desprendió de la Antártida se dirigía hacia Australia, en un espectáculo calificado por los científicos como único; mientras en Cantabria las temperaturas descendían hasta los 20 grados bajo cero y hacían que se formaran carámbanos de más de un metro en las orillas de los techos, y en Estados Unidos una tormenta latigaba con nieve Nueva York y Washington e impedía viajar por el aire a Barack Obama, recién llegado de la cumbre.  

Lo único que se logró en la fallida reunión, que el sábado provocó discusiones por disentimientos que se alargaron hasta siete horas, fue la redacción de un texto de carácter  “no vinculante” elaborado casi por completo por los dos países que ostentan los vergonzosos títulos de ser los más contaminantes del mundo: China y Estados Unidos.

El primero, principal productor de carbón para generar electricidad y cemento y número uno como emisor de CO2, uno de los principales gases que producen el efecto invernadero, ni tuvo el valor de defenderlo en el pleno de la reunión. El segundo, que produce más del 30 por ciento de los gases contaminantes y que no quiso adherirse al Protocolo de Kyoto (único mecanismo para contrarrestar el cambio climático), junto a otros, con más descaro que con cinismo, manifestó: "Si lo quieren, bien. Pero en este acuerdo está todo el que emite. Si el pleno no lo acepta, seguirá adelante". Es decir, lo que propongan los que más daño hacen al planeta es lo que se debe aceptar. Para nada 200 naciones representadas si a fin de cuenta seguiremos acatando las líneas de otros.

El acuerdo, que fue criticado sólo por cinco estados: Sudán, Venezuela, Bolivia, Cuba y Nicaragua, también será recordado porque representa la poca importancia que los países del primer mundo le dan a los efectos negativos que sobre la atmósfera provocan los desechos  de los procesos industriales de las empresas asentadas en sus tierras realizan: uso desmedido de combustibles fósiles, centrales térmicas, etc.

Dos puntos son los que más sobresalen. Uno más triste que el otro. El primero: no se fijaron objetivos de reducción de gases contaminantes para futuro. Esto es, se puede seguir contaminando sin que nadie pueda objetarlo; sí, tienen las manos libres para producir más polución si quieren. El mayor cónclave sobre el cambio climático en la historia que generó las más grandes esperanzas, no hizo más que aspavientos por este mundo que habitamos y que pudrimos. 

El segundo punto del texto es algo que incluso raya en el insulto del intelecto de los que vivimos en naciones del tercer mundo. Se han aprobado 30 mil millones de dólares en tres años para que los países en desarrollo, como Nicaragua, afronten, mitiguen y se “adapten” a las consecuencias que la contaminación de otros van a provocar el clima en general. En pocas palabras, no hay más remedio que prepararnos para lo que viene. Recordemos que el planeta es un ser que reacciona ante las actitudes de quienes residimos en ella.

¿Qué va a pasar? Además de la corrupción con estos fondos insultantes de parte de los funcionarios encargados de ejecutarlos en obras o proyectos para “adaptarnos” al cambio climático, el panorama no es muy alentador. Las altas concentraciones de CO2 en la atmósfera van a aumentar la temperatura. Si ésta lo hace más de tres grados (un pronóstico de la Bekerley University y la NASA lo sitúan en 6 grados en este siglo XXI), la Tierra será lo más parecido a un cementerio enorme y desolado.

Como consecuencia, el calor va a provocar mayor vaporización de las aguas en unas partes, lo que sobrevendrá en huracanes y aguaceros que inundarán las tierras, mientras en otros lugares provocará sequías e incendios “naturales”. Lo más grave va a ser cuando el océano recalentado derrita la Antártica, que se comenzará a hundir. Las primeras víctimas serán los habitantes de islas, que migrarán a tierra firme. Esto va a provocar caos no sólo poblacional, sino económico. Una espiral que más temprano que nunca nos va a alcanzar.

¿Podemos contrarrestar este fenómeno? Todavía. Existe la disminución voluntaria de contaminantes de parte de países desarrollados, el uso de energías renovables, el cuido de bosques y reservas, y mucho más.

La cumbre de Copenhague fue un fracaso, claro está. Si las grandes potencias no quisieron aprovechar esta oportunidad y la perdieron, está en nuestras manos, desde nuestras posibilidades, tratar no sólo de apaciguar, sino de revertir las consecuencias negativas sobre el clima. Como decía un médico argentino que luego fue una leyenda guerrillera: “Ayudame a no morir, luchá”.

leslinicaragua@hotmail.com
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